El Papa recibe en el Vaticano a los participantes en el encuentro sobre las situaciones de adicción en América Latina y propone cuatro puentes de colaboración para responder, desde la fe, al drama de las drogas y al reclutamiento criminal de los jóvenes.
El Papa León XIV recibió este jueves, 27 de agosto, en la Sala del Consistorio, a los participantes en el encuentro promovido por la Pontificia Comisión para América Latina sobre las situaciones de adicción en la región. Ante representantes de centros de acompañamiento, prevención y recuperación de jóvenes basados en la fe llegados desde Asia, África, Europa y América, el Pontífice reclamó respuestas integrales frente a un fenómeno que, dijo, «pone de manifiesto el fracaso de un mundo deshumanizado».
«Las adicciones son un fenómeno complejo», advirtió, antes de enumerar las vías de esa respuesta integral: «prevención comunitaria, atención científica, justicia con rostro humano y acompañamiento pastoral cercano». La contribución de la Iglesia, subrayó, ha de dirigirse «al cuidado, la presencia y la reconstrucción del tejido comunitario».
Cuatro puentes de colaboración
León XIV articuló su discurso en torno a cuatro puentes que, señaló, «representan otras tantas vías de colaboración». El primero, entre la Iglesia y los organismos internacionales, con una mención expresa a la colaboración entre la Organización de los Estados Americanos (OEA) y el Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño (CELAM), que ha permitido presentar el «Manual de la Pastoral Latinoamericana de Acompañamiento y Prevención de las Adicciones». El segundo, entre la ciencia y la fe: la Iglesia no pretende «competir u ocupar el lugar de las neurociencias, la psiquiatría o la salud pública», sino «iluminarla desde el Evangelio con una comprensión integral de la persona humana». El tercero, dentro de la Iglesia «que peregrina en los distintos continentes»; y el cuarto, de carácter ecuménico, en «la práctica del amor concreto por los que sufren».
La familia, «iglesia doméstica»
El Papa se detuvo especialmente en la familia, a la que el Concilio Vaticano II llamó «iglesia doméstica» (cf. Lumen gentium, 11). «No hay mejor prevención contra las drogas que una buena familia», afirmó, al tiempo que recordaba el dolor de «muchas familias rotas» por «el consumo de drogas, la violencia, el reclutamiento criminal de un hijo, la pobreza o la falta de oportunidades». Citando a san Juan Pablo II, pidió hacer de la Iglesia «la casa y la escuela de la comunión» (Novo millennio ineunte, 43), y evocó al papa Francisco al recordar el deseo de Jesús de que «toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás» (cf. Evangelii gaudium, 270).
El discurso concluyó con un deseo: «que la Iglesia sea la familia de todas las personas que se quedaron al margen del camino». Como el buen samaritano «que se hizo prójimo del hombre caído», invitó León XIV, «no pasemos de largo; construyamos una Iglesia que se detiene, se acerca, se conmueve, unge las heridas, alimenta y se convierte en hogar».






