El Santo Padre ha hecho un llamamiento para abrir corredores humanitarios ante el deslizamiento de tierras en Sudán que ha provocado numerosas muertes
El papa León XIV ha presidido este miércoles la Audiencia General semanal, que ha dedicado a la crucifixión, dentro del ciclo de catequesis sobre los Evangelios, en el marco del año jubilar de la esperanza. El Pontífice ha comenzado con las palabras de Jesús que recoge el Evangelio de Juan: «Tengo sed» y «Todo está cumplido». Son palabras, ha expresado León, «cargadas de toda una vida, que revelan el sentido de toda la existencia del Hijo de Dios». En la cruz, ha recordado, «Jesús no aparece como un héroe victorioso, sino como un mendigo de amor».
Esa sed de Jesús es sobre todo «expresión de un deseo profundo: el de amor, de relación, de comunión. Es el grito silencioso de un Dios que, habiendo querido compartir todo de nuestra condición humana, se deja atravesar también por esta sed. Un Dios que no se avergüenza de mendigar un sorbo».
Es, ha insistido el Papa, un reflejo de nuestra propia humanidad, porque «ninguno de nosotros puede bastarse a sí mismo». De hecho, «la vida se cumple no cuando somos fuertes, sino cuando aprendemos a recibir». Como refleja este pasaje del Evangelio «después de haber recibido de manos ajenas una esponja empapada en vinagre, Jesús proclama: «Todo está cumplido». El amor se ha hecho necesitado, y precisamente por eso ha llevado a cabo su obra».
Esta, ha señalado el Santo Padre, «es la paradoja cristiana: Dios salva no haciendo, sino dejándose hacer. No venciendo al mal con la fuerza, sino aceptando hasta el fondo la debilidad del amor». En la cruz, «Jesús nos enseña que el ser humano no se realiza en el poder, sino en la apertura confiada a los demás, incluso cuando son hostiles y enemigos. La salvación no está en la autonomía, sino en reconocer con humildad la propia necesidad y saber expresarla libremente». Y aquí, ha continuado, «se abre una puerta a la verdadera esperanza: si incluso el Hijo de Dios ha elegido no bastarse a sí mismo, entonces también su sed —de amor, de sentido, de justicia— no es un signo de fracaso, sino de verdad».Vivimos en una época que premia la autosuficiencia, la eficiencia, el rendimiento. Sin embargo, «el Evangelio nos muestra que la medida de nuestra humanidad no la da lo que podemos conquistar, sino la capacidad de dejarnos amar».
De esta manera, «Jesús nos salva mostrándonos que pedir no es indigno, sino liberador. Es el camino para salir de la ocultación del pecado, para volver al espacio de la comunión». Porque «desde el principio, el pecado ha generado vergüenza. Pero el perdón, el verdadero, nace cuando podemos mirar de frente nuestra necesidad y ya no temer ser rechazados».
Entonces, la sed «no nos aleja de Dios, sino que nos une a Él». Si tenemos el valor de reconocerla, «podemos descubrir que también nuestra fragilidad es un puente hacia el cielo». Y, precisamente, «en el pedir —no en el poseer— se abre un camino de libertad, porque dejamos de pretender bastarnos a nosotros mismos». El resultado es la alegría, «en la fraternidad, en la vida sencilla, en el arte de pedir sin vergüenza y de ofrecer sin cálculo, se esconde una alegría que el mundo no conoce».
Al finalizar la catequesis, el Papa se ha acordado especialmente del deslizamiento de tierra que ha causado numerosas muertes en Sudán, ya azotada por el cólera. «Estoy más cerca que nunca -ha señalado- de la población sudanesa, en particular de las familias, los niños y los desplazados». Y ha pedido a la comunidad internacional que «garantice corredores humanitarios y ponga en marcha una respuesta coordinada para detener esta catástrofe humanitaria». «Es hora de iniciar un diálogo serio -ha pedido- sincero e inclusivo entre las partes, para poner fin al conflicto y devolver al pueblo de Sudán la esperanza, la dignidad y la paz».






