En este Miércoles de Ceniza de 2026, el papa León XIV ha continuado con su ciclo de catequesis dedicado a los documentos del Concilio Vaticano II
En este Miércoles de Ceniza de 2026, el papa León XIV ha continuado con su ciclo de catequesis dedicado a los documentos del Concilio Vaticano II. Si hasta el momento se había detenido hasta en tres ocasiones en la Dei Verbum, el Pontífice ha centrado hoy su reflexión en la constitución dogmática Lumen gentium, profundizando en el origen y la misión de la Iglesia como un misterio de comunión para toda la humanidad. Esta serie de enseñanzas, que comenzó el pasado 7 de enero, busca redescubrir a la luz contemporánea la riqueza del magisterio conciliar, 60 años después de su aprobación.
Desde el inicio de su reflexión, el Santo Padre ha recordado que el concilio recurrió al término paulino «misterio» para describir la naturaleza eclesial. Para evitar confusiones comunes, León XIV ha aclarado que «eligiendo este vocablo no quiso decir que la Iglesia es algo oscuro o incomprensible… Exactamente lo contrario: de hecho, cuando san Pablo utiliza esta palabra quiere indicar una realidad que antes estaba escondida y que ahora ha sido revelada». Según ha explicado el Pontífice, este plan divino tiene como meta «unificar a todas las criaturas gracias a la acción reconciliadora de Jesucristo».
Observando la realidad de nuestros días, el Papa ha lamentado que «la condición de la humanidad es una fragmentación que los seres humanos no son capaces de reparar, aunque la tensión hacia la unidad habite en sus corazones». Frente a esta fractura social y espiritual, León XIV ha recalcado que la acción de Jesucristo, mediante el envío del Espíritu Santo, «venció a las fuerzas de la división y al Divisor mismo».
Esta unidad, ha proseguido, no es una abstracción, sino que se vive concretamente en la liturgia: «Allí, las diversidades se relativizan, lo que cuenta es encontrarse juntos porque nos atrae el amor de Cristo, que ha derribado el muro de separación entre personas y grupos sociales». En un mundo marcado por la división, León XIV ha subrayado que la Iglesia surge como una respuesta a la fragmentación humana, ya que Jesús es la manifestación suprema del amor de Dios.
La esencia de la Iglesia se manifiesta, de este modo, en su capacidad de ser «el misterio hecho perceptible». Al analizar el término ekklesía, el Pontífice ha afirmado que se trata de una «asamblea de personas que reconocen haber sido convocadas» por Dios, una llamada que no es excluyente. En este sentido, León XIV ha afirmado: «La Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano».
Al profundizar en la definición de la Iglesia como instrumento, el Santo Padre ha puntualizado que «cuando Dios obra en la historia, involucra en su actividad a las personas que son destinatarias de su acción». Es a través de esta mediación eclesial que se alcanza la verdadera experiencia de la salvación, ya que, como el Papa ha señalado, «al mirarla se capta en cierta medida el plan de Dios, el misterio: en este sentido, la Iglesia es un signo».
Citando el capítulo VII de la Lumen gentium, el Papa ha recordado que Cristo, tras su resurrección, «envió sobre los discípulos a su Espíritu vivificador, y por Él hizo a su Cuerpo, que es la Iglesia, sacramento universal de salvación». En un momento de profunda espiritualidad durante la audiencia, León XIV ha explicado que el Señor actúa sin cesar para unir a los hombres consigo y «hacerlos partícipes de su vida gloriosa, alimentándolos con su cuerpo y sangre».
Para finalizar su catequesis, León XIV ha invitado a los fieles a vivir con gratitud su pertenencia al Cuerpo de Cristo. En sus palabras finales, el Pontífice ha definido a la Iglesia como aquel «único pueblo de Dios peregrino en la historia, que vive como presencia santificadora en medio de una humanidad todavía fragmentada, como signo eficaz de unidad y reconciliación entre los pueblos».








