Durante el pasado viaje del papa León XIV a España, fueron muchas las palabras que me golpearon con fuerza y que siguen resonando y apareciendo en distintos momentos. Una de las que más fuerte me tocó fue la dirigida a los voluntarios que habían colaborado en la etapa de Madrid. El Papa se encontró con ellos en un pabellón del recinto ferial de IFEMA antes de tomar el avión que le iba a llevar a Barcelona. Allí compartió a los voluntarios una pequeña reflexión que resumió con estas palabras: «los cristianos están llamados a llevar al mundo la levadura de la gratuidad».
Esta levadura es un rasgo típico de la «cuidad de Dios», de la «civilización del amor», que estamos llamados a construir entre todos. Frente a esto, el Papa detecta otra dinámica presente en el mundo contemporáneo: «la dinámica y del interés y del lucro, dónde el término “crecimiento” se reduce a su dimensión económico-financiera». Esta dinámica no es nueva y ha estado presente en todas las épocas históricas. Pero parece que los últimos papas han percibido que en este momento concreto de la historia tiene una especial fuerza por su capacidad de ser la principal aspiración de muchos, pasando así a ser un principio asimilado y propuesto por la cultura general.
Hemos de evitar, sin embargo, una lectura demasiado naíf de estas palabras del Papa. La fuerza de la propuesta puede quedar aguada por una interpretación que no tomara suficientemente en cuenta que, en realidad, toda acción es interesada, en tanto que es motivada, movida por un interés. Sería muy sencillo rebatir la propuesta papal señalando que todos buscamos algo, también él, también yo, la Iglesia… el propio Jesucristo buscaba algo. La idea de una acción no orientada por un interés nos llevaría, o bien al puro desinterés paralizante o, peor, a un voluntarismo que desconociera o pretendiera ocultar su verdadero interés, generando así desconfianza.
Unas palabras de Benedicto XVI nos ayudan a descubrir la dimensión más profunda de la dinámica de la gratuidad: «La caridad en la verdad pone al hombre ante la sorprendente experiencia del don. La gratuidad está en su vida de muchas maneras, aunque frecuentemente pasa desapercibida debido a una visión de la existencia que antepone a todo la productividad y la utilidad».
El interés de la dinámica de la gratuidad consiste en responder al sorprendente don que cada uno ha recibido. Una parábola del evangelio nos ayuda a entenderlo de forma muy sencilla. Es aquella en la que Jesús presenta a un propietario que llama a trabajar a su viña a operarios en distintas horas de la jornada. Al llegar el momento de distribuir el salario, comienza por los últimos, dándoles lo correspondiente a una jornada de trabajo. Los primeros pensaban que recibirían más, pero al llegar su turno ven que reciben también lo correspondiente a una jornada. Entonces se rebelan por lo que les parece una injusticia. Esta parábola es como una especie de “detector” que pasado sobre nuestro corazón revela la fuerza de la lógica del interés y el lucro. Esta consiste en una «reducción» de la realidad, como decía en sus palabras el papa León. Los trabajadores de la primera hora habían olvidado la alegría de ser llamados al trabajo por la mañana, de participar del fruto de su trabajo, alimento para ellos y sus familias y, sobre todo, no habían sabido reconocer que su patrón era un buen y generoso Señor. Fijar la mirada exclusivamente en el fruto del trabajo les había hecho perder de vista la integralidad del don, dejando de lado las muchas cosas por las que podían estar agradecidos. Y esto había llenado su corazón de envidia y amargura, disfrazadas de lucha por la justicia.
Precisamente, la sorprendente experiencia del don es lo que movió a los voluntarios que participaron en la visita del Papa y a los muchísimos voluntarios que, tanto en la Iglesia, como en infinidad de asociaciones, entregan su tiempo y cualidades al servicio de los demás. No esperan otra cosa más que dar de la plenitud de lo que ya han recibido. Si sabemos reconocer cada día la belleza del don sobreabundante de la vida y de tantas relaciones que nos sostienen, nuestra vida será más agradable, más agradecida y ya estaremos construyendo la civilización del amor.





