Queridos hermanos y hermanas:
«Es necesario que Cristo reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos como estrado de sus pies. El uìltimo enemigo en ser destruido seraì la muerte. Porque Dios ha sometido todas las cosas bajo sus pies» (1 Cor 15, 25-27). Al hilo de estas palabras con las que el apoìstol de los gentiles anuncia la realeza de Jesuìs, que no es de este mundo (cf. Jn 18, 36), hoy, uìltimo domingo del anÞo lituìrgico y solemnidad de Cristo Rey, celebramos que Eìl es el verdadero rey que ha de inundar lo maìs profundo de nuestro corazoìn.
Un Reinado de humildad, amor y servicio, hecho profeciìa alliì donde exista un solo grano de justicia, misericordia, santidad, gracia, amor y paz. Asiì, como dice la Escritura, «cuando todas las cosas le esteìn sujetas, entonces tambieìn el Hijo mismo se sujetaraì al que le sujetoì a Eìl todas las cosas, para que Dios sea todo en todos» (1 Cor 15, 28).
La realeza de Cristo no domina, sino que sirve; no decreta, sino que perdona. Libre del deseo de la fama, el reconocimiento y la gloria terrena, el mayor signo estaì en la Cruz, donde entregoì su vida por amor, vilipendiado y maltratado hasta la extenuacioìn.
Ahondando en cada una de las escenas de la vida de Jesuìs, es imposible tropezarse con un Hijo de Dios autosuficiente y vanidoso. Todo lo contrario: trata a cada disciìpulo como amigo, a cada amigo como hermano, a cada hermano como hijo de Dios y a cada hijo de Dios como a alguien inmensamente sagrado. Jesuìs no entiende de suìbditos, de sumisos o de esclavos; su corona es de espinas, su uìnica tuìnica es el manto de piedad y su reino eterno se escribe en el lenguaje del amor.
El Reinado de Cristo soìlo puede hacerse presente si le hacemos un hueco en nuestra alma y dejamos que Eìl, sin maìs atributos que su pobreza y humildad, vaya enriqueciendo las estancias de nuestro vivir.
Permitaìmosle entrar en nuestra vida, en nuestra familia, en nuestro hogar, en nuestro ambiente; en todos los lugares donde falte un grano de mostaza que haga florecer un aìrbol colmado de aves del cielo (cf. Mt 13, 31-35), donde queden algunos trazos de una levadura que despueìs seraì Pan para el mundo (cf. Lc, 13, 18-21), donde haya un tesoro escondido en el campo o una red barredera que abre sus brazos a todos sin ninguìn tipo de distincioìn (cf. Mt 13, 44-52) o donde quede quien guarde con pasioìn tres gotas del perfume maìs preciado para derramarlas sobre quien nos ha amado hasta el extremo.
«Nuestro tesoro es Cristo», deciìa san Josemariìa Escrivaì, y «no nos debe importar echar por la borda todo lo que sea estorbo, para poder seguirle; y la barca, sin ese lastre inuìtil, navegaraì derechamente hasta el puerto seguro del Amor de Dios» (Amigos de Dios, n. 254). No hay camino para el verdadero amor si prescindimos de Cristo, porque cuando Eìl reina en el corazoìn, lo libera de la maldad, de la envidia, de la hipocresiìa y de todo aquello que entristece la mirada de sus hermanos.
Esta fiesta de la Realeza de Jesucristo unifica cada uno de los pasos que hemos ido recorriendo a lo largo del anÞo lituìrgico. Mariìa, que estaì en medio de nosotros como la que sirve, nos muestra la corona de la cruz de su Hijo como un camino hacia la morada plena y definitiva. Una cruz que, si la hacemos nuestra, Ella transforma en un camino de amor.
Aunque el mundo no lo entienda, el mayor poder de la Realeza de Jesuìs radica en amar, con la fuerza del perdoìn y la misericordia, que hace nuevas todas las cosas. Abracemos ese sagrado mandamiento hasta amar como Eìl ama, con el corazoìn confiado en ese Reino de misericordia infinita que nace de la sangre y el agua que brotaron del costado de Jesucristo.
Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.







