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Cuaresma: cuando las hermandades también se miran por dentro

Santiago Portas es director de Instituciones Religiosas y Tercer Sector del Banco Sabadell. Autor de ‘70 veces 7. Liderar desde el perdón, la verdad y la reconciliación’

Cuando llega la Cuaresma, en nuestras hermandades cambia el aire. Las casas de hermandad se llenan de movimiento, los calendarios se aprietan, aparecen los ensayos de costaleros, los cultos se suceden uno tras otro y la conversación inevitablemente gira alrededor de lo mismo: ya está aquí la Semana Santa.

España tiene en este tiempo un pulso muy particular. Se respira en las calles, en las parroquias, en las tertulias de hermanos. Todo parece orientado hacia ese momento en el que la hermandad sale a la calle y la fe toma forma de paso, de música, de silencio o de oración compartida.

La Cuaresma no nació para preparar una procesión, sino para preparar el corazón

Y quizá por eso también es un buen momento para que las hermandades se miren por dentro. No solo para revisar horarios, recorridos o detalles organizativos, sino para preguntarse algo más profundo: qué tipo de comunidad estamos construyendo y cómo ejercemos las responsabilidades dentro de ella.

Porque en las cofradías también hay liderazgo, aunque no siempre lo llamemos así. Está en la forma en que un hermano mayor la guía, en cómo una Junta de Gobierno toma decisiones, en cómo se resuelven los desacuerdos o en el ambiente que se respira en una casa de hermandad cuando se abren las puertas.

En el libro 70 veces 7 Liderar desde el perdón, la verdad y la reconciliación intento reflexionar precisamente sobre eso: sobre una forma de liderazgo inspirada en el Evangelio que no busca tanto mandar como cuidar, no pretende imponerse sino construir comunidad.

No es un libro sobre hermandades, pero muchas de las situaciones que describe se reconocen fácilmente en la vida cofrade. Porque, al final, donde hay personas, hay responsabilidades, decisiones, conflictos y también oportunidades de hacer las cosas de otra manera.

La experiencia de muchas hermandades demuestra que lo que verdaderamente las sostiene no es solo su patrimonio ni la belleza de sus titulares.

Lo que sostiene una hermandad es el modo en que se tratan sus hermanos

Las imágenes, los pasos, los cultos o el patrimonio forman parte de la identidad. Pero el alma de una hermandad está en las relaciones humanas que se tejen dentro de ella. Y esas relaciones dependen mucho del estilo de quienes asumen responsabilidades.

Durante mucho tiempo, hemos identificado liderar con mandar. Con tener la última palabra o con controlar que todo salga bien. Sin embargo, la tradición cristiana siempre ha planteado algo muy distinto. El verdadero liderazgo empieza cuando uno comprende que el cargo no es un privilegio, sino un servicio.

En una hermandad, quien asume una responsabilidad no está ocupando un lugar de poder. Está recibiendo algo que otros cuidaron antes y que tendrá que entregar después.

Las hermandades no se poseen, se custodian

Cuando esta conciencia está presente, el modo de ejercer la autoridad cambia. Cambia el tono de las reuniones, cambia la forma de tomar decisiones y cambia también la manera de afrontar los inevitables desacuerdos que aparecen en cualquier comunidad viva.

Porque las hermandades, como cualquier familia grande, no están hechas de personas perfectas. Están hechas de personas reales. Personas con carácter, con historia, con sensibilidad. Personas que aman profundamente su hermandad… y que a veces también discuten por ella.

El problema nunca ha sido el conflicto. El problema es cómo se vive.

Hay hermandades donde los desacuerdos se convierten en heridas que duran años. Y hay otras donde las diferencias se hablan, se atraviesan y finalmente se integran en lo más profundo de la institución.

La diferencia rara vez está en la norma escrita. Suele estar en el tono humano.

Las hermandades que saben perdonarse sobreviven a casi todo

Quien ha pasado tiempo en el gobierno de una hermandad sabe que, tarde o temprano, llegan momentos difíciles. Decisiones que no todos entienden, palabras que se dicen en caliente, expectativas que no se cumplen.

Si esas situaciones se gestionan desde el orgullo, dejan cicatrices largas. Si se afrontan desde la humildad, pueden convertirse incluso en momentos de crecimiento.

Por eso una de las virtudes más discretas del liderazgo cristiano es la capacidad de recomponer relaciones. No desde la debilidad ni desde el silencio incómodo, sino desde la voluntad de no dejar que una herida termine definiendo a toda la comunidad.

Las hermandades llevan siglos atravesando conflictos. Y sin embargo siguen ahí. Quizá porque, incluso en medio de las tensiones, siempre ha habido hermanos capaces de dar un paso atrás para que la comunidad no se rompiera.

Junto a esto hay otro aspecto que también marca mucho la vida de una hermandad, la forma en que se dicen las cosas.

En el ámbito cofrade, como en cualquier otro cercano, una palabra mal dicha puede pesar durante años. No tanto por el contenido, sino por el modo.

Decir la verdad no exige humillar a nadie

Corregir una situación, señalar un error o pedir responsabilidad forma parte de la vida de cualquier hermandad. Pero hacerlo con respeto cambia completamente el resultado.

Muchas veces la diferencia entre una hermandad que crece y otra que se desgasta está en esos pequeños gestos cotidianos: cómo se habla en una reunión, cómo se trata al hermano que piensa distinto, cómo se afronta una dificultad cuando aparece.

Algo parecido ocurre con la confianza. Las hermandades fuertes suelen tener algo en común: saben dar espacio a nuevas generaciones, a nuevas formas de implicarse, a hermanos que llegan con ganas de aportar. Cuando todo queda siempre en las mismas manos, la vida se estrecha.

Una hermandad se renueva cuando la responsabilidad se comparte

Eso exige confianza, paciencia y también cierta generosidad para aceptar que otros harán las cosas a su manera. Pero es así como  se mantienen vivas a lo largo del tiempo.

En medio de todo esto aparece una realidad inevitable, hay momentos en los que alguien tiene que decidir. Y decidir nunca es cómodo.

Gobernar una hermandad significa asumir responsabilidades que afectan a muchas personas. Significa elegir caminos sabiendo que no todos estarán de acuerdo. Y significa hacerlo intentando mantener algo muy delicado, la unidad de la comunidad.

Las mejores decisiones no siempre son las más rápidas ni las más aplaudidas. Suelen ser las que nacen de escuchar mucho, de pensar con serenidad y de recordar para qué existe realmente la hermandad.

Las hermandades nacieron para acompañar la fe de un pueblo. Para recordar el Evangelio con belleza, con tradición y con comunidad. Y esa misión no se sostiene solo con organización.

Se sostiene con humanidad

La Cuaresma, con su invitación a la conversión, nos recuerda precisamente eso. Que antes de preparar lo que se verá en la calle conviene cuidar lo que ocurre dentro:

—Cómo hablamos.
—Cómo perdonamos.
—Cómo tomamos decisiones.
—Cómo tratamos al hermano que piensa distinto.

Quizá ahí se juega una parte importante de lo que somos como hermandad. Porque la Semana Santa dura unos días, pero, la vida de la hermandad dura todo el año.

Y cuando llegue el Domingo de Ramos nos volveremos a encontrar en las calles, al compás de las marchas y al olor del incienso, contemplando a nuestros titulares y recordando que la verdadera hermandad se construye mucho antes de que se abran las puertas del templo.

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