Sacerdotes de Madrid y Ávila relatan desde dentro la atención a los evacuados por unos incendios que han obligado a desalojar 23 municipios y han dejado al menos 115.000 afectados
Lo que más ha impresionado a Álvaro Piñero en estos cuatro días no es el tamaño del fuego, sino quién termina durmiendo en el suelo de un pabellón. «En estas situaciones lo normal es que te vayas con tus padres o con un vecino, con tus redes familiares. La gente que viene aquí carece de eso: literalmente son los más vulnerables». Muchos de ellos son inmigrantes o gente que «no tiene dónde estar ni con quién estar».
Piñero atiende la parroquia de Villaviciosa de Odón, uno de los municipios que la Comunidad de Madrid habilitó como punto de acogida. Y conforme van llegando noticias de los pueblos evacuados, lo que escucha se endurece. «El desconsuelo es muy grande. Hay gente que lo ha perdido todo», cuenta a ECCLESIA.
Los incendios declarados el miércoles 22 de julio en Almorox (Toledo) y en San Martín de Valdeiglesias, unidos al que se originó en Burgohondo y se extendió por buena parte de la provincia de Ávila, dejaban el domingo un balance de unas 115.000 personas afectadas, 23 municipios evacuados y otros siete confinados, con más de 35.000 vecinos fuera de sus casas. El obispo de Getafe, monseñor Ginés García Beltrán —cuya diócesis concentra la mayor parte del territorio quemado en Madrid—, aseguraba que la diócesis sigue «con el corazón encogido, rezando por la extinción del fuego».
Cuatro días en el pabellón
En ese escenario, los párrocos de las localidades de acogida se han encontrado de un día para otro coordinando una emergencia. A Álvaro Piñero le llamaron del Obispado el viernes 24 para preguntarle qué iban a hacer a mediodía. «Mira, no tengo ni idea», respondió. No sabía nada; ni siquiera sabía que venían.
Villaviciosa habilitó primero dos puntos —el Centro Miguel Delibes y el pabellón de judo Francisco Valcárcel—, que pronto se unificaron en uno solo «por economía de personal y de sentido común». Llegaron unas 250 personas de Chapinería, Navas del Rey y Pelayos de la Presa; con los últimos realojamientos superan las trescientas. «El peor día fue el viernes», resume. «Organizar desde lo humano las camillas, las mantas, las comidas… Nos acostamos todos muy tarde». El sábado por la mañana la prioridad fue otra: montar una cadena de mando. «En estas cosas la gente se vuelca, pero tenemos que trabajar con orden».
Desde la parroquia, Cáritas se ocupó de lo material: mantas, toallas, sábanas, ropa del ropero, alimentos. A los grupos parroquiales se les encomendó además la guardería del pabellón: jóvenes y catequistas hacen turnos para que los niños jueguen y estén entretenidos mientras sus padres esperan noticias de sus casas.
Piñero lo describe sin épica. «La labor del sacerdote es estar, hacerte presente, representar a la parroquia». Eso significa hacer de enlace con el Ayuntamiento, buscar colchones a media tarde, o ponerse a hablar con alguien que quiere confesarse. «Es lo que es la vida de sacerdote normal». A cuatro días del desalojo, dice, el ánimo de los acogidos ha cambiado de signo: ya no es miedo, sino impaciencia. Quieren volver a casa y quieren volver al trabajo, y nadie sabe decirles cuándo.

Misa en el polideportivo
En el polideportivo de La Marazuela, dentro del territorio parroquial de San Miguel de Las Rozas, se han acogido 285 personas procedentes sobre todo de Robledo de Chavela y de Colmenar del Arroyo. Su párroco, José Antonio Buceta, habla de un despliegue enorme de voluntarios y de una solidaridad que ha sido «algo impresionante».
Cuando comprobó que lo material estaba resuelto, se ofreció al alcalde y a los concejales para celebrar allí la misa. Fue a mediodía del domingo. «Eso marcó un poquito la diferencia», dice. Lo que se encontró fue cansancio y una angustia muy concreta. «Estaban angustiados sobre todo por la incertidumbre de no saber qué han perdido, de no saber qué se van a encontrar a la vuelta». Aprovechó el Evangelio del día —el tesoro escondido, la perla preciosa— para pedirles que pusieran esos miedos en el altar y estuvieran atentos a cómo «el amor del Señor, de una forma escondida, sigue estando» a través de tantos gestos y tanta compañía.
Y añadió una comparación que a él mismo le rondaba: «Hace una semana estábamos celebrando que España había ganado el Mundial y hoy sufrimos esta situación. Si algo teníamos que celebrar, era que ese amor sigue estando y no se va».
Ávila, los primeros desalojados
Del lado abulense, el fuego se inició en Burgohondo y alcanzó la Reserva Natural del Valle de Iruelas, uno de los espacios naturales más valiosos de la provincia. Los vecinos salieron deprisa de sus casas; para quienes no tenían medios propios se habilitaron autobuses hasta Ávila capital, y hubo que desalojar residencias enteras de ancianos. Cáritas diocesana y decenas de voluntarios se volcaron en la acogida, hasta el punto de que en algún momento el Ayuntamiento tuvo que pedir que pararan porque estaba todo cubierto.
Entre los desplazados hay también sacerdotes. Marcelo, párroco de Burgohondo, lleva desde el jueves en la capital con sus vecinos, esperando el permiso para volver. Pero pide una cosa antes de contar nada: que no se le tome por representante de nadie. «Yo te puedo decir mi experiencia personal, pero eso es una entre millones. Cada persona te podría contar la suya».
La respuesta de la Iglesia
Las diócesis afectadas han abierto sus recursos desde el primer día. El obispo de Ávila, monseñor Jesús Rico García, puso a disposición de quien lo necesitara los medios materiales y humanos de la diócesis; el Seminario y la Casa de Ejercicios se ofrecieron para alojar tanto a evacuados como a miembros de los servicios de extinción que necesitaran descansar o ducharse. En Madrid, el cardenal José Cobo pidió incluir en todas las misas una intención especial por los afectados y por quienes combaten el fuego.
El obispo auxiliar de Getafe, monseñor José María Avendaño, recorrió el sábado los centros de acogida de Villaviciosa de Odón, Brunete y Leganés acompañado por el vicario de la Caridad, Aurelio Carrasquilla, y el director de Cáritas diocesana, Enrique Carrero. En el pabellón de judo de Villaviciosa saludó uno a uno a los 350 evacuados. «Al hablar con cada uno me decían: «Nos sentimos cuidados, acogidos»», relató después.
La emergencia ha alcanzado también a instalaciones de la propia Iglesia: el avance de las llamas obligó a desalojar el Colegio Seminario Menor de Rozas de Puerto Real, donde unos 250 jóvenes participaban en un campamento de verano.
El domingo, al concluir el Ángelus desde Castel Gandolfo, León XIV se refirió expresamente a lo que ocurre en España: «Frente a los devastadores incendios que estos días han alcanzado varias localidades de Francia y de España, manifiesto mi cercanía e invito a todos a rezar por las personas afectadas y por el trabajo de quienes los socorren».








