El Papa agustino pone en el centro de la moral la relación y así nos lleva al ordo amoris agustiniano, donde la caridad aparece como núcleo de toda la vida cristiana y virtud suprema que ordena a las demás
La gestación de la primera encíclica de León XIV comenzó cuando fue elegido sucesor de Pedro y hubo de escoger nombre. Si León XIII fue el Papa que abrió la Iglesia al mundo en el tránsito al siglo XX, León XIV hoy hace lo propio en una era de cambio vertiginoso y exponencial, donde el poder y las ubicuas tecnologías (sobre todo la IA) se entrelazan con el tejido de la vida cotidiana, moldean los procesos de toma de decisiones y marcan el imaginario colectivo. Su ambivalencia es grandísima. Junto a las inmensas posibilidades que abren para multiplicar el bien, se encuentra también el deterioro de la verdad en la vida pública, el desfase de las prácticas educativas, la pérdida masiva de puestos de trabajo, la fragilización de las familias, la generación de nuevas esclavitudes y las nuevas formas bélicas, por citar los principales temas que la encíclica trata en sus capítulos 4 y 5. Son fenómenos interactuantes, por obra y gracia de una tecnología que no es axiológicamente neutral, pues su misma existencia configura posibilidades de construir y destruir, y recibe una direccionalidad de quien la concibe, financia, regula o utiliza.
Con distintos términos caracteriza el papa Prevost la situación antropológico-cultural que vivimos: nihilismo, fragmentación, polarización, desvinculación, desconfianza, ley del más fuerte, desprecio de la fragilidad, cultura violenta de la guerra… Del cóctel entre tecnología y pérdida de sentido deviene una suerte de «posmodernismo tecnológico», carente de marcos éticos e instituciones político-jurídicas a la altura de los retos. La ley del más fuerte desprecia el derecho internacional, lanzándose descaradamente a la guerra y a los sueños transhumanistas de superar lo humano y olvidarse de los pobres y de todos los “inservibles” al sistema.
En ese mundo habita la Iglesia, pueblo de Dios en camino, que vive la común experiencia humana y recibe la fuerza del Espíritu para el encuentro con Cristo resucitado, quien, en la cruz, cargó con toda injusticia y todo mal. En él recibimos la llamada a ser colaboradores en la obra de la creación y no espectadores resignados ante los procesos tecnológicos. El Espíritu actúa en el corazón (conciencia) de cada persona (que tiene dignidad y no precio) alentando su capacidad de reflexionar críticamente, discernir y elegir el bien rectamente, y amar y servir gratuitamente, estableciendo relaciones auténticas con Dios, con el prójimo y con los demás seres de la creación. La encíclica recuerda que ningún sistema tecnológico, por sofisticado que sea, «genera un corazón que se entrega, ni una conciencia capaz de discernir el bien. Incluso cuando las máquinas sobresalen en eficiencia, el centro de la historia sigue siendo un rostro humano que exige ser contemplado» (MH, 233).
El camino en la historia se hace en la tensión entre plenitud y límite. La plenitud es la atracción que Dios pone en el corazón de cada uno para crecer en libertad y alcanzar su ser más verdadero. Y los límites no son simples defectos que hay que corregir, sino «lugares» donde el ser humano madura y se abre a la relación. La Iglesia recuerda, con voz humilde pero firme, que la verdadera realización no nace de la eliminación de las fragilidades y los límites, sino de la libertad y la responsabilidad entrelazadas con el cuidado recíproco y la solidaridad, y que el progreso no se mide únicamente por el aumento del PIB, sino por el respeto a la dignidad de cada persona y por el bien común de los pueblos.
El realismo cristiano no se deja embelesar por falsos espejismos que prometen una «salvación» tecnológica solo para una élite de privilegiados que ignora la suerte de «pueblos enteros». No rechaza la ciencia ni la técnica, sino que convoca a asumirlas con sentido de gratitud y discernimiento, «con los pies en la tierra» y los ojos mirando a una vocación más alta, así brota una crítica social necesariamente dura pero esperanzada. La humanidad —magnífica y herida— acoge los progresos de la técnica para aliviar los sufrimientos y abrir posibilidades, no para renegar de aquello que la hace ser ella misma: la capacidad de relación y de amor (MH, 126). He ahí el quid de la cuestión. Se impone ralentizar el paso para poder hacer discernimientos serios y compartidos que profundicen en las raíces espirituales y culturales de las transformaciones. Un mundo en el que todos puedan «florecer» exige una corresponsabilidad valiente, que se afane en transformar el conocimiento en bien común, no en herramienta de dominio. Ninguna mano, por sí sola, basta para sostener el peso de los desafíos que atraviesa el mundo, y ninguna sobra a la hora de ofrecer su contribución. No sobran, por descontado, los pobres, cuya voz debe ser escuchada con respeto y atención cordial (aquí recordamos Dilexi te). Todos somos necesarios dentro de la Iglesia (sinodalidad) y todos somos necesarios en el conjunto de la sociedad, no solo los que creen tener las llaves para dominar el mundo.
El Papa agustino pone en el centro de la moral la relación y así nos lleva al ordo amoris agustiniano, donde la caridad aparece como núcleo de toda la vida cristiana y virtud suprema que ordena a las demás. No es un mero sentimiento, sino el motor de la existencia que transforma el corazón e impulsa a buscar a Dios y amar al prójimo habitando la casa común. León echa mano del obispo de Hipona para referir la tensión bipolar de los dos amores que han dado lugar a dos modos de construir y habitar el mundo —«dos ciudades»—, simbolizadas con dos iconos bíblicos: el «síndrome de Babel» y el «camino de Nehemías», que arrancan en el corazón de cada uno (MH, 130). Babel simboliza «la idolatría del lucro que sacrifica a los débiles, la uniformidad que aplana las diferencias, la pretensión de un lenguaje único —incluso digital— capaz de traducirlo todo, incluso el misterio de la persona, en datos y rendimientos» (MH, 10). La reconstrucción de Jerusalén impulsada por Nehemías pone de relieve el valor del trabajo compartido para hacer que la ciudad de Dios sea un lugar seguro para los exiliados que regresaron (MH, 10).
La elección no es entre un «sí» o un «no» a la tecnología, sino entre «un poder que pretende dominar el cielo y un pueblo que, en presencia de Dios, se pone a trabajar unido para levantar de nuevo las murallas de la convivencia fraterna» (MH, 9). El momento es apremiante: nos jugamos el ser o no ser de la humanidad.








