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Mario, superviviente del accidente de Urda: «Vivir es urgente, pedirse perdón es urgente»

El testimonio de este joven de 30 años conmovió a muchos cuando, malherido entre las vías, proclamó que Dios es bueno y no paró de rezar. Haber salvado la vida es una nueva oportunidad para su matrimonio 

Mario Aguado subió a primera hora del pasado miércoles al AVE que acabaría estrellándose contra un Iryo detenido en la vía por una concatenación de errores aún bajo investigación. Del impacto no conserva imágenes: solo la sensación física de haber entrado en una centrifugadora. Lo siguiente fue verse a cielo abierto entre los restos del tren, con la pierna derecha destrozada, encomendándose a Dios y hablando de su mujer, Maite, y de sus hijos.

La familia acababa de regresar a España el 31 de agosto tras dos años y medio en Basilea (Suiza) como familia en misión. Con las pertenencias todavía embaladas en un trastero, y alojados provisionalmente en casa de sus suegros, Mario viajaba a Sevilla por trabajo cuando la catástrofe frenó en seco esa nueva etapa. Desde la cama del Hospital de Toledo, con la pierna inmovilizada y una recuperación que se prevé larga, reconstruye un accidente donde el dolor convivió con una inesperada cadena de auxilio humano y espiritual.

—¿Qué recuerdas del accidente? ¿Fuiste consciente en algún momento de lo que estaba sucediendo?
—Yo iba en el AVE en dirección a Sevilla, en el coche número 7. De repente, el tren se paró y estuvimos detenidos por aglomeración en la vía unos 15 o 20 minutos. No sé cuánto exactamente, pero sí recuerdo que bromeé con mis compañeros de trabajo que iban en el mismo vagón. Como había madrugado mucho y todavía quedaba un buen trecho para llegar a Sevilla, aproveché para dormir. Y lo siguiente que recuerdo es despertarme fuera, al aire libre, cuando ya se había producido el accidente. Tenía escombros encima, unos asientos… Si hago un esfuerzo y cierro los ojos, me viene algún recuerdo, como de estar en una batidora, como si cogieras una pelota y la metieras dentro de un bote y la movieras muy fuerte. Tengo esa sensación, pero ninguna imagen.

—Te despiertas, ¿y qué pasa?
—Lo primero que hago es un control de daños. Me quité las cosas que tenía encima con las manos. Recuerdo que retiré arena, barro… Al tocarme la cara, me vi las manos y las tenía repletas de sangre. Luego me toqué la cadera y me desplacé un poco para comprobar que había movilidad. Moví la pierna izquierda. Hasta ahí todo bien. Pero ya no pude mover la derecha. Me incorporé y vi que la tenía bastante afectada. Entonces, me puse a rezar. Me tapaba los oídos con fuerza para no escuchar los gritos de la gente y decía: «Señor Jesús, hijo de David, ten misericordia de mí, que soy un pecador».

—¿Durante cuánto tiempo?
—Hasta que llegó un primer ángel, José Ramón, que me escucha rezar y me pregunta si soy católico. Le digo que sí, y me contesta: «Yo también. Tranquilo. Vamos a rezar juntos». Luego me dijo si quería que llamásemos a alguien, pues tenía un teléfono. Le di el número de mi esposa Maite, pero no daba tono. Luego me enteré de que en ese momento estaba en el trastero. Hice memoria y recordé el número de teléfono fijo de mi mujer, el de la casa de mi suegra, que es donde estamos viviendo en estos momentos. No sabía qué hora era, pero pensaba que, quizás, Maite ya había vuelto de dejar a los niños en el colegio. Ella no estaba, pero sí mi suegra. Le digo básicamente que estoy vivo y un poco las sensaciones que tengo: que siento las piernas y que la derecha la tengo destrozada. Y que, por favor, le dijera de la mejor manera posible a mi mujer lo que había pasado. Que quería a Maite y a los niños y que Dios era bueno. Que Dios era bueno. Mi suegra me preguntó dónde estaba. Y ahí apareció otro ángel, Antonio, el farmacéutico del pueblo, que nos confirmó que estábamos cerca de Los Yébenes. Y la conversación se terminó. José Ramón me dijo que con ese teléfono iba a intentar poner en contacto a más heridos con sus familiares y yo me quedé ahí tumbado.

—¿Cómo fueron esos momentos?
—Pasaron por allí muchas personas. Primero vi a dos compañeros de trabajo. También apareció un sacerdote mayor, que vino a preguntarme qué tal estaba, me dio ánimos, me tranquilizó y se fue a ver a más heridos. Luego llegó Rosa, que debió escuchar algunas de mis conversaciones y me preguntó lo mismo que José Ramón: si era católico. Le dije que sí. Me cogió la mano, sacó una especie de rosario del cuello y me dijo: «Mario, ahora no podemos hacer nada. Solo tenemos que esperar. Así que, si te parece, voy a rezar una corona mística». Se lo agradecí y le pedí que no me soltara la mano. Fue como la mano de una madre, porque en ese momento yo tenía mucho miedo, y Rosa rezaba, rezaba y rezaba. A veces, por los gritos, volvía a taparme los oídos. Y ella no paraba de rezar, no paraba de rezar. 

—¿Cuándo llegaron los médicos?
—Pasó un rato, no sé cuánto, porque perdí un poco la noción del tiempo, pero un grupo de hombres me sacó de la zona. Me colocó en un trozo de techo del tren recubierto con ropa, a modo de camilla, y me dejaron en un lugar que era tierra firme, como un descampado. En ese momento, ya entraron en juego los médicos. Recuerdo a uno de ellos, con casco amarillo, que venía con una doctora, con pelo rizado y gafas. Me cogió una vía y me puso un gotero con algo. Recuerdo a muchas personas sujetar el gotero. Una señora mayor con el brazo en cabestrillo. También dos guardias civiles, a quienes pedía agua insistentemente, porque tenía mucha sed. Pero no me la podían dar. El más joven, que estaba a mi lado, mojaba de vez en cuando una gasa en agua y me humedecía un poco los labios y me limpiaba las heridas. Yo le tiraba del pantalón, porque sentía un dolor muy fuerte. Tengo la imagen de muchas personas tumbadas con goteros, con mantas térmicas, muchos médicos. Yo gritaba de dolor. Vino entonces otro médico, que creo que era el que lideraba un poco todo. Me miró y me dijo: «Tranquilo, sé que te duele mucho, te voy a poner una medicación. Estás bien. Te están cuidando». 

—¿Y después?
—Solo tengo la imagen de luces y sombras, de despertarme de repente y volver a quedarme dormido. Cuando recuperé la consciencia, estaba entre médicos. Una chica que se llama Tamara, otro ángel, sujetaba mi gotero y me daba la mano. Me dijo que estuviera tranquilo y que ella iba a informar a mi mujer y a la familia de a dónde me iban a llevar. Y en ese momento apareció Álvaro, otro médico. Me colocaron en una camilla, me subieron a la ambulancia y me llevaron al hospital de campaña. Tamara seguía allí, no se había ido. En el hospital de campaña estuve con Javi, un médico joven, con camisa, que me dio la mano y me dijo que se iba a quedar conmigo hasta que me fuese. Me pusieron un collarín, donde iban apuntando cosas: mi estado, la medicación. Yo hablaba todo el rato de Maite y las niños, Maite y las niños. No sé cuánto tiempo estuve allí, pero sí que había mucho movimiento. Los helicópteros despegaban y aterrizaban; se llevaban gente todo el rato. Al poco tiempo, apareció una chica que dijo que me trasladaba al hospital de Toledo. Ahí desaparecieron Tamara y Javi y solo estaba con ella. Luego tengo la imagen de cuando me bajan de la ambulancia, ya en Toledo, los pasillos del hospital, y lo que me decían tras verme, que había sido un milagro. Una vez comprobaron que la pierna afectada tenía bien el riego sanguíneo —tenían miedo de que hubiese que amputar, esa palabra la escuché varias veces—, me metieron en quirófano. Me durmieron y me hicieron una cirugía de contención. Cuando me desperté, estaba en la Unidad de Reanimación del Hospital de Toledo con mi mujer y mi madre.

—¿Cómo fue el reencuentro?
—Primero fui consciente de que estaba mi madre y recuerdo que dije: «Anda, pero si está aquí mi mamá». Alguien me daba la otra mano. Miré y allí estaba mi mujer. Es otra oportunidad que nos da el Señor a mí y a mi mujer para estar juntos.

—¿Y el volver a ver a tus hijos ya en un hospital más cerca de casa, en Madrid?
—Miguel es un bebé, pero es la alegría. Con las dos niñas mayores fue muy especial. La mayor, Blanca, estaba muy preocupada y venía cada poco a darme un abrazo y un beso. Almudena, que es más sensible y más cauta, se sentó a mi lado y me preguntó si me iba a curar. Y ella ya se quedó tranquila con mi respuesta afirmativa. Fue una experiencia de gran alegría encontrarme con ellas.

—¿Cómo te ha acompañado Dios en todos estos momentos tan duros? Porque, por tu relato, aparece muchas veces…
—Dios estuvo presente desde el primer minuto, en cada segundo, en la jaculatoria que repetía, en la oración, en el corazón. Estaba todo el tiempo. Rezar era lo único que me mantenía, puedo decir, vivo. Era lo único que mantenía el dolor a raya para no entrar en shock, no desmayarme y no ponerme a gritar como un poseso. Yo le decía: «Señor, ayúdame. Ten compasión de mí». Y eso me mantenía en paz, me mantenía en calma. Puedo decir que rezar me mantuvo en paz.

—¿Cómo habéis vivido la oración de tanta gente por vosotros?
—¿Cómo te digo que lo podemos tocar? Hay personas hasta en Kazajistán rezando por mí. Y eso se puede tocar. Es como el calor del sol. Está ahí. Si no, yo no estaría así. Estos días no paro de decir a la gente que no dejen de rezar. Por mí, pero también por las personas que están hospitalizadas, por todas, conozcan o no a Jesús, porque estoy seguro de que tendrán un consuelo. Porque yo lo tengo. La oración es como una brisa que no se ve, pero que lo refresca todo. Y a mí me ayuda a respirar en los momentos en los que no puedo más. Me ayuda a seguir en paz.

—Imagino que has podido leer el testimonio que publicó tu mujer…
—Tardé un par de ratos en leerlo completo. ¿Qué decirte? Somos un matrimonio joven, con el que Dios ha ido haciendo historia de una manera muy original. Es cierto que llevábamos unos cuantos meses mal. Enfadados. Eso que te vas a trabajar, vuelves, la rutina, los niños, que absorben mucha energía… Justo el día antes de coger ese tren había pedido ayuda para empezar una terapia familiar, y ese día volvió a cambiar todo. Creo que Maite ha sabido poner las palabras perfectas a lo que estábamos viviendo, a cómo estaba viviendo ella. Tiene toda la razón en lo que escribe. Vivir es urgente, pedirse perdón es urgente, urgentísimo. Decirse «te quiero» es urgentísimo. Los hijos son muy importantes, pero mi mujer es lo más importante. Es la persona que me va a ayudar a llegar al cielo. El resto, si yo estoy bien con ella, estará bien. 

—Y después de esta experiencia tan dolorosa, de la que tendrás que seguir recuperándote física y anímicamente, ¿cómo te planteas el mañana?
—Te mentiría si te dijera que no pienso en mañana, pero intento no hacerlo. Intento vivir el hoy. Lo que Dios quiere para mí ahora. Mañana será diferente. Cuando estábamos en misión, ya vivíamos de una manera extrema, y hoy lo volvemos a hacer, pero con una gran paz en el corazón. Tendremos que organizar muchas cosas y hay mucha gente que nos está ayudando, pero me centro en vivir el ahora.

—¿Cómo es posible esa paz?
—No viene de mí. Viene de todas estas personas que están rezando por nosotros. Es un don, no viene de mí. Yo vivía sin paz, pidiendo la paz. Y, ahora, con hierros en la pierna, con brechas, tumbado en la cama, con dolores, medicación, en un hospital, es cuando estoy experimentando la paz. Así que no viene de mí. Viene de Dios.

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