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Mi primera JMJ

«Dejad que los niños se acerquen a mí» (Mc 10, 13-16). Desde el primer momento que pisamos tierras portuguesas con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud, ese pasaje del Evangelio no paraba de resonar en mi cabeza. Lo recordaba cada vez que miraba a tantos jóvenes de todos los rincones del mundo siguiendo un mismo camino, o cuando nuestras voces sonaban como una rezando el padrenuestro a pleno pulmón. Aunque nuestras palabras se escuchaban en diferentes idiomas, todas estaban incluidas en el idioma de Cristo, el del amor. Porque para vivir estas jornadas con el mayor provecho posible, solo se necesitaba sentirse niño en espíritu y querer acercarse al Señor, que no dejaba, ni dejará, de invitarnos a encontrarlo en cada pequeña muestra de cariño con el prójimo. Se trató de mi debut en una JMJ, con todo lo que ello implicó. La ilusión y las ganas eran la brújula en los preámbulos de estos días que vivimos.

Y una vez allí, qué sensación de sobrecogimiento al ver a tantos miles de jóvenes y gentes de todo el mundo deseosos de vivir en comunión su fe con otros tantos. E imitando a la Santísima Virgen María, quisimos ponernos en camino a Lisboa apresuradamente para demostrar al mundo que ser cristiano es una condición de vida, llena de amor, sabiéndonos hijos de un Dios que no nos abandona y que no se cansa de querernos, por muchas veces que le demos la espalda y, en vez de subir al autocar que nos lleve a una JMJ constante por siempre, nos quedemos en tierra. No sería capaz de expresar en este espacio el sentimiento de sobrecogimiento cuando el Santo Padre pronunció las primeras palabras en el acto de acogida: «Dios nos llama a cada uno por nuestro nombre y nos quiere tal y como somos».  ¡Qué fácil nos lo pone el Señor para ser cristianos! Solo hace falta dejarse querer y entregar ese amor a todo el que nos rodea. Y por eso debemos ser como niños, pues un niño jamás le hace un feo al cariño de su padre.

De entre tantas actividades y eventos que se sucedieron estos días, les diré que, con diferencia, por encima de todos ellos, estuvo el momento en el que por unos instantes el papa Francisco pasó por delante de nuestros ojos, a escasos metros. Esto sucedió en su visita a Cascais, pueblo donde nos alojamos. Temprano por la mañana, nos dirigimos a su encuentro en su paso por las calles de la localidad. No les mentiré. Fue un momento fugaz, tan rápido que, si te despistabas, podrías perdértelo. Pero la emoción contenida en esos instantes fue para toda la vida. El Santo Padre, sucesor de san Pedro elegido por el mismo Jesucristo, pasó ante nosotros. Y a través de sus ojos, sus manos, sus actuaciones, Dios sigue dirigiendo a su pueblo en la travesía por este mundo. Por eso, en los segundos que pudimos ver al Papa, los jóvenes que estuvimos allí, sentimos a Jesús mirándonos y diciéndonos «no tengáis miedo», como nos recordó una y otra vez Francisco en la mañana del día de clausura.

Y es de esa forma que vuelvo a mi casa, a mi gente, lleno de Dios y de fuerza para, con su ayuda, seguir proclamando su Evangelio, testimoniando su salvación, y viviendo según su ejemplo, es decir, amando hasta el extremo y sin medida.

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