Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

¿Misión o trinchera? La escuela católica ante el curso 2026-2027

La escuela católica no necesita administradores de inercias ni amortiguadores de crisis, sino líderes proféticos

Cada comienzo de curso escolar reaparecen los mismos fantasmas: la caída demográfica, la infrafinanciación crónica que nos asfixia y una secularización que gana terreno. Sin embargo, la respuesta no puede ser la resignación ni la queja estéril. Nos equivocamos si pensamos que el mayor problema es la hostilidad externa, cuando el verdadero riesgo sería quedarnos en un mero instinto de supervivencia, perdiendo así significatividad interna. 

La disminución de aulas y la reestructuración del sistema educativo son una llamada para la fidelidad creativa. Podremos perder peso cuantitativo, pero nunca podrá ser una excusa si en ello también perdemos valor cualitativo. Tal vez contamos con menos fortalezas en nuestras presencias, lo que nos exige aprender a evangelizar desde los márgenes, desde las periferias educativas, que también están en el interior de nuestras escuelas.

Esto demanda, ante todo, un liderazgo que haya perdido el miedo. La escuela católica no necesita administradores de inercias ni amortiguadores de crisis, sino líderes proféticos. Existe una tensión no resuelta en muchos de nuestros centros entre la urgencia de mantener la viabilidad de la oferta y la fidelidad sin rebajar el ideario institucional, sin diluir la identidad.

Es un liderazgo compartido que no se construye desde la trinchera o desde actitudes de superioridad, sino desde una apertura radical a todos —independientemente de donde vengan, lo que piensen o lo que crean—, al modo evangélico en que acogía, educaba y oraba Jesús de Nazaret. Para sostener esta tensión, resulta urgente acompañar a los educadores, y especialmente a los directivos: se requieren espacios de discernimiento comunitario, acompañamiento espiritual y redes de apoyo interinstitucional.

A esta renovación del liderazgo hay que sumarle la audacia de iluminar desde nuestros valores los grandes desafíos de la cultura contemporánea. En un momento de aceleración tecnológica sin precedentes, donde la inteligencia artificial y la omnipresencia de dispositivos reconfiguran la mente y los vínculos de los alumnos, entre ellos y con respecto a los aprendizajes, la escuela católica no puede oscilar entre el entusiasmo ingenuo y el ludismo defensivo. Para ello, cuidar la vida interior, como nos invita el papa León, sigue siendo una aportación antropológica urgente frente a los algoritmos individualizantes, fomentando el pensamiento crítico y el discernimiento ético.

Y como elemento de significatividad, ningún discurso ideológico puede arrebatarnos la apuesta por una educación inclusiva y del cuidado. Atender al más débil del sistema —al alumno con necesidades específicas, a la familia herida por la precariedad o al menor expuesto al acoso o a los abusos— no puede quedarse en mero cumplimiento burocrático que nos permita mantener el concierto: es la más importante razón de ser de la escuela cristiana. Nuestros fundadores no crearon colegios para quedarse con los mejores, sino para salvar y dignificar a quienes la sociedad daba por perdidos. Si dejamos a un lado este tipo de alumnos y familias, estaremos traicionando la memoria de nuestras propias raíces.

Finalmente, en el corazón de todos los retos, la escasez de comunidades vivas de fe en las comunidades educativas. De nada sirve un proyecto pedagógico de vanguardia si no hay un núcleo creyente que lo ore, lo encarne y lo contagie. No podemos conformarnos con una pastoral de prevalencia; necesitamos que la vivencia del Evangelio no sea un anexo al horario lectivo, sino el aire que se respira en cada espacio educativo, en cada encuentro, en cada conflicto. Estamos llamados a evangelizar el currículo, y para ello necesitamos educadores a tiempo pleno y sin miedo a ser testigos.

Cada mañana de este nuevo curso, la escuela católica de nuestro país reunirá a más de un millón y medio de niños y jóvenes y a centenas de miles de educadores. Es una de nuestras mayores plataformas de misión eclesial. Por eso mismo, va siendo hora de abandonar la postura defensiva, dejar de pedir perdón por existir y salir a ofrecer a todos lo mejor que tenemos: un proyecto educativo capaz de transformar la vida de las personas desde la verdad del Evangelio. 

This Pop-up Is Included in the Theme
Best Choice for Creatives
Purchase Now