Hablamos con Agustín Echavarría, catedrático de Filosofía de la Universidad de Navarra y profesor del Máster en Cristianismo y Cultura Contemporánea
Con motivo de la catástrofe provocada por la DANA en el este de España, que tanta muerte, sufrimiento y destrucción ha dejado a su paso, charlamos sobre el problema del mal y las preguntas que eriza la irrupción del infierno en la tierra en víctimas y espectadores, creyentes y agnósticos, con Agustín Echavarría, catedrático de Filosofía de la Universidad de Navarra. Profesor de Máster en Cristianismo y Cultura Contemporánea, obtuvo su doctorado en la UNAV con una tesis sobre la Metafísica leibniziana de la permisión del mal. Pertenece al grupo de investigación de Teología Filosófica.
¿Cómo afrontar desde la calma y la frialdad analítica una tragedia como la vivida en Valencia y Castilla-La Mancha, que nos llena de dolor e indignación?
Ante todo quisiera aclarar que mi perspectiva desde la que voy a hablar es sobre todo la de un filósofo que se dedica a investigar sobre la cuestión del mal, y no tanto desde la perspectiva de la teología, que también incluye la fe. Naturalmente, desde esa otra perspectiva se puede decir muchísimo más y dar una respuesta, creo, bastante más satisfactoria desde el punto de vista existencial. En todo caso, no podemos pedir que, sea desde una u otra disciplina, se aporte una visión completa que permita a la persona entender todo lo que está pasando. Me parece una aclaración muy pertinente antes de entrar en la materia.
¿Es posible hablar de Dios a una persona que está viviendo el infierno en la tierra?
A la persona que padece un mal, como, en este caso, un cataclismo, las respuestas que se le puedan dar desde una perspectiva intelectual cualquiera, sea filosófica o teológica, deben tener un cuidado extremo y hacerlo con mucho tacto, porque pueden no entenderse bien o no caer bien, incluso irritar.
La naturaleza se vuelve contra el hombre y arrasa todo. El mal es algo incuestionable…
El mal, y aquí podemos incluir el tema del sufrimiento producido por la DANA, es fundamentalmente un problema real. El mal existe en el mundo. Por un lado tenemos el mal moral, las injusticias y todo tipo de acciones apartadas del bien, siempre atribuibles al libre albedrío de las personas. En el caso presente, no estamos hablando de esa clase de mal, sino de una catástrofe, que es un mal natural, y del sufrimiento humano que se sigue de ese mal natural. Es algo muy real y que en ningún caso se puede minimizar. No estamos legitimados para decir simplemente: «Bueno, esto está dentro del plan de Dios, está dentro del orden de la naturaleza». No se debe dar una respuesta que no atienda al drama, al sufrimiento anómalo de la gente, un sufrimiento que está fuera del orden, por lo menos del orden que la persona tenía previsto y que considera como un bien. Nadie quiere sufrir y nadie quiere morir, por eso cuando el sufrimiento y la muerte nos golpean de cerca, lo percibimos lógicamente como un desorden y un mal.
Aparte de ese mal real del sufrimiento, existe otro problema del mal, y es cómo lo entendemos y enfocamos los seres humanos…
Desde el punto de vista de las creencias, la cuestión sobre la existencia de Dios lleva por supuesto y de manera natural a plantearse si este mundo está o no gobernado por un ser todopoderoso y completamente bondadoso. Surgen preguntas esenciales para la fe. Sin duda, este tipo de catástrofes naturales y tragedias pueden llevar a un problema de enfoque. Por ejemplo, si uno considera que este tipo de cataclismos y muertes representan una especie de refutación definitiva a la idea de que pueda existir ese Dios bueno y todopoderoso. Llegar a esas conclusiones podría suponer albergar una visión de Dios demasiado infantil, en la que se concibe a Dios como un ser que básicamente está ahí para hacernos la vida más fácil. A veces, lamentablemente, muchos creyentes tienen la idea un poco ingenua de que, como Dios es bueno, es todopoderoso y se supone que gobierna las cosas, entonces no tendría que suceder nada malo. Es es una idea poco madura, poco reflexionada, sobre cuál es el papel de Dios en el gobierno del mundo y de las cosas.
Como paradoja, muchas veces se alienta el sentido desde la orilla de los ateos.
No son pocos los ateos que se valen de este tipo de ingenuidad para impugnar la idea de Dios y decir: «Bueno, ved las cosas horribles que suceden en el mundo. La idea que tenéis de un Dios bueno y todopoderoso es una visión ingenua, de la que hay que deshacerse». Y eso puede hacer mella cuando hay un problema de enfoque, cuando no se tiene una idea clara o profunda de quién es Dios, qué bien busca para los hombres en última instancia y de qué manera gobierna el mundo.
¿Y cuáles son esas certezas de última instancia a las que deben evolucionar los creyentes?
En última instancia, y desde una perspectiva ya de creyente, pero también filosófica, el bien que busca Dios fundamentalmente es el bien de la felicidad última para el hombre. Esta no se alcanza, obviamente, en esta vida ni en este mundo. Por tanto, no es que Dios quiera ni mande los sufrimientos de esta vida, pero tampoco está enfocado en evitarnos todo sufrimiento. Dios es un ser bueno y todopoderoso que gobierna el mundo de acuerdo con las leyes que le ha dado, de acuerdo con los poderes causales que ha dado a las cosas en el mundo. Podría decirse que Dios juega limpio con sus criaturas, porque ha creado un orden de criaturas reales con una causalidad real y lo respeta. Los seres reales y las causas reales pueden influir unas sobre otras, y él respeta ese orden que ha creado, trata las cosas conforme a la naturaleza que les ha dado previamente, y por eso permite que en algunos casos se produzcan males.
Es una posición que remite bastante a la idea de un Padre amoroso ajeno a los paternalismos…
No se puede pensar que Dios vaya a estar todo el tiempo evitando que se produzcan los resultados de esa interacción entre causas naturales. Tendría que evitar todos los terremotos, enfermedades, etc. Sería pensar en una especie de dios mago que no ha creado un orden real de cosas, sino una especie de parque de atracciones en el cual no nos puede pasar nada malo. Dios no ha creado un parque de atracciones, sino un mundo real, en el que las causas segundas y las cosas tienen su propia acción, su propia causalidad, con sus consecuencias reales, y existe el riesgo de que algunos males se produzcan de vez en cuando. Pero eso no significa que Dios no esté allí gobernando, sino que, con ocasión de esos males, puede buscar que lleguemos a otros bienes mayores.
Si Dios pone en marcha, por así decirlo, el sistema y respeta sus reglas y a sus criaturas, ¿en qué lugar queda la oración?
Por supuesto, el hecho de que Dios respete las reglas del juego no quiere decir que no tenga el poder de intervenir en el mundo o que haya renunciado a hacerlo. En primer lugar, si Dios es el creador y la causa primera de la existencia de todas las cosas, tiene el poder de intervenir. De hecho, de algún modo está todo el tiempo interviniendo, en la medida en que conserva las cosas en la existencia. Pero el hecho de que pueda intervenir no le obliga a evitar todo el mal que sucede en el mundo. Es obvio que Dios quiere el bien para nosotros, que él no quiere la muerte ni nos manda el sufrimiento… Simplemente lo permite como consecuencia natural de nuestra propia naturaleza falible. Somos agentes con libertad, y en la naturaleza encontramos también causas que obran de modo contingente. Esto tampoco quiere decir que no intervenga y que, en muchos casos, lo haga de manera especial para evitar ciertos males.
¿Y cuál sería el criterio para intervenir en unos casos sí en otros no?
Debemos renunciar a querer estar en la mente de Dios. No podemos saber con qué criterio Dios decide permitir o impedir ciertos males particulares. En cambio, sí podemos tener un criterio general desde el punto de vista filosófico: dado que Dios es el Bien absoluto, infinito, sabemos que no permitiría ningún mal, ni general ni particular, si no tuviera el poder y la bondad suficientes como para compensar esas pérdidas con bienes mayores. No podemos saber los criterios particulares de Dios para permitir o no los males concretos, pero sí conocemos el criterio general: la certeza de que, por su poder y bondad, tiene la capacidad y la disposición para, de esos males, obtener bienes mayores.
¿Supondría esto utilizar al hombre como un medio, y no como un fin en sí mismo?
Los males de los que hablamos no son en ningún caso necesarios para obtener esos bienes mayores. Dicho de otro modo: Dios no manda un sufrimiento ni un mal porque quiera conseguir un bien que de otra forma no se podría conseguir. Esa supondría una visión maquiavélica de Dios, como una suerte de titiritero macabro. Respetando el orden que él mismo ha creado, interviniendo en algunos casos y en otros no, según sus criterios particulares y que no conocemos, tenemos la seguridad de que no permitiría los males, incluso los más graves, si no tuviera el poder y la bondad para obtener de ahí bienes mayores. Esto está en san Agustín, que es el gran pensador cristiano que ha tratado el tema del mal con más en profundidad.
¿La vida humana se mantendría como bien superior dentro de esta visión de Dios y del mundo?
El principio sobre la permisión del mal se puede formular de dos maneras distintas. Las dos son correctas, pero tienen implicaciones distintas. La primera es que se pueden permitir muchos males para no impedir algunos bienes. ¿O no es cierto que, si Dios quisiera impedir que se produjera todo mal moral en el mundo, tendría que suprimir nuestra libertad, por ejemplo? Entonces, el bien de la libertad supera el mal que pudiera producirse por el uso indebido de la libertad. La mentira es un mal permisible para lograr el bien superior de la libertad de expresión. En este sentido, Dios permite algunos males porque no quiere eliminar ciertos bienes que son superiores. La otra formulación es la que comentaba antes, que Dios no permitiría ningún mal particular sin la certeza de que de ahí va a obtener algún bien mayor. Aquí hay que entender un concepto fundamental: el mal es en este caso una ocasión para obtener el bien, no un medio para ello. El mal no es un instrumento, no es un medio que Dios usa para un fin. No es una condición sin la cual Dios no podría obtener esos bienes, etc. Sino que, con ocasión de esos males que Dios permite, porque se siguen del uso libre y natural de las capacidades de las criaturas, se vale de ellos para obtener bienes mayores. Ni la persona ni la vida humana son instrumentalizadas, por supuesto.
Siguiendo el hilo de la libertad, el papel protagonista en el plano del mal moral es para el pecado…
Hay que tener en cuenta, y ya entrando en una perspectiva más de fe que de filosofía, que la muerte no es natural al hombre, no tenemos inclinación a ella ni queremos morir. Si la muerte y el sufrimiento han entrado en el mundo ha sido por el pecado original. Es una condición que hemos adquirido los hombres, no nos es dada por Dios. Es decir, después del pecado original, que fue un acto libre, nuestra propia condición humana es la de sufrir y morir en algún momento. Dios, contando con nuestra naturaleza humana y con el hecho de que todos vamos a sufrir y a morir —y no porque él nos lo mande—, puede darle al sufrimiento y la muerte un valor salvífico. Si nos unimos con fe a la pasión y muerte de Cristo, también resucitaremos con él, como dice la Escritura. Como decía antes, Dios no nos instrumentaliza, no nos hace morir o nos hace sufrir para algo. A partir de lo que hemos elegido libremente, maniobra para nuestra salvación, que es el máximo bien al que podemos aspirar. Dicho todo esto sin querer minimizar el sufrimiento ni la muerte, que son realmente dramáticos y algo que nos escandaliza. Cuando suceden cosas como las que estamos viendo estos días con la DANA, uno realmente se siente muy conmovido.
Pasemos del pecado y el libre albedrío al mal natural. ¿Diría que las catástrofes naturales, como esta DANA, son moralmente neutras?
Cuando nos encontramos con una tragedia por causas naturales y que es ajena al libre albedrío del hombre, como es el caso de la DANA, lo primero que hay que hacer es evitar moralizar. Es una tentación a resistir, y no solo desde el punto de vista filosófico, sino también desde la fe cristiana. Se debe rechazar la idea de que siempre y en todo caso pueda extraerse una especie de mensaje moralizante de Dios o cosas así. Buscar rápidamente una causa directa o muy unívoca, que ve en todo esto un castigo o algo por el estilo. Una especie de lectura en la que el sufrimiento y la muerte son, por ejemplo, un mensaje de Dios para que la sociedad española deje la secularización y el pecado y se acerque más a Dios… ese tipo de cosas. Moralizar los males naturales es una tentación que hay que resistir. Por supuesto, en catástrofes como estas (no digo que sea así en el de la presente DANA) puede haber también en algunos casos factores morales, como podría ser la avaricia de quien pudo haber construido casas y puentes con materiales baratos, o la negligencia de quien quizás hubiera podido dar una alerta con anterioridad, o la de quien pueda haber mandado a trabajar a alguien en plena tormenta, por ejemplo. Desconozco todo esto, son ejemplos teóricos, que dependan de si efectivamente hubo o no personas libres que hayan obrado de manera incorrecta por acción u omisión. En este caso, los males no serían puramente naturales, sino que tendrían también un origen en la libertad y, por tanto, serían moralmente imputables a algunos de los agentes que hayan intervenido. No serían entonces situaciones moralmente neutras.
Sin embargo, evitar moralizar las catástrofes naturales no implicaría que no sean ocasión de crecer moralmente, ¿no?
Por supuesto, siempre se puede sacar algún tipo de enseñanza con valor moral. A partir del sufrimiento y de la muerte se puede se puede crecer en la virtud, en la paciencia… en muchas cosas. La adversidad y el sufrimiento son escuelas para el crecimiento moral. Pero siempre como ocasión, no entendiendo que era absolutamente necesario que pasaran estas cosas para dicho crecimiento moral. En este tipo de catástrofes se ve lo mejor de muchas personas, el heroísmo de quien da su vida por otros. También lo peor, desgraciadamente, en otros casos, como cuando con ocasión de catástrofes como esta se producen saqueos o cosas similares.
También la enfermedad, el sufrimiento y la muerte pueden ser causa de involución moral. Pareciera que hoy en día se exige al enfermo que se recluya en la soberbia y viva enfadado con el mundo…
Es lo que comentábamos antes sobre la visión poco profunda de Dios, que se espera que sea ese mago que nos mantiene en una realidad en la que no hay sufrimiento ni muerte. Se piensa, de hecho, que esta vida debería ser una vida en la que no hubiera sufrimiento ni muerte. Tratamos de evitar mirar a los ojos de esta realidad a toda costa. No quiero decir esto, en ningún caso, para minimizar el sufrimiento y la muerte, que son grandes males. En mi opinión, este tipo de visiones surgen cuando falta un sentido trascendente en la vida humana. Cuando no existe la idea de que los hombres estamos llamados a un destino eterno, mayor que esta vida, el mal y el sufrimiento se ven como los males absolutos. Incluso peores que el propio mal moral.
¿Qué consecuencias tiene esta inversión de los valores?
Enormes, hasta el punto de que se llega a considerar lícito el mal moral con tal de evitar el sufrimiento, como en el caso de la eutanasia o el aborto, cuando se llega a afirmar que es un bien matar al que sufre. Cuando se invierte el orden de los bienes y valores se puede llegar a pensar que el sufrimiento es un mal peor que la acción de matar a alguien. Y no: el sufrimiento y la muerte son grandes males, pero no son los peores males. Esto ya lo sabía Sócrates, quien prefirió morir antes que cometer una injusticia. Esto es una cuestión filosófica, no de fe. Sócrates, antes de Cristo, ya sabía que cometer una injusticia es peor que el sufrimiento de la muerte, pues es preferible padecer el mal que volverse malo. Esta falta de perspectiva trascendente de la vida humana está detrás de la convicción de que el sufrimiento y la muerte son los máximos males y que, por tanto, hay que ocultarlos. Pero así no se hace ningún favor a la gente. En la práctica, sabemos que esto no es así, que todos en esta vida vamos a sufrir y a morir y que lo mejor es afrontarlo desde una óptica de trascendencia, que es lo único que puede hacer encajar el sentido de todo ese mal. Sin esa perspectiva trascendente, parece lógico que lo que nos queda es huir a toda costa del sufrimiento y de la muerte y ocultarlo a los ojos de la sociedad.
Eso explicaría la epidemia en el abuso de los fármacos que vivimos en Occidente…
Todas las adicciones buscan un estado de placer permanente en la persona, o bien evitar el sufrimiento, ya sea físico o espiritual por la falta de sentido, por la soledad, etc. Son sustitutivos, medios que muchas veces pretenden llenar el hueco de esa falta de visión trascendente.
En nuestra sociedad es un escándalo no ya el sufrimiento, sino vivir el sufrimiento con sentido. ¿Cómo se puede concebir ese otro escándalo de un Dios que permite nuestro mal pero que luego viene a llorarlo y llevarlo con nosotros?
Hemos dicho anteriormente que Dios nos respeta como criaturas. Nos da la naturaleza, otorga a cada cosa un modo de ser propio, y ese modo de ser propio trae consigo que, en algunos casos, se puedan producir algunos males. Si Dios crea un orden en el cual hay un león y una gacela, en algún momento el león se puede comer a la gacela, porque Dios respeta la naturaleza y el orden de las cosas que ha creado. Lo mismo sucede en el orden de la libertad humana. Es decir, Dios nos ha creado con un libre albedrío que nos permite hacer el bien, pero esto trae consigo la posibilidad de que hagamos el mal. Y Dios respeta eso. Como decía antes, Dios permite el mal porque juega limpio con sus criaturas. En cuanto a la segunda parte de su pregunta, la fe cristiana nos enseña que Dios se ha hecho hombre y ha sufrido siendo inocente, que ha muerto por amor y por nuestra salvación. Lo que esto muestra y lo que nos tiene que llevar a pensar esto es que Dios no tiene nada que ver con el mal. El mal viene de nosotros cuando usamos mal de nuestras capacidades. Y para mostrarnos su amor y para mostrarnos que él precisamente está comprometido hasta el fondo en nuestra lucha contra el mal, nos ha mostrado el camino. Es más, se puso el primero en la fila para sufrir y morir. Él no necesitaba ni sufrir ni morir para salvarnos. Sufrir y morir es lo que vamos a padecer los hombres como consecuencia del pecado, propio y ajeno, pero él se ha puesto el primero en la fila y nos ha mostrado el camino. Y así nos muestra el amor que nos tiene, que es más grande que el sufrimiento y que la muerte y que le lleva a dar la vida por nosotros.
¿Qué equilibrio de fuerzas guardan la Providencia y la libertad en este plano?
La Providencia cuenta con nuestra libertad. No son contrarias en modo alguno. Teniendo en cuenta nuestras decisiones libres y las distintas circunstancias de los distintos agentes, y también lo que sucede a nivel de causas naturales, como vemos con la DANA, Dios puede valerse de ello para obtener esos bienes que superan las pérdidas y los males. Estos bienes no anulan el sufrimiento o el mal, siempre es una realidad lo que se ha sufrido, el zarpazo de la muerte. Pero los cristianos tenemos esa esperanza de que la muerte y el mal no tienen la última palabra, que Dios vence al sufrimiento. Y no lo hace borrando la historia como si aquí no hubiera pasado nada. Ese sentido dramático de la historia siempre va a estar, aunque mantenemos la esperanza de que llegará un momento en que el triunfo sea definitivo, cuando Dios elimine por completo el sufrimiento y la muerte.
Hace poco, Fabrice Hadjadj aseguró que no hay nada que comprender con respecto al mal. Que este es un misterio y que el cristianismo, que es dramático, no está para dar soluciones, digamos, técnicas. ¿Está usted de acuerdo?
Caben matices. En mi opinión, del mal hay muchas cosas que sí se pueden entender. Y que, tanto desde el punto de vista filosófico como teológico, se puede alcanzar una cierta inteligibilidad. Es verdad que si entendemos el mal según la tradición que viene de san Agustín y santo Tomás de Aquino, el mal es una privación del bien. Cualquier mal que podamos pensar, ya sea un mal físico o moral, siempre se puede entender no como algo positivo, sino como algo que falta. Ya sea falta de rectitud en la voluntad, falta de salud, etc. El mal nunca es algo positivo, no es una realidad que tenga naturaleza propia. En este sentido, en sí mismo, el mal carece de inteligibilidad, no tiene una naturaleza que permita comprenderlo, porque el mal siempre se entiende en relación al bien. Sin esta relación con el bien, el mal en sí mismo no sería inteligible. En este sentido, no hay nada allí para comprender, lo cual no quiere decir que no se pueda uno aproximar a las causas por las que el mal se produce, por ejemplo. Y, por supuesto, en última instancia siempre se encuentra uno con un componente de misterio allí. Porque, efectivamente, es un misterio desde el punto de vista filosófico y teológico. Como seres humanos tenemos una capacidad limitada para dar una respuesta acabada, definitiva, y no podemos pretender encontrar una respuesta que dé razón suficiente sobre por qué se permiten unos males y no otros de manera concreta. Pero yo no diría que no hay nada que entender en la cuestión del mal. Hay muchas cosas que sí se pueden entender a nivel filosófico y otras cosas que se pueden entender a nivel teológico. En última instancia, por supuesto, uno tiene que poner todo en las manos de Dios y no pretender comprender lo que no es posible. Muchas cosas nos van a pasar en esta vida cuya razón no entenderemos y nos preguntaremos por qué. Simplemente, hay cosas que superan nuestra capacidad de entender.
Citaba a san Agustín y a santo Tomás. Como estudioso de la historia de la filosofía, ¿ve intuiciones, planteamientos, narraciones acertadas por parte de las personas que escribieron la Biblia sin ser grandes pensadores ni científicos o hay un cierto desajuste con respecto a la cuestión del mal?
Como se dice al inicio del Catecismo de la Iglesia Católica, todo el mensaje cristiano es una respuesta al problema del mal. Y eso se ve en las distintas fuentes de la fe cristiana. Por un lado, se ve en las Sagradas Escrituras, a veces de manera explícita y a veces, incluso, sin que esa sea necesariamente la intención del autor humano. El caso más claro en el Antiguo Testamento, por ejemplo, es el libro de Job. Santo Tomás de Aquino no lo comenta como un libro de teología, sino que hace un comentario filosófico sobre este texto. Porque el libro de Job, efectivamente, trata sobre el problema del mal, por qué Dios puede permitir el mal, qué razones puede tener. Y aparecen allí muchas posiciones diferentes sobre este tema, como la de los amigos del propio Job, que intentan dar una respuesta general acusándolo de defectos morales. Job les intenta mostrar poco a poco que esa idea es equivocada. Y ahí aparecen razones de tipo filosófico, hasta que, finalmente, aparece la respuesta del mismo Dios. Todo es susceptible de un análisis filosófico ahí. Así como en Job, hay muchos otros libros del Antiguo y del Nuevo Testamento en los que el tema del mal es abordado de forma explícita y desarrollado de forma coherente después por la teología cristiana, aunque estuviera influida o elaborada según los parámetros de la filosofía griega. Claros ejemplos son san Agustín y santo Tomás de Aquino, que son grandes teólogos, pues conocían a fondo la Biblia, y grandes filósofos, pues conocían muy bien el pensamiento de la antigüedad. Especialmente Platón y Aristóteles. Ambos fueron capaces de hacer una gran síntesis sobre la cuestión del mal, muy razonable y congruente desde el punto de vista filosófico y de la razón natural. Hay una gran confluencia y consistencia. Estos grandes autores, que conocían bien las fuentes de la Revelación y que al mismo tiempo eran grandes filósofos, lo han sabido ver muy bien. Por supuesto que hay una parte del mensaje cristiano que puede suponer un escándalo para la razón, que es el Dios crucificado, que es un escándalo para la razón pero no por absurdo, sino por el gran misterio y la gran paradoja que plantea al intelecto humano. Este misterio es congruente con lo que nuestra razón nos muestra: que el mal es malo, que hay que luchar contra él y vencerlo. Y que el único que puede ayudarnos a luchar contra él y a vencerlo de manera definitiva es un Dios bueno y omnipotente, que, además, incluso sea capaz de padecer lo mismo que nosotros por amor a nosotros.
Para finalizar, ¿sería tan amable de recomendar a los lectores de ECCLESIA algunas lecturas para profundizar en el tema?
A vuelapluma, los escritos contra los maniqueos, de San Agustín, y las cuestiones sobre el mal de santo Tomás de Aquino, en lo que tiene que ver con los clásicos. Más actual y divulgativo, aunque probablemente sea muy difícil de encontrar, diría El Mal. (Un estudio teológico), del cardenal Journet; y de Jacques Maritain, Y Dios permite el mal.








