Los valores cristianos de la Navidad, dados la vuelta, nutren y constituyen gran parte de las reivindicaciones culturales que hoy se oponen a la fe.
Es una paradoja, pero la secularización de Occidente no se entiende sin ese primer término de la comparación que es el cristianismo, la matriz cultural de Europa. De la misma forma que no hay ateísmo sin teísmo, tampoco hay secularización sin religión.
El concepto teológico de la Navidad, sustentado sobre la Encarnación del Logos, da lugar a una serie de valores eminentemente cristianos, como son la libertad, la igualdad y la solidaridad. La cultura secular toma impulso sobre estos conceptos y, dándoles la vuelta, los convierte en el sustrato de su ideología antirreligiosa. Es el cuervo que saca los ojos a quien le cría.
La propuesta cristiana es demasiado buena como para desaparecer: es más fácil revertirla que cuestionarla. ¿Cómo se da esta transmutación?
Primero: libertad. Dios se hace hombre para liberarnos. La libertad, en tanto albedrío y posibilidad del bien, es algo genuinamente cristiano. El cristianismo se opone al pecado en cuanto esclavitud. «Para la libertad nos ha liberado Cristo» (1Co 5, 1). No se puede negar que la libertad, ahora libertad frente a toda determinación, ha sido una reivindicación del secularismo hasta hoy.
Segundo: igualdad. Si Dios se ha abajado, hecho siervo y no señor, entonces todos somos iguales, y ya «no hay judío y griego, esclavo y libre, hombre y mujer» (Gal 3, 28). La libertad, hasta alcanzar la indeterminación de género, es una de las reivindicaciones del secularismo contemporáneo.
Tercero: solidaridad. Dios se hace hombre por una misericordia y compasión inefables. En el quicio de la soteriología está la solidaridad, que explica la Encarnación. No hay otro valor cultural más fuerte que la solidaridad, hoy transmutada en empatía.
El cristianismo engendra hijos, y sus hijos, llevándose puestos los bienes paternos, salen de casa con la herencia, estando todavía el padre vivo.







