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El rector de Sán Dámaso, Nicolás Álvarez de las Asturias

Nicolás Álvarez de las Asturias: «Hay muchos desafíos en la Iglesia que necesitan una respuesta en el campo de lo intelectual»

El sacerdote, catedrático de Historia del Derecho Canónico, está al frente de la universidad de la archidiócesis de Madrid desde septiembre

Tras más de veinte años dedicado a la docencia y a la investigación en la Universidad Eclesiástica San Dámaso, Nicolás Álvarez de las Asturias es desde el pasado mes de septiembre el nuevo rector. Catedrático de Historia del Derecho Canónico, su bagaje académico le hace afirmar que a lo largo de los siglos la Iglesia siempre ha encontrado soluciones y modos para responder a los desafíos de cada momento. Su receta: ser fieles al Señor y, a la vez, creativos.

—¿Cómo ha encajado este nuevo encargo en su trayectoria?
—Muy pocos meses después de mi ordenación sacerdotal, el cardenal Antonio María Rouco Varela, que era el arzobispo de Madrid, me envió a Roma a estudiar. De alguna manera, me anunció que me iba a pedir que me dedicase a la docencia y a la investigación como servicio pastoral prioritario. Y tras volver de Roma, hace ya veinte años, mi tarea pastoral ha sido la universidad. Como rector, se han producido dos cambios importantes en mi vida. El primero es que he tenido que reducir la actividad parroquial. El otro es que he visto recortado mi tiempo para la investigación y el estudio.

—Cuando descubre su vocación sacerdotal, ¿ya tenía esa inquietud por la investigación y el estudio?
—El estudio siempre se me ha dado bien. Pero las motivaciones por las que uno responde a la llamada de Dios en el sacerdocio tienen que ver más con un trato directo con las personas y un acercamiento más inmediato a Dios a través de la predicación y los sacramentos. Cuando me pidió el obispo que me dedicara a esto, entendí que era una dimensión pastoral importantísima. 

—Se refiere al estudio, la docencia o la investigación como una dimensión pastoral… ¿Somos conscientes de ello?
—Es siempre menos evidente que el trabajo en una parroquia, pero de lo que trata es de ayudar en la dimensión intelectual a los futuros sacerdotes, miembros de la vida consagrada o laicos que quieren desempeñar su misión en el mundo. Si se explica, se ve fácil. Es más difícil ver la dimensión pastoral de la investigación. Pero si uno está un poco atento, se da cuenta de que hay muchos desafíos en la Iglesia que necesitan una respuesta en el campo de lo intelectual. 

—¿No cree que la formación intelectual ha pedido relevancia?
—Para entender la situación de la Iglesia respecto a la formación intelectual, me ayudan dos cosas. En primer lugar, la toma de conciencia de escasez vocacional y, por tanto, de tener que establecer prioridades en el modo de afrontar los desafíos. Y esto afecta a instituciones como la universidad. Y la segunda, la permanente necesidad que tiene la Iglesia de contar con lo intelectual y huir de un intelectualismo que separe la reflexión de la vida real. Esto explica la situación actual. Si uno lee documentos como el de la formación sacerdotal o la Veritatis gaudium no encuentra elementos para decir que lo intelectual esté desatendido. Hay un deseo de que lo intelectual sirva a la realidad.

—¿Cuál es la salud de la Universidad Eclesiástica San Dámaso?
—Contamos con un número de alumnos muy notable teniendo en cuenta nuestra oferta. Esto indica una confianza mantenida en el tiempo de muchas instituciones formativas. Me parece que la confianza que diócesis o congregaciones religiosas depositan en nosotros para la formación es quizá el mayor síntoma de buena salud. En segundo lugar, el claustro de profesores está muy comprometido. Y, por último, tenemos un potencial en el servicio a la Iglesia muy grande, porque la dimensión intelectual puede traducirse en niveles muy distintos y eso nos va a permitir llegar a otras capas de la vida de la Iglesia en las que todavía no estamos muy presentes. En cuanto a los desafíos, destacaría que tenemos que empezar a pensar en la siguiente generación de profesores. Nuestro cuerpo docente es razonablemente joven, pero habrá que plantearse el relevo de los grandes catedráticos. Otro tiene que ver con las infraestructuras. Si queremos servir a la Iglesia como se nos pide y con el potencial que tenemos, necesitamos mejoras.

—Se refería a la formación en distintos niveles. ¿A qué se refiere?
—Una universidad eclesiástica tiene posibilidad de ofrecer formación a un número muy amplio de personas, y no solo a los que quieren hacer grados o titulaciones oficiales. Aquí entran aquellos que quieren profundizar en la fe o agentes de pastoral.

—¿Cómo es su relación con las demás universidades?
—Al estar en Madrid, la riqueza cultural y eclesial es notable. Con las facultades eclesiásticas existe una gran cordialidad, que nos permite, en ocasiones, hacernos presentes en sus actividades de investigación o congresos, y ellos en las nuestras. En algunos casos, compartimos profesores. Respecto al mundo universitario general, hemos tenido una relación muy cordial con las universidades católicas o de inspiración cristiana. Probablemente, impulsemos algún tipo de acuerdo más concreto con alguna de ellas y con el mundo universitario madrileño. 

—¿Llegan a una universidad eclesiástica alumnos que no están vinculados a la Iglesia?
—Sí. Y tengo que decir que la experiencia es muy positiva tanto para ellos como para el conjunto de la comunidad académica. Te obliga a confrontarte y es, además, por decirlo de una manera poco precisa, una oportunidad para hablar con gente menos convencida. Digo que es poco precisa, porque la gente que viene a estudiar aquí, aunque tenga fe, tiene sentido crítico.

—¿Cómo le gustaría ver la universidad en unos años?
—Habiendo iniciado ese relevo generacional, con profesores estudiando en universidades extranjeras y habiendo encontrado recursos económicos para que la archidiócesis de Madrid pueda invertir el dinero que pone aquí en otras necesidades. Y seguir progresando en la calidad de la enseñanza.

—Citaba también el relevo generacional. ¿Hay más laicos?
—En todas las facultades tenemos profesores laicos, varones y mujeres, con una competencia excepcional y que enriquecen nuestro claustro. La cuestión es cómo dar las condiciones para que un laico, que tiene otro tipo de obligaciones, pueda desarrollar su vida con la retribución económica que dan las universidades eclesiásticas. 

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