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«No existen vidas descartables»: los obispos piden que el menor migrante deje de ser «un problema que gestionar»

La Subcomisión Episcopal para las Migraciones difunde su mensaje para la 112ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, que se celebra el domingo 27 de septiembre bajo el lema «Incluso uno solo de estos pequeños»

Los obispos de la Subcomisión Episcopal para las Migraciones y Movilidad Humana han difundido su mensaje para la 112ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, que la Iglesia celebra el domingo 27 de septiembre con el lema «Incluso uno solo de estos pequeños», inspirado en en pasaje de Mateo. El texto llega junto al mensaje del papa León XIV y el resto de materiales de la campaña.

El punto de partida es un cambio de enfoque. «En un tiempo en el que los flujos migratorios se analizan con frecuencia desde cifras, porcentajes o discursos políticos, esta expresión nos obliga a detenernos», escriben los obispos, que invitan a «mirar más allá de las estadísticas y a reconocer el valor único e irrepetible de cada niño, niña o adolescente migrante». El lema, sostienen, «rompe con la lógica dominante de lo cuantitativo», la de «cuántos llegan, cuántos se quedan, cuántos suponen un coste o un beneficio».

De la magnitud al rostro

Frente a ese criterio, el mensaje recuerda con la encíclica Magnifica Humanitas que la dignidad humana «pertenece a todo ser humano simplemente por el hecho de existir (…). No se adquiere, no debe ganarse ni necesita ser demostrada» (MH 52-53). Y añade: «Una sola vida tiene un valor infinito. Un solo niño migrante, con su historia, sus miedos, sus esperanzas y sus heridas, merece toda la atención, toda la protección y todo el respeto».

Cuando se reconoce al menor «como alguien único, con sueños y capacidades», este «deja de ser un problema que gestionar para convertirse en una persona que acoger y con la que encontrarse». Los obispos enlazan aquí con las palabras del Papa en el muelle de Arguineguín, durante su viaje a Canarias de junio: la conversión de la mirada empieza «cuando el migrante deja de ser «uno más», deja de ser una categoría y una cifra». El paso, advierten, «no es solo emocional, sino también profundamente ético».

Tres preguntas

Se describe una vulneración que se califica de estructural —viajes peligrosos, redes de trata, barreras legales y sociales, sistemas de acogida saturados «sin el acompañamiento adecuado»— para concluir que «la infancia se convierte en el grupo más vulnerable de los migrantes». De ahí la llamada a «dar un paso más allá de la simple compasión» y traducirla «en acciones concretas, en políticas justas, en estructuras que protejan y promuevan el desarrollo integral de cada menor», en el ámbito personal, el comunitario y el institucional.

El mensaje interpela también a la Iglesia: qué lugar ocupan los más vulnerables «en nuestras prioridades pastorales, en las decisiones políticas y económicas» y «qué tipo de mundo estamos construyendo si permitimos que niños y niñas crezcan en condiciones de inseguridad y exclusión». «La verdadera justicia no se mide por el bienestar de la mayoría, sino por la forma en que se trata a quienes están en los márgenes. Los menores migrantes son un espejo que refleja nuestras incoherencias, pero también nuestras posibilidades», responden ante la pregunta.

El texto se cierra con una palabra de aliento a quienes trabajan en acogida, acompañamiento e integración: «Gracias y mucho ánimo. No os canséis de ayudar, de acoger, de cuidar y de proteger».

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