El cineasta reivindica en su nueva película la «locura trascendental» de quienes abrieron camino en la protección de víctimas de trata, un conflicto que 141 años después sigue exigiendo respuestas y visibilidad en nuestra sociedad
Este viernes 13 de marzo llega a las salas de cine Las locas del obelisco, la nueva apuesta del cineasta Pablo Moreno. El director regresa a la gran pantalla para rescatar la historia de María Ana Allsopp y el Padre Méndez en el Madrid de finales del siglo XIX. Un relato sobre la fundación de las Hermanas Trinitarias que profundiza en la lucha contra la explotación de la mujer.
Hablamos con Moreno sobre este estreno, la vigencia social de su mensaje y el fenómeno de un cine católico que, lejos de ser un nicho, vive hoy un resurgir imparable en la taquilla global.
—El título de la película es algo descolocante, ¿por qué decidieron llamarla así?
—Queríamos un título provocador y que sacudiese un poco a la persona que ve la película y que fuese también transgresor. Realmente era el insulto con el que las llamaban a ellas a finales del siglo XIX: las locas del Obelisco. No es que fuese algo superoriginal, porque ellas estaban en la calle del Obelisco y decían que eran unas locas porque tenían la puerta de la casa abierta 24/7, como diríamos hoy, y acogían a prostitutas, a mujeres víctimas de trata, abusos y violencia, chicas difíciles, gente de la calle o que salía de la cárcel.
Entonces, a ojos de la sociedad, la labor de estas mujeres era una absoluta locura. Pero su locura, que es lo que a nosotros nos interesa por el título, es una locura distinta: es una locura trascendental, es la locura de Cristo. Nos pareció que el nombre podría ser interesante, sobre todo porque dejaba a la gente descolocada.
—La película aborda un problema que sigue teniendo mucho peso en nuestra sociedad actual, ¿qué tiene que decirnos a nosotros a día de hoy?
—Pues, por desgracia, mucho. Porque, como bien dices, es un problema que se sigue dando hoy, no solo en España o en Europa, sino a nivel mundial, en todos los continentes. Es lo que dicen, el oficio más antiguo del mundo, y muchas veces en situaciones de privación de libertad.
Nosotros contamos la historia de cómo comenzó esta historia hace 141 años, pero por desgracia hoy están extendidas en los cinco continentes, porque su labor sigue siendo necesaria.
—En la película, todos los personajes tienen sus luces y sus sombras, incluso los que podríamos considerar los «malos». ¿Cómo ha sido tratar de representar tanta variedad?
—No queríamos hacer una película maniquea, donde los malos son malísimos y los buenos son buenísimos. Queríamos hacer una película lo más honesta posible y que estuviese atravesada por la humanidad.
Es verdad que el personaje antagonista, la madame, en el fondo piensa que está ayudando a las chicas: «Yo les doy un trabajo, ellas tienen que pagar un precio, evidentemente, que es la prostitución, pero yo les doy un techo, les doy sustento, las cuido…».
Queríamos que fuese una película poliédrica, que tuviera muchos lados, muchas caras, y que los personajes fuesen lo más profundos posible.
—¿Cómo ha sido trabajar con las trinitarias?
—Ellas han formado parte de todo el proceso desde el minuto uno. Nosotros, como empresa, trabajamos con las congregaciones desde la idea hasta la postproducción. Es decir, que ellas formen parte de todos los eslabones de la cadena y que puedan ver y conocer cómo se hace una película.
Su implicación ha sido absoluta. Primero, porque nos han dado mucha libertad, y nosotros hemos contado con ellas para todo lo que ha tenido que ver con la documentación y con todo lo que habla de su carisma. Yo les hacía una pregunta constantemente: «¿Vosotras os veis representadas en la película?». «Sí, nos vemos reflejadas». «Pues entonces vamos bien».
Algunas de ellas incluso han salido representando a las primeras trinitarias. Se han puesto el hábito de actriz y han salido a escena a compartir también con todos los actores. Eso produce una relación muy bonita en el equipo técnico y artístico, porque mucha gente que llega a un rodaje no tiene ni idea de lo eclesiástico, de la Iglesia. En ese sentido, a nosotros nos gusta compartir y que la gente de los equipos vea que estas mujeres son personas normales, como cualquier otra, pero que hacen algo absolutamente extraordinario y que han optado por una vida de entrega absoluta.
—Su filmografía está llena de santos o grandes figuras de la Iglesia. ¿Por qué decide apostar por esas historias en vez de por otras que podrían ser más comerciales?
—Yo creo que es algo vocacional. Hace más de 20 años, viendo una película sobre Teresa de Calcuta, sentí algo curioso en el momento en el que ella siente su vocación en una estación rodeada de pobres, de gente de la calle. Me conmovió profundamente.
Yo estaba estudiando cine y entendí que quería hacer algo que ayudase a otras personas a encontrar también su vocación. Desde entonces hemos tenido siempre una sensibilidad especial a la hora de hacer este tipo de historias. Y luego también ha habido una parte de casualidad. Hacemos una película, funciona, y te llaman congregaciones o grupos religiosos que quieren ver a sus fundadores o su carisma en pantalla.
—¿Cuál es el principal reto a la hora de contar esas historias?
—Bueno, lo primero es no caer en las hagiografías. No podemos hacer cine hagiográfico, eso no funciona. Además de no funcionar, es falso en algunos aspectos y no ayuda. Hay que contar las historias con verdad y con honestidad, hablando de las bondades y las miserias de cada uno, porque todos tenemos un mal día, todos tenemos defectos y virtudes, y eso nos confiere el estatus de ser humanos.
Lo que queremos es contar la vida de santos y santas que, antes de serlo, eran personas con las que nos podemos identificar. Hace unos años, con el auge del cine de superhéroes, hablábamos de que la gente veía ese tipo de cine porque en el fondo buscaba una referencia de alguien que cambiase el mundo desde la perspectiva del bien.
Realmente, los santos son esas referencias. Contar historias de tantísimos hombres y mujeres que han hecho cosas extraordinarias por el mundo y por la Iglesia es, de alguna manera, ofrecer a la sociedad un referente más. Es sumar, construir un poquito más de civilización.
—¿Cree que el resurgir del cine católico es algo real o simplemente una moda pasajera?
—No me gusta hablar de esto en términos de moda, porque si hablamos de moda, lo estamos condenando a que desaparezca en breve. Sí que me gustaría creer que hay algo, que hay algún brote verde creciendo en algún lugar. Es verdad que hay una mayor sensibilidad y una mayor apertura.
Si consiguiésemos que personas creyentes y no creyentes pudieran dialogar y razonar, que el creyente pudiera sacarse la cruz por fuera y hablar de su fe sin miedo al ostracismo y al rechazo, con eso ya habríamos ganado mucho. Sería algo extraordinario.
—El otro día tuvieron un breve encuentro con el papa León XIV, ¿qué les dijo?
—Pues la verdad que el Papa dijo poco, porque nosotros no lo dejamos hablar. Enseguida nos pusimos a presentar y no le dejamos casi intervenir ni aportar, pobre hombre. Pero fue muy emocionante. Le entregamos la primera copia de la película y para nosotros fue también un momento simbólico, porque entregar la película al papa en Roma, que es el corazón de nuestra cristiandad, de alguna manera es el inicio de otro camino.
Ya nos desprendemos de la película como el padre o la madre que despide al hijo que se va de casa. Y ahora ya no es nuestra. Con ese pequeño gesto, la peli ya es de la gente que vaya a verla. Las películas tienen una vida muy larga, probablemente superará nuestras vidas y estará por ahí, en algún lugar, mucho tiempo después.
Entonces hay una responsabilidad grande, pero también hay una gran ilusión, y estamos muy contentos y agradecidos.








