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El Papa denuncia en la cumbre del G7 que la inteligencia artificial pone en riesgo «la misma dignidad humana»

Francisco advierte ante los líderes del mundo sobre la conexión emocional con las máquinas, exige la prohibición de las «armas autónomas letales» y pide llevar la ética a los algoritmos

El papa Francisco ha reivindicado la «sana política» ante los líderes mundiales en la Cumbre del G7, cuya segunda jornada se celebra hoy en Italia. «¿Puede haber un camino eficaz hacia la fraternidad universal y la paz social sin una sana política? Nuestra respuesta es: ¡no! ¡La política sirve!», ha proclamado, tras reconocer que «para muchos la política hoy es una mala palabra, y no se puede ignorar que detrás de este están a menudo los errores, la corrupción, la ineficiencia de algunos políticos». Por todo ello, en un foro que concentra un enorme poder planetario, el Santo Padre ha querido subrayar que «ante tantas formas mezquinas e inmediatistas de la política, la grandeza política se muestra cuando, en momentos difíciles, se obra por grandes principios y pensando en el bien común a largo plazo».

El discurso del Pontífice ha girado, antes de pasar a las reivindicaciones políticas, en torno a la inteligencia artificial, que ha calificado de «instrumento fascinante y tremendo al mismo tiempo». Esta tecnología, que parte «del uso del potencial creativo que Dios nos ha dado», por una parte «entusiasma por las posibilidades que ofrece», mientras que, por otra, «provoca temor ante las consecuencias que podrían llegar a producirse». En este sentido, y como instrumento que es —ha proseguido el Santo Padre—, «los beneficios o los daños que esta conlleve dependerán de su uso», pues así ha sido «con cada herramienta construida por el ser humano desde el principio de los tiempos».

En opinión del sucesor de Pedro, «vivimos una condición de ulterioridad respecto a nuestro ser biológico», es decir, «somos seres inclinados hacia el fuera-de-nosotros, radicalmente abiertos al más allá», y «la tecnología es así la huella de nuestra ulterioridad». Siguiendo este razonamiento, «solamente si se garantiza su vocación al servicio de lo humano, los instrumentos tecnológicos revelarán no solo la grandeza y la dignidad única del ser humano, sino también el mandato que este último ha recibido de “cultivar y cuidar” el planeta y todos sus habitantes». Por tanto, «hablar de tecnología es hablar de lo que significa ser humanos y de nuestra condición única entre libertad y responsabilidad, es decir, significa hablar de ética».

En consonancia con lo anterior, el Papa ha mostrado su preocupación por una inteligencia artificial que podría llegar a elegir opciones independientemente del ser humano «por medio de algoritmos». «El ser humano, en cambio, no solo elige, sino que su corazón es capaz de decidir», ha afirmado. Si hiciéramos depender a las personas de las elecciones de las máquinas, «condenaríamos a la humanidad a un futuro sin esperanza», motivo por el que es esencial «garantizar y proteger un espacio de control significativo del ser humano sobre el proceso de elección», ya que «está en juego la misma dignidad humana».

Llegados a este punto, Francisco ha urgido a los líderes mundiales a prohibir el uso de las llamadas «armas autónomas letales», pues —ha denunciado— «ninguna máquina debería elegir jamás poner fin a la vida de un ser humano».

El Santo Padre también ha querido advertir sobre la capacidad de la inteligencia artificial para «interactuar directamente con los seres humanos, sosteniendo conversaciones y estableciendo relaciones de cercanía con ellos, con frecuencia muy agradables y tranquilizadoras, en cuanto tales programas están diseñados para aprender a responder, de forma personalizada, a las necesidades físicas y psicológicas de los seres humanos». Sería, en su opinión, un gran error otorgarles esta capacidad de establecer principios generales, porque esta relación con las máquinas puede partir «de la profunda necesidad de los seres humanos de encontrar una forma estable de compañía, o bien de un presupuesto subconsciente».

Francisco se ha mostrado especialmente preocupado por la aceleración y el desarrollo de algoritmos «que no operan con circuitos binarios», sino «según las leyes, bastante articuladas, de la física cuántica», si bien ha manifestado que la respuesta de las máquinas será siempre estadística. «No desarrolla conceptos o análisis nuevos. Repite lo que encuentra, dándole una forma atractiva. Y cuanto más repetida encuentra una noción o una hipótesis, más la considera legítima y válida. Más que “generativa”, se la podría llamar “reforzadora”, en el sentido de que reordena los contenidos existentes, contribuyendo a consolidarlos, muchas veces sin controlar si tienen errores o prejuicios». De este modo, «no solo se corre el riesgo de legitimar la difusión de noticias falsas y robustecer la ventaja de una cultura dominante, sino de minar también el proceso educativo en ciernes. La educación, que debería dar a los estudiantes la posibilidad de una reflexión auténtica, corre el riesgo de reducirse a una repetición de nociones, que se considerarán cada vez más incontestables, simplemente a causa de ser continuamente presentadas.

Por último, ha querido denunciar la «pérdida o al menos el oscurecimiento del sentido de lo humano y una aparente insignificancia del concepto de dignidad humana». En una era que cuestiona al ser humano y su actuar, «no debemos olvidar que ninguna innovación es neutral» para que todos estos instrumentos estén «siempre ordenados al bien de todo ser humano». Deben contener «una inspiración ética», una moderación de los algoritmos y de los programas de inteligencia que el Sumo Pontífice viene reivindicando desde hace cuatro años bajo el concepto de «algorética», y que hoy también ha querido poner sobre la mesa.

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