El Papa advirtió ante la superficialidad, el individualismo o la falta de escucha, diálogo o reflexión
Una semana después de su elección, León XIV ya está inmerso en el trabajo ordinario de la Iglesia. Este jueves ha realizado su primer nombramiento episcopal, un nuevo auxiliar para la diócesis de Callao (Perú), y ha mantenido varias audiencias, entre ellas, con los Hermanos de las Escuelas Cristianas, que celebran el tercer centenario de la bula con que se aprobó el instituto y el 75.º aniversario de la proclamación de San Juan Bautista de La Salle como «patrono celestial de todos los educadores».
«Después de tres siglos, es agradable comprobar cómo vuestra presencia sigue aportando la frescura de una realidad educativa rica y vasta, con la que todavía, en diversas partes del mundo, os dedicáis a la formación de los jóvenes con entusiasmo, fidelidad y espíritu de sacrificio», dijo en primer lugar.
Dicho esto, el Pontífice recalcó dos aspectos de la propuesta lasaliana: la atención a la actualidad y la dimensión ministerial y misionera de la enseñanza en la comunidad.
En primer lugar, señaló que los jóvenes del tiempo actual, aunque tienen cosas maravillosas, necesitan ayuda para crecer en armonía. Citó el ejemplo del propio La Salle al cambiar el latín por el francés, porque el primero era una barrera de comunicación insalvable para muchos. Hoy, los obstáculos son otros: «La superficialidad, el individualismo y la inestabilidad emocional; la difusión de modelos de pensamiento debilitados por el relativismo; la prevalencia de ritmos y estilos de vida en los que no hay suficiente espacio para la escucha, la reflexión y el diálogo, en la escuela, en la familia, a veces entre los propios compañeros, con la consiguiente soledad».
Y agregó: «Son retos exigentes, pero también nosotros, como san Juan Bautista de La Salle, podemos hacer de ellos trampolines para explorar caminos, idear herramientas y adoptar nuevos lenguajes, con los que seguir tocando el corazón de los alumnos, ayudándoles y espoleándoles a afrontar con valentía cada obstáculo, para dar lo mejor de sí mismos en la vida, según los designios de Dios».
El segundo aspecto sobre el que reflexionó el Pontífice fue la enseñanza vivida como ministerio y misión. «Así, el carisma de la escuela, además de un servicio a la sociedad y una preciosa obra de caridad, aparece todavía hoy como una de las explicaciones más bellas y elocuentes de ese munus sacerdotal, profético y real que todos hemos recibido en el Bautismo, como subrayan los documentos del Concilio Vaticano II».
Tras reconocer que los religiosos hacen visible «el ministerio bautismal que impulsa a todos», deseó que crezcan las vocaciones a la consagración religiosa lasaliana, «que sean alentadas y promovidas, en vuestros colegios y fuera de ellos, y que, en sinergia con todos los demás componentes de la formación, contribuyan a suscitar entre los jóvenes que acuden a ellos gozosos y fecundos itinerarios de santidad».








