El Papa agustino supone riqueza para la Iglesia y una enorme alegría para la Orden, sino también una invitación a todos a conocer la figura de san Agustín y profundizar en su doctrina
«Soy un hijo de san Agustín, un agustino». Así se presentó el papa León XIV desde el balcón central de la basílica vaticana. Y, unos días después, durante la visita a la comunidad de la Curia General Agustiniana, expresó el mismo pensamiento con unas conmovedoras palabras: «Tendré que renunciar a muchas cosas, pero no renunciaré jamás a ser agustino». Para comprender el pensamiento de León XIV es imprescindible considerar su realidad personal, la del cristiano que responde a la llamada del Señor Jesús a seguirle desde el carisma agustiniano, en el que se ha formado y vive. Aquí encontramos una clave indispensable para comprender sus acciones, opciones y decisiones.
La Orden de San Agustín, fundada en 1244 dentro de las denominadas órdenes mendicantes, recoge la herencia espiritual del santo obispo de Hipona y su doctrina de vida consagrada. San Agustín es el padre de la Orden. Yo siempre he admirado al Agustín teólogo, al pensador agudo, al autor creativo y profundo. Pero creo que, además, debemos recuperar al fascinante ser humano que se interroga, busca, lucha y siente. Al que refleja nuestra misma inquietud, nuestras dudas, sentimientos, anhelos y entusiasmos. «¿Qué es mi corazón, sino un corazón humano?» (Sobre la Trinidad, IV,1,1). Entonces encontraremos al compañero de camino, al guía seguro; nos sentiremos comprendidos y ayudados en la aventura siempre seductora pero no fácil de ser cristianos en un tiempo y un contexto concretos y determinados.
La figura del papa agustino nos llama a retomar la lectura y el conocimiento de los Padres de la Iglesia, a lo que nos han invitado insistentemente autores diversos, desde John Henry Newman a Joseph Ratzinger. Y a volver particularmente a san Agustín (354-430). Él nos ayuda a encontrar a Cristo, a experimentar al Resucitado, para vivir la comunión de amor en su Iglesia, con la que forma esa unidad que Agustín denomina «Cristo Total», cabeza y miembros. Asimismo, nos estimula a que acometamos la imprescindible tarea de leer con acierto los signos de nuestro tiempo para ser Cristo en medio del mundo de hoy.
La Orden de San Agustín asume la herencia espiritual del obispo de Hipona, con quien se identifica, pero desde su propia realidad dentro de las órdenes mendicantes creadas en la Baja Edad Media. Esto se advierte, sobre todo, en las estructuras y en el estilo de gobierno, claramente sinodales. Por ejemplo, a diferencia de las órdenes monásticas, las casas de los mendicantes no se llaman, en principio, monasterios, sino conventos (del latín convernire, reunirse); los miembros de la orden no se denominan don (dominus, señor) sino fray (frater, hermano) la autoridad no es un abad (abbas, padre) vitalicio, sino un prior, primero entre los iguales, con un mandato siempre temporal; la estructura suprema de gobierno la constituyen los capítulos (locales, provinciales y generales), que se celebran periódicamente con la participación directa o indirecta de los frailes; no se profesa para un lugar determinado (estabilidad), sino para toda la orden (disponibilidad e itinerancia).
Cuatro pilares de la espiritualidad agustiniana
Teniendo en cuenta todo esto, podemos decir que la espiritualidad agustiniana se asienta sobre cuatro pilares: comunidad, interioridad, inserción en el mundo, eclesialidad. El primero es la comunidad. Hemos visto la insistencia del papa León XIV sobre la comunión en la Iglesia. Efectivamente, la comunidad agustiniana no se entiende solo como vivir bajo el mismo techo o compartir ocupaciones y tareas, sino en un sentido pleno: tener una sola alma y un solo corazón orientados a Dios (cf. Regla 1,3). La vida comunitaria resulta esencial para el agustino, las relaciones fraternas, la amistad en sentido fuerte. Y desde ella adquiere valor el apostolado, no al revés. Evangelizamos desde lo que somos. Podemos entender así la realidad de la Iglesia como comunión en Cristo y con los hermanos y hermanas. Y la bella imagen que la presenta como familia de Dios (cf. Ef 2,19) fundamentada en el amor (otra insistencia del papa Prevost), que integra la variedad como riqueza.
El segundo pilar es la interioridad. Tanto la comunidad como el apostolado solo son posibles desde la experiencia de Cristo. Por eso, la espiritualidad agustiniana tiene un fuerte componente contemplativo y cristocéntrico. La oración, la lectura de la Sagrada Escritura, la participación eucarística, son referencias fundamentales. Pero todo brota de la relación con el Resucitado, del conocimiento experiencial de Cristo, que no es una idea, norma o recuerdo, sino una persona viva. Creo importante resaltar aquí el testimonio y la imprescindible ayuda que constituyen para la Orden las hermanas de vida contemplativa.
El tercero es la inserción en el mundo. Pero no de cualquier forma. Frente al concepto negativo del «mundo» como lo que se opone a Cristo y que, por tanto, provoca la huida hacia lugares solitarios, para nosotros el concepto es positivo: «mundo» como ámbito del amor de Dios (cf. Jn 3,16). Los agustinos vamos a las ciudades para evangelizarlas, no nos retiramos de ellas. Pero sin dejarnos atrapar por sus contravalores. Por eso vivimos la pobreza como posibilidad y cauce de libertad: los bienes deben orientarse al apostolado. También nos lleva a la lucha por la paz y la justicia, como hemos escuchado al papa León XIV repetidamente en sus intervenciones.
El cuarto pilar es la eclesialidad, el estar disponibles a las necesidades de la Iglesia. La Orden de San Agustín no se caracteriza por un apostolado concreto, sino que responde a lo que la Iglesia necesite de ella.
Los apostolados son muy variados, asumiendo el reto de situarnos en vanguardia y abrir caminos. Cabe destacar el apostolado intelectual del que la Orden ha dado muchas muestras a lo largo de su historia. Robert Prevost es buen ejemplo de total disponibilidad a lo que el Señor ha querido de él y a lo que la Iglesia ha necesitado.
En conclusión, el Papa agustino supone no solo una riqueza para la Iglesia y una enorme alegría para la Orden, sino también una invitación a todos a conocer la figura de san Agustín y profundizar en su doctrina. Y a los agustinos nos exige vivir con radicalidad nuestro carisma y testimoniarlo con alegría.








