Jesús resucitado se presenta a los discípulos con este saludo, siempre el mismo. La paz es un don precioso, una paz activa, desarmada y desarmante, como suele decir el papa León XIV.
La paz estos días está en riesgo; de hecho, siempre está ahí. La humanidad, desde su humanidad, no ha vivido ningún momento sin un conflicto armado; unos suceden a los anteriores, unas causas a otras y detrás de todo siempre está la ambición por controlar territorios, pueblos y recursos naturales o económicos. En plena guerra fría, el papa san Juan XXIII escribía: «La paz en la tierra, suprema aspiración de toda la humanidad a través de la historia, es indudable que no puede establecerse ni consolidarse si no se respeta fielmente el orden establecido por Dios». ( Pacem in terris, 1). Y el orden establecido por Dios se fundamenta en el mandamiento del amor: a Dios ya los demás.
Eran tiempos de la llamada guerra fría entre este y oeste, con una Europa dividida y mucho dolor en el corazón de la humanidad, después de la segunda guerra mundial, que fue el conflicto bélico más sangriento de nuestra historia. Pero los bloques desaparecieron con la caída del muro de Berlín en 1989, un hito en el que san Juan Pablo II tuvo un papel no menor. Entonces, en un viaje a México, él mismo nos alertaba diciendo: «Los acontecimientos de la historia reciente han sido interpretados, a veces de modo superficial, como el triunfo o el fracaso de un sistema sobre otro; en definitiva, como el triunfo del sistema capitalista liberal. Como si determinados intereses quisieran llevar el análisis al extremo de presentar el sistema que consideran vencedor como el único camino para nuestro mundo, basándose en la experiencia de los reveses que ha sufrido el socialismo real, y rehuyendo el juicio crítico necesario sobre los efectos que el capitalismo liberal ha producido, al menos hasta el presente, en los países llamados del Tercer Mundo. (9 de mayo de 1990).
La guerra no es un fenómeno nuevo, pero su irreductible presencia no debe llevarnos a un pesimismo estéril; es necesario trabajar por la paz, en todo momento, desde la base hasta los centros de poder que tienen en sus manos una parte no pequeña de la responsabilidad de los conflictos.
Cristo resucitado, con su saludo -«Paz a vosotros»- nos marca el camino. Sin Cristo, la paz es difícil de alcanzar; si leemos el Evangelio, la paz se convierte en un elemento fundamental del Reino que estamos llamados a anunciar. Nos lo decía el pasado Domingo de Ramos el papa León XIV: «Cristo, Rey de la paz, sigue clamando desde su cruz: ¡Dios es amor! ¡Tenga piedad! ¡Deponga las armas, recuerde que sois hermanos!»
Oremos pues con intensidad, sin desfallecer y con esperanza para que la paz que Cristo nos desea se haga realidad.







