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Perspectivas de futuro para la educación católica

La perspectiva

Hay inquietudes en el ámbito de la educación católica que podríamos calificar de instrumentales, tales como los peligros que acechan a la libre elección de centro por parte de las familias, la falta de alumnado, la insuficiencia de los conciertos, o la preocupación por la falta de identidad de nuestros educadores. Imaginemos que todas esas cuestiones quedan solucionadas, es decir, tenemos alumnos, encontramos la viabilidad económica e incluso disponemos de educadores comprometidos. Todavía nos falta la cuestión principal: ¿qué propuesta educativa vamos a presentar a nuestra sociedad? De otro modo, dada la situación cultural actual y muy en particular la situación de la educación, ¿dispone la educación católica de recursos educativos potentes y fecundos para hacer presente en nuestra sociedad la educación que nuestro mundo necesita? Me parece muy interesante poner en juego una visión ampliada de eso que llamamos recursos educativos. A menudo, estos quedan reducidos a los recursos materiales, pero, a mi modo de ver, su alcance va mucho más allá. Recursos educativos son, por ejemplo, los niveles vocacionales de los educadores, la fuerza de una profunda y acertada antropología o los valores poderosos que emanan de una utopía educativa. Quizá sean estos los auténticos y verdaderos recursos educativos. Desde este punto de vista, mi respuesta a la pregunta no puede ser más que radicalmente afirmativa: creo sinceramente que la educación católica posee recursos educativos inmejorables para responder a los retos culturales y educativos que se nos plantean en este ya más que avanzado siglo XXI siempre y cuando sea capaz de recuperar la profunda conexión con su fuente y con lo mejor de su tradición. Esta es la perspectiva en la que me sitúo. La educación católica será protagonista del futuro solo si es realmente significativa, es decir, si desde sus propios recursos educativos da mejor y más fecunda respuesta a los profundos retos que tenemos planteados. 

Las fuentes de los recursos educativos de la educación católica

Es bueno recordar que la relación de la fe cristiana con la educación data de los mismos orígenes del cristianismo. Ya Clemente de Alejandría aplicó a Jesucristo el adjetivo de pedagogo, aunque es cierto que es a partir del siglo XVI cuando surgen muchas y variadas iniciativas de compromiso educativo por parte de instituciones de Iglesia. Desgraciadamente, muchos creen que los cristianos estamos en educación por alguna suerte de privilegio y no es así, quizá también porque nosotros mismos ignoramos nuestros orígenes y nuestra historia como educación católica. 

En los orígenes de todas estas iniciativas que se han ido dando en los últimos siglos encontramos el mismo modelo: la educación católica, en sus diferentes tradiciones, nació de una persona o de un grupo de personas que, desde la experiencia de discípulo del maestro, llegaron a la misión de ser a su vez ellos maestros, urgidos por las necesidades y carencias del presente que vivían. Así pues, nuestra primera fuente de recursos educativos es, sin duda, la fe. En primer lugar, porque moldea la motivación y el ser de nuestra realidad de educadores católicos, aportando alimento a la vocación y, sobre todo, modelos de relación educativa inspirados tanto en la propia pedagogía divina como en el incomparable maestro que fue Jesús e incluso en el modo de presencia que cultivó María, su madre. Pero también, porque es la fe la que nos aporta una forma plena de mirar a la persona y al mundo, una auténtica cosmovisión absolutamente humanizadora. He aquí dos recursos educativos de primer orden que la educación católica recibe de sus orígenes: relación y sentido. No hay mejor horizonte educativo.

Pero el momento fundacional también nos muestra otro elemento muy a menudo pasado por alto: una lectura misericordiosa del presente. Nuestros fundadores no se limitaron a criticar su presente, sino que fueron capaces de poner en pie propuestas educativas encaminadas a dar respuesta de manera innovadora a las necesidades profundas de sus contemporáneos, muy en especial a los más necesitados. Por eso podemos hablar de un «esquema fundacional» en tres pasos: desde la experiencia de fe se lleva a cabo una lectura misericordiosa del presente y esa dinámica conduce a la creación de un modelo educativo innovador. Toda una invitación a que nosotros recorramos ese itinerario como el mejor modo de responder al presente y así protagonizar el futuro de la educación.

Además de la mirada al momento fundacional, hay una segunda fuente de recursos educativos en la propia historia de la educación católica. Cada una de las diferentes tradiciones ofrece una inmensidad de posibles recursos educativos. Yo solo quisiera reivindicar la riquísima tradición del magisterio de la Iglesia, tan poco frecuentada desgraciadamente por amplios sectores de la educación católica. Me refiero al magisterio que se abrió con la Gravissimum educationis del Vaticano II y que tuvo su culmen en el magno documento La Escuela Católica de 1977, un documento que se inscribe en la estela de otro de los grandes momentos del magisterio posconciliar, la Evangelii nuntiandi. Todos los documentos posteriores, hasta el muy reciente La identidad de la escuela católica para una cultura del diálogo, no han hecho más que desarrollar y actualizar aquellas profundas intuiciones. De la enorme riqueza de sus aportaciones solo destacaré su definición de escuela «como lugar de formación integral mediante la asimilación sistemática y crítica de la cultura» (nº 26). En esta sencilla frase se resumen los dos grandes criterios de la educación católica. El primero de ellos se refiere a la educación integral, es decir, la consideración de la persona en la totalidad de sus dimensiones, huyendo de dos grandes peligros: por una parte, el reduccionismo a las dimensiones más pragmáticas, silenciando dimensiones más profundas como la espiritual o la ética y, por otra, la educación fragmentada, en la que se educan de manera inconexa realidades personales como la vida afectiva y la dimensión ética o racional sin una visión armónica y jerarquizada de la vida de la persona.

El segundo pilar que se deriva de esta definición viene explicitado en el número 8 del mismo documento: «La escuela es un centro donde se elabora y se transmite una concepción específica del mundo, del hombre y de la historia». En efecto, la escuela es, en primer lugar, una institución cultural donde se «elabora» y se «transmite» cultura. Estamos en el terreno de la puesta en acto del diálogo fe-cultura. Antes lo decíamos: la fe aporta una visión cristiana de la realidad que, lejos de ser materia oscura o del pasado, proporciona un horizonte de comprensión de la experiencia humana en su totalidad. Esta misión de la educación católica no se lleva a cabo al margen de la actividad que le es propia, el ámbito curricular, sino por medio de él. Utilizando frases del magisterio afirmamos que la cultura humana, es decir, aquello que se enseña, debe quedar iluminada por la fe, que su referencia a la concepción cristiana de la realidad debe ser constante en un movimiento en el que la razón entra en diálogo con la fe. En este contexto, tienen cabida determinados procesos pastorales, pero en ningún caso la pastoral es ni la justificación ni la esencia de la educación católica como determinadas orientaciones pueden dar a entender en algunas ocasiones. Llama poderosamente la atención las pocas veces que la expresión pastoral escolar aparece en los documentos del magisterio (véase en particular el documento Dimensión religiosa de la educación en la escuela católica de 1988). Esta segunda fuente de recursos que emanan del magisterio apunta no solamente a la necesaria focalización en el sentido de lo que se enseña, sino también al cómo se enseña, al conocimiento y, por qué no, también a la creación de los saberes pedagógicos y didácticos acordes con la propia evolución del pensamiento educativo. No puedo dejar de citar aquella época de oro de la educación católica en España del periodo de entreguerras que quedó truncada por los avatares de la Segunda República, la Guerra Civil y los años de dictadura. Personajes de la talla de Pedro Poveda o Domingo Lázaro representaron en sus vidas de educadores y en sus iniciativas educativas el espíritu de lo que mucho más tarde el magisterio fijaría a partir del Vaticano II.

Presente y futuro

La historia demuestra constantemente que cualquier pretensión de describir el futuro es vana. Creo más bien que en lugar de intentar descifrar el futuro lo que nos corresponde es, en la medida de lo posible, construirlo. Y la mejor manera que tenemos de hacerlo no es otra que la de responder de la mejor manera al presente. Presentes poderosos, auténticos, bien fundamentados, alejados de esquemas caducos, bien anclados en el espíritu fundacional y en lo mejor de la tradición son el mejor modo de construir el futuro. No hay futuro para el que no es capaz de poner en pie propuestas que, hoy como en todos los tiempos, sean capaces de resonar en las necesidades más profundas de nuestros contemporáneos. Pero para eso hay que situarse en una escucha intensa y libre de prejuicios de los gozos y las esperanzas de nuestro mundo, alejados de cualquier actitud condenatoria. Suelo repetir que lo que nos paraliza no es la ausencia de futuro, sino el miedo a los desafíos.

Desde esta perspectiva comparto algunas líneas para una presencia renovada de la educación católica en el presente. La primera, sin duda, abandonar la excitación de las modas innovadoras y acudir a nuestros propios recursos para encontrar en ellos las fuentes de una escuela nueva. No hay nada más innovador y revolucionario que concretar nuestro ideal de educación integral en una escuela que gira en torno a las dimensiones básicas de la persona. Ya no se dan clases de lenguas, se regalan palabras para mejor decir y decirse, ya no hay clase de plástica, se admira la propia creación y la creación de toda la humanidad. He comprobado que una mirada radical desde la educación integral construye una escuela distinta. 

La segunda tiene que ver con la centralidad de la relación y el desarrollo de la autonomía de los alumnos. Afirmo, bajo el riesgo de ser incomprendido, que el centro de la escuela no es el alumno, sino la relación educativa, auténtico corazón de la educación. El lugar donde se encuentran en libertad y en reciprocidad el maestro, ojalá recuperemos esta visión, y el discípulo. Y en ese encuentro nace el nuevo camino que el discípulo debe recorrer de manera autónoma. 

Y en tercer lugar, una escuela menos pragmática y más profética. Y por profética distinta a lo que todo el mundo hace en una pugna de «ofertas» una calcada de la otra. Frente a ofertas, propuestas de itinerarios educativos alternativos que no dejan de responder a la demanda rápida y vacía de más idiomas o más tecnología, sino que las engloba en un horizonte de mayor plenitud personal. 

No encuentro en nuestro entorno iniciativas educativas que dispongan de tantos y tan profundos recursos educativos como tiene la educación católica. 

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