En las últimas semanas, la piedad popular ha sido objeto de reflexión en el Encuentro de Cofradías de Medina del Campo y en las jornadas de delegados de Piedad Popular, Hermandades y Cofradías, Santuarios y Peregrinaciones en Mérida. La piedad popular tiene una actualidad para la Iglesia como generadora de fe y cultura.
Nuestra sociedad está secularizada, muchos viven sin tener en cuenta a Dios o indiferentes. El hombre busca, pero no encuentra. Dios ha desaparecido de su horizonte y se ha quedado solo. Ya san Pablo VI denunciaba el secularismo de la sociedad, como un deseo de «vaciar los proyectos humanos de cualquier búsqueda de Dios», y san Juan Pablo II usó el término «apostasía silenciosa». Benedicto XVI hablaba de «indiferencia religiosa» y de «analfabetismo religioso». El papa Francisco utiliza el término «prescindencia», esto es, Dios es un concepto del que se puede prescindir. Es la extensión de un ateísmo no militante, sino práctico, un modo de vivir e intentar ser feliz como si Dios no existiera. El hombre que vive en este ambiente está falto de encontrar esperanza, orientación vital, sentido a su vida o sanar sus heridas. Muchos se acercan a la piedad popular buscando calmar su sed y encontrar luz.
En este ambiente, de manera sorprendente, las cofradías, los santuarios y las peregrinaciones viven un momento de esplendor. Tras la pandemia se ha experimentado un gran impulso. Muestra de esto es el crecimiento del número de cofrades que participan, celebraciones extraordinarias, procesiones magnas, coronaciones y otros actos singulares. A los santuarios acuden peregrinos deseosos de ser escuchados, perdonados, alentados o simplemente con el deseo de abrir su corazón de fe ante una imagen de Cristo, de la Virgen, de un santo o de una reliquia. Estas realidades no dejan indiferente a la Iglesia. Estos hechos abren a interrogantes. Se están convirtiendo en lugares de encuentro con el Señor, de paz, de reconciliación, de fraternidad. Y son una llamada a evangelizar.
Además, junto a ese espacio evangelizador, la piedad popular tiene que ser una forma de inculturizar la fe en un pueblo, en una sociedad concreta. La fe precisa entrar en diálogo con cada cultura. Sin inculturación no hay evangelización, como nos enseña el magisterio de los últimos Papas. La cultura se entiende como un sistema integrado de creencias, valores, costumbres e instituciones que dan identidad, seguridad y continuidad a una sociedad. La piedad popular es un lugar donde la cultura de la fe se expresa y se hace presente, ayudando y provocando una manera de entender al hombre, a la sociedad, a la vida. La piedad popular en su riqueza ofrece y hace patente la inculturación del Evangelio.
Las hermandades y cofradías, los santuarios y las peregrinaciones han de ser transmisoras de fe. En ellas tiene que haber espacios para el encuentro con Cristo, para la escucha serena del Evangelio, para la acogida, la escucha y el diálogo. Es un marco especial para realizar el primer anuncio y para animar y motivar a realizar la iniciación cristiana. Y es el ambiente propicio para vivir como discípulos de Cristo en relación con la imagen sagrada en torno a la cual se agrupan. La fraternidad ha de expresarse en todo su quehacer. La Iglesia tiene en la piedad popular el caldo de cultivo adecuado para llevar el Evangelio y hacer discípulos misioneros. Teniendo esto presente y sabiendo que esta tarea es un reto, propongo tres claves basadas en el magisterio de Francisco.
Discípulos misioneros
La piedad popular debe hacer discípulos misioneros. «En virtud del Bautismo, cada miembro del pueblo de Dios se ha convertido en discípulo misionero, cada uno de los bautizados es un agente evangelizador» (EG 120). Es una misión de todos. La cofradía, el santuario, la peregrinación deben estar al servicio de la evangelización.
En primer lugar, somos discípulos. «¿Vosotros quién decís que soy yo?», pregunta Jesús a los doce. Cada cristiano tiene que tener claro quién es Jesús para él. El discípulo, en la vivencia de su fe, va descubriendo al Señor, va enamorándose de él, de su persona, de su presencia, de la acción de su Espíritu y decide seguirle, amarle e imitarle en su vivir cotidiano. Vive esta tarea caminando con Jesús, experimentando sus debilidades y descubriendo la fuerza de la gracia.
En segundo lugar, decimos que somos misioneros. Quien ha experimentado el amor de Cristo y se sabe salvado por él, no lo puede callar y lo anuncia sin miedos ni complejos a aquellos con los que entra en contacto, con los que vive. Lo hace con la palabra y el testimonio. Esta dimensión misionera no es para especialistas, es deber y tarea de cada cristiano, de cada cofrade.
La cofradía, el santuario y la peregrinación tienen la misión de ayudar a ser discípulos misioneros a cada uno de cuantos están en sus filas. Pero, ¿cómo? Ayudando al encuentro con Cristo en medio de los actos públicos de la fe, en el ejercicio de la caridad, en la evangelización que deberá llevar a cabo. Hoy se acercan muchos que están alejados de la fe buscando luz para su vida y ungüento para sanar sus heridas. Ellos han de recibir el primer anuncio y un acompañamiento espiritual que les ayude a poner su corazón en el de Cristo y consolidar su fe, ser discípulos y misioneros. En la cofradía ha de vivirse la convivencia en fraternidad.
Apertura a las periferias
Las cofradías han de ser Iglesias abiertas que miran hacia las periferias. Los cofrades deben mirar su tradición para descubrir cómo sus antepasados se tomaron la molestia de salir a diversas periferias existenciales. Y no con grandes medios o conocimientos. Por ejemplo, los hospitales de las hermandades de la edad moderna eran poco más que refugios donde se daba alojamiento a algún peregrino o transeúnte, y a enfermos que lo necesitaban. Lo importante no era la capacitación técnica, sino la disposición, y la capacidad de ver en el enfermo al propio Cristo.
Hoy, las periferias son muchas y más complejas, y la forma de acercarse a ellas también es más dificultosa, pero el espíritu tiene que seguir siendo el mismo, el que nace de la fe y del compromiso de la caridad. Atendiendo a los pobres, nos debemos dejar evangelizar por ellos y descubrir que son la riqueza de la Iglesia. Un cofrade tiene que ser un cristiano comprometido con los pobres, los enfermos, los que sufren por cualquier causa.
En comunión
El cofrade ha de ser un cristiano que vive en sinodalidad, es decir, que camina junto a toda la Iglesia en comunión y corresponsabilidad. Siempre evitando el protagonismo personal y el trabajo en solitario.
La piedad popular es una riqueza para la Iglesia y ha de ser un espacio que cuidar. Tiene elementos que permitirán el crecimiento espiritual para los que se acercan y los que viven en ella.







