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Ponencia inicial del Congreso de Vocaciones: «Lo que está en crisis es la vida como vocación»

Señala una cuestión fundamental: una de las misiones de la Iglesia es «ayudar a las personas a descubrir su vocación y vivirla plenamente», tarea que «debe ser compartida por todos»

La ponencia inicial del Congreso de Vocaciones, enunciada esta misma tarde en el Madrid Arena de Madrid, ha sido elaborada por Alfonso Alonso-Lasheras, SJ, Ana Samboal, Luis Manuel Romero, José Benito Gallego, Hna. María José Tuñón, Florentino Pérez y Gabriel Richi bajo el título «¿Para quién soy yo?». Durante la introducción, el equipo de trabajo ha destacado que, aunque la disminución de vocaciones religiosas es sin duda una preocupación para la Iglesia, «lo que está en crisis es la “vida entendida como vocación»», haciendo especial hincapié en cómo la falta de sentido y propósito está afectando a todos los ámbitos de la existencia.

Así las cosas, la intervención ha puesto de manifiesto cómo una búsqueda de la libertad mal entendida está generando una crisis antropológica, donde «la autonomía se ha sobredimensionado», cristalizando en una cultura que, para sorpresa de nadie, prioriza el bienestar personal sobre el amor y el compromiso. Por un lado, se exige «el derecho a tener derechos», «la libertad de no renunciar a nada», pero solo como enunciación, pues no se dan fundamentos para utilizar esa libertad, creando una parálisis de bienestar donde no se elige, no se descartan opciones, no se asumen responsabilidades de las decisiones tomadas. En palabras de los autores, todo esto ha generado «una crisis antropológica, de comprensión de lo que somos».

Cultura antivocacional

«La cultura reinante hoy es “antivocacional»», denuncian, lo que implica que la persecución del propio bienestar a toda costa ha eclipsado la búsqueda de un propósito mayor. Esta situación, como es fácilmente comprensible, genera un vacío existencial especialmente acusado en muchos jóvenes, quienes, a pesar de estar rodeados de información, carecen de herramientas para encontrar sentido, o, lo que es lo mismo, la vocación de sus vidas.

Por todo lo anterior, el Congreso de Vocaciones emerge como una propuesta de ayuda para las personas que necesitan reconectarse con Dios, hacer una pausa, discernir, recogerse y descubrir su vocación, entendiendo que todos recibimos una llamada trascendente. «La razón última es la certeza de que todos tenemos vocación», se ha enfatizado durante la ponencia, dejando muy claro que la vocación no se limita a un estado de vida específico, sino que es una llamada universal a la plenitud y a la felicidad que todos podemos encontrar en nuestro interior. Como la vida es un don de Dios, «la clave del ser llamado es ser amado», aseveran. Desde esta perspectiva, la vocación se define como una relación con el Señor, quien nos ha creado porque nos ama incondicionalmente y nos llama a su amor precisamente por esa razón.

Así las cosas, la vocación se erige como un proceso dinámico que «aúna» dos partes esenciales, «identidad y misión», de lo que se deduce que cada ser humano es llamado a vivir su vida en relación a Dios y con el prójimo. Como es natural, la vocación no es solo una elección, sino una respuesta, específicamente una respuesta a una llamada que se recibe, discierne y vive en comunidad. «La Iglesia no es un elemento más, sino que posee una dimensión genética de la propia vocación», afirman los autores.

En este sentido, se ha anunciado que el Congreso también va a abordar la necesidad de crear una cultura vocacional que ayude a las personas a entender su vida como un don y en clave de llamada. Se propone, de esta manera, un enfoque multidimensional que ponga en juego a todos los miembros de la comunidad eclesial, ya sean laicos o consagrados, para que la vocación pueda ejercer de eje vertebrador de la vida comunitaria. «No se trata de una mera actividad a diseñar, sino de involucrar a todas las personas», se ha señalado.

Un proceso a largo plazo

Por último, la ponencia ha concluido que la creación de una cultura vocacional debe ser un proceso a largo plazo al que se vayan incorporando cambios eclesiales, ya sea en el lenguaje o en ciertas prácticas asumidas como habituales. De esta manera, se «pide repensar» la comunicación y la forma de actuación en «nuestras comunidades e instituciones», esfuerzo que, han subrayado, no se puede dejar recaer solo en los sacerdotes, sino que «debe ser compartido por todos».

En este contexto, han finalizado, la Iglesia tiene que tener clara su misión de «ayudar a las personas a descubrir su vocación y vivirla plenamente», lo cual no solo beneficiará, como es obvio, a la comunidad eclesial, sino también a la construcción del Reino de Dios y, por ende, a toda la sociedad.

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