El Papa explica la sabiduría de la Navidad y reitera en todas sus intervenciones la necesidad de paz en el mundo
La Navidad de León XIV comenzó con un gesto. Con su presencia y saludo a todos los fieles que se habían quedado fuera de la basílica de San Pedro para participar en la Misa de Nochebuena y que tuvieron que hacerlo por las pantallas. «Los admiro y los respeto, y también les agradezco su esfuerzo y buena voluntad para estar presentes aquí, esta noche».
Fue el preludio de la Eucaristía, que este año León XIV ha retrasado en su horario —el papa Francisco la había adelantado los últimos años—, y durante la que hizo una bella homilía sobre la sabiduría de la Navidad.
Una de esas ideas es que para encontrar al Salvador «no hay que mirar hacia arriba, sino contemplar hacia abajo», porque «la omnipotencia de Dios resplandece en la impotencia de un recién nacido».
Retomando una homilía de Benedicto XVI recalcó que cuando en la tierra no hay espacio para dios, tampoco lo hay para el hombre. «No acoger a uno significa rechazar al otro. En cambio, donde hay lugar para el hombre, hay lugar para Dios; y entonces un establo puede llegar a ser más sagrado que un templo y el seno de la Virgen María, el arca de la nueva alianza», agregó.
Es la sabiduría de la Navidad, concluyó: «No es una idea que resuelva todos los problemas, sino una historia de amor que nos involucra. Ante las expectativas de los pueblos, envía un niño, para que sea palabra de esperanza; ante el dolor de los miserables, envía un indefenso, para que sea fuerza para levantarse; ante la violencia y la opresión, enciende una suave luz que ilumina con la salvación a todos los hijos de este mundo».
Lee aquí la primera homilía de León XIV en Nochebuena.
Una Misa de Navidad 31 años después
Otro de los hitos de este tiempo es la recuperación por parte de León XIV de la Misa de Navidad. La última que celebró un Papa fue en 1994, con Juan Pablo II. Ni Francisco ni Benedicto llegaron a presidir una.
La homilía estuvo marcada, entre otras, por una palabra: paz. Así, vinculó la fragilidad de Jesús en el pesebre con tantos pueblos que sufren. «El Verbo ha establecido su tienda frágil entre nosotros. ¿Y cómo no pensar en las tiendas de Gaza, expuestas desde hace semanas a las lluvias, al viento y al frío, y a las de tantos otros desplazados y refugiados en cada continente, o en los refugios improvisados de miles de personas sin hogar en nuestras ciudades?»
Y continúa: «Frágil es la carne de las poblaciones indefensas, probadas por tantas guerras en curso o terminadas, dejando escombros y heridas abiertas. Frágiles son las mentes y las vidas de los jóvenes obligados a tomar las armas que, estando en el frente, advierten la insensatez de lo que se les pide y la mentira que impregna los rimbombantes discursos de quien los manda a morir».
Ante esta situación, dijo el papa León, la paz surge desde el momento en el que nos conmovemos por el dolor ajeno, pues la paz de Dios nace de «un sollozo acogido, de un llanto escuchado; nace entre ruinas que claman una nueva solidaridad, nace de sueños y visiones que, como profecías, invierten el curso de la historia».
En este sentido, subrayó que la Navidad vuelve a motivar a una Iglesia misionera y que el camino de la misión es un camino hacia el otro. «En Dios, cada palabra es palabra pronunciada, es una invitación al diálogo, una palabra nunca igual a sí misma».
Homilía en la Misa de la Natividad del Señor.
Mensaje Urbi et Orbi
Tras la Eucaristía, León XIV volvió a aparecer en el balcón central de la basílica de San Pedro, desde donde se presentó al mundo hace casi ocho meses. Desde allí, volvió a clamar por la paz, una de las prioridades de su pontificado, junto con el amor y la unidad.
Apeló, en concreto, a la responsabilidad: «Si cada uno de nosotros, a todos los niveles, en lugar de acusar a los demás, reconociera ante todo sus propias faltas y pidiera perdón a Dios, y al mismo tiempo se pusiera en el lugar de quienes sufren, fuera solidario con los más débiles y oprimidos, entonces el mundo cambiaría».
«Jesucristo es nuestra paz, ante todo porque nos libera del pecado y, luego, porque nos indica el camino a seguir para superar los conflictos, todos los conflictos, desde los interpersonales hasta los internacionales. Sin un corazón libre del pecado, un corazón perdonado, no se puede ser hombres y mujeres pacíficos y constructores de paz», dijo.
Luego repasó los principales conflictos que golpean nuestro mundo. Líbano, Palestina, Israel y Siria, en Oriente Medio; Ucrania, en Europa; Sudán, Sudán del Sur, Malí, Burkina Faso y la República Democrática del Congo, en África; Myanmar, Camboya y Tailandia, en Asia; Haití, en América.
«En pocos días terminará el año jubilar. Se cerrarán las puertas santas, pero Cristo, nuestra esperanza, permanece siempre con nosotros. Él es la puerta siempre abierta, que nos introduce en la vida divina. La alegre noticia de este día es que el Niño que ha nacido es Dios hecho hombre; que no viene a condenar, sino a salvar; la suya no es una aparición fugaz, pues Él viene para quedarse y entregarse a sí mismo. En Él toda herida es sanada y todo corazón encuentra descanso y paz. «El Nacimiento del Señor es el Nacimiento de la paz»», concluyó.
Ángelus por la festividad de san Esteban
En la festividad de san Esteban, el primer mártir de la Iglesia, la Plaza de San Pedro se convirtió en escenario de una profunda reflexión sobre el sentido de la vida y el testimonio cristiano ante la muerte, durante el rezo del Ángelus por parte del papa León XIV. Ante los fieles congregados, el Santo Padre recordó que el martirio no representa un final sombrío, sino un nacimiento al Cielo donde la fe permite ver más allá de la oscuridad del final del cuerpo.
El Pontífice quiso profundizar en esta idea, afirmando que «hoy es el “día del nacimiento” de san Esteban, como solían decir las primeras generaciones cristianas, seguras de que no se nace sólo una vez». Desde el balcón de San Pedro, León XIV subrayó que, aunque llegamos al mundo sin decidirlo, la madurez cristiana exige el compromiso consciente de «venir a la luz» y elegirla frente a las sombras de la historia. Al evocar la figura de Esteban, cuyo rostro angélico conmovió al sanedrín, el Papa proclamó que «es el rostro de quien no pasa indiferente por la historia, sino que la afronta con amor».
Esta luz, sin embargo, ha encontrado siempre resistencia en la historia entre las estructuras de poder. Así, el Sucesor de Pedro advirtió de que la belleza de Jesús y de sus seguidores es a menudo rechazada porque su fuerza de atracción «ha suscitado, desde el principio, la reacción de quienes temen perder su poder, de quienes son desenmascarados en su injusticia por una bondad que revela los pensamientos de los corazones». A pesar de ello, recordó, ningún poder terrenal puede prevalecer sobre la obra de Dios cuando existen personas que anteponen la paz a sus propios temores y sirven a los pobres. «Quienes hoy creen en la paz y han elegido el camino desarmado de Jesús y de los mártires son a menudo ridiculizados, excluidos del debate público y, no pocas veces, acusados de favorecer a adversarios y enemigos», denunció, añadiendo que «Esteban murió perdonando como Jesús: por una fuerza más auténtica que la de las armas».
En un mundo marcado por la incertidumbre, el escándalo de la Navidad se presenta como un llamamiento a la alegría perseverante de la fraternidad. De esta forma, el Pontífice subrayó con firmeza que «el cristiano no tiene enemigos, sino hermanos y hermanas, que siguen siéndolo incluso cuando no se comprenden entre ellos». Esta fuerza del perdón, manifestada por Esteban al morir, fue calificada por el Papa como una energía gratuita presente en todos, que se activa de forma irresistible al «mirar a su prójimo de otra manera, a ofrecerle atención y reconocimiento».
Finalmente, concluyó con una invocación a la Virgen María, pidiendo que su cuidado proteja a la humanidad frente a la prepotencia y la desconfianza: «Que María nos conduzca a su misma alegría, una alegría que disipa todo temor y toda amenaza, así como la nieve se derrite al sol».








