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Reseña de «Al paso de los niños». Niños en la Biblia (BAC), del padre Rafael Belda

La obra, que conoció cierta fortuna editorial hace unos años con EDICEP, ve ahora la luz en esta nueva edición, revisada y aumentada, con una puesta a punto de su aparato bibliográfico y atenta a la actualidad social, política y eclesiástica sobre el niño

El Evangelio está profundamente impregnado de la verdad sobre el niño», tanto que podría hablarse, en su conjunto, casi de un «Evangelio del niño». Así de lapidario se muestra el magisterio de la Iglesia, por boca de san Juan Pablo II (13-12-1994), y así arranca esta nueva edición de Al paso de los niños (BAC, Madrid 2024), del P. Rafael Belda Serra, sacerdote y religioso de la Congregación Cooperatores Veritatis de la Madre de Dios y, desde hace muy poco, subdirector de la Biblioteca de Autores Cristianos. 

La obra, que conoció cierta fortuna editorial hace unos años con EDICEP, ve ahora la luz en esta nueva edición, revisada, aumentada y limpia de polvo y paja, con una puesta a punto de su aparato bibliográfico y atenta, en todo momento, a la actualidad social, política y eclesiástica sobre el niño. Porque una constante se observa en todas las épocas y en todas las civilizaciones, y es que la miseria moral siempre termina, tarde o temprano, ensañándose con el niño, con el pequeño, con el vulnerable; y esto es así desde los sacrificios de recién nacidos al dios pagano Molok hasta el horror nazi del siglo XX, pasando por Babilonia, Egipto, la matanza de los inocentes a manos de Herodes y llegando, dígase con toda contundencia, hasta el holocausto silencioso de este siglo XXI, siglo en que la vida y dignidad del niño han quedado reducidas a la de un simple artículo de lujo, no siempre deseado. 

Viene, por tanto, el libro del P. Rafael a recordar —texto sagrado en mano— que sobre el niño hay toda una teología que bien vale la pena conocer y recordar, que la historia de salvación que Dios tiene diseñada, primero con su pueblo elegido, después con toda la humanidad, ha tenido siempre como centro al niño, que sobre él ha depositado Dios dones especiales y, sobre todo, una elección: que cumple su promesa a Abrahán en la figura de Isaac; que libera a Israel sacando de las aguas a un Moisés recién nacido, al que cuida, protege y guía para que cumpla su misión; que a Samuel, ungido profeta desde niño, le reserva la decisión sobre el futuro rey, un David, por cierto, que resulta ser el más pequeño e insignificante de sus hermanos pero que, Dios mediante, terminará venciendo a un Goliat que le dobla el tamaño. A este recorrido por las principales figuras se añade, también, la imagen del niño como espejo donde bien podríamos mirarnos y empezar a vivir como el salmista, plenamente fiados de Dios, ya en medio de la angustia —«desde el vientre materno tú eres mi Dios» (Sal 22, 12)— ya en medio del asombro por su grandeza, cantando sus alabanzas con «la boca de los niños pequeños» 

(Sal 8, 3), sin ambición, sin altanería, «como un niño en brazos de su madre» (Sal 131, 2), con espíritu saciado, satisfecho de vivir, simplemente, al arrullo de su Hacedor.

No menos elocuente resulta el recorrido propuesto por el Nuevo Testamento, donde se confirma y sublima toda esta predilección por el niño que tiene Dios en la figura de Jesucristo, que se hace niño y que, ya de adulto, no solo defiende al niño, sino que, además, se le ve cómodo con él, le busca y disfruta con él; sin duda, mucho más que con el erudito y el fariseo. 

En esa línea, desde un Juan Bautista que ve la Luz antes de ver la luz, dando un respingo en el vientre de su madre con solo acercársele el Salvador, hasta el propio Jesucristo, aún niño, que sabe sin que nadie se lo diga que tiene que estar ocupado en las cosas de su Padre, se nos ofrece todo un elenco de figuras infantiles que buscan la compañía de Jesús —o a la inversa—, se le acercan y que incluso captan, acaso mejor que muchos adultos, que ese Cristo del que todos hablan es más que un simple hombre talentoso y carismático. Es hijo de Dios. Y así se le acercan, pero de una forma preciosa e instintiva, muy natural, con ojos limpios, sin pretensiones ni delirios de grandeza, con la pureza que solo un niño sabe tener. 

Pureza, en el fondo, que es la que Dios nos pide cuando dice, a las claras y sin paños calientes, que nos hagamos como niños para entrar, con él, en el reino de los cielos. 

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