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«RESURRECCIÓN» DIGITAL

Cuando sucede algún acontecimiento trágico, la asociación de ideas me lleva frecuentemente a pensar en un accidente que viví de cerca hace muchos años. Un joven muy querido por mí había provocado involuntariamente la muerte de su hermana. Aquella familia, absolutamente rota, a partir de ese momento, comenzó a alimentar obsesivamente la memoria de la fallecida, haciendo más visibles y notorios los objetos que la recordaban, especialmente, las fotografías.
Parece innata nuestra tendencia a preservar la memoria, a mantener viva la presencia de aquellos a los que hemos perdido y cuya ausencia lloramos. Por otra parte, nos resulta costoso afrontar el duelo que esta ausencia nos causa. Para afrontarlo, echamos mano de distintos procedimientos y objetos a los que los últimos avances técnicos han añadido otros como las recreaciones digitales de las voces de los familiares fallecidos generadas por la Inteligencia artificial a partir de audios reales, e incluso los avatares, seres ficticios sólo existentes en el mundo digital, pero capaces de permitirnos la comunicación con amigos y familiares.
Aunque estas recreaciones pueden suavizar el dolor de la pérdida, sin embargo, nos plantean múltiples interrogantes éticos. El primero, el respeto a la verdad. La realidad digital creada será siempre parcial, puesto que parte de lo que la propia persona ha podido comunicar en vida en ambientes determinados. Su dimensión más íntima ha quedado sin duda en la sombra o, simplemente en la mente de aquellas personas que se hicieron merecedoras de sus confidencias. Por otra parte, la persona evoluciona, y los pensamientos, afectos y opciones cambian a lo largo de la vida. En este sentido, el objeto creado difícilmente le hará justicia. Por otra parte, el familiar que usa este material cambia también, lo que dificulta sin duda una percepción objetiva del difunto.
La muerte es una realidad inseparable de la vida, nadie podrá sortearla. Por otra parte, cuando la muerte afecta a las personas queridas, el sufrimiento se agudiza y se vuelve necesario iniciar un proceso que llamamos duelo, imprescindible para aceptar su pérdida. Cabe entonces plantearnos si el negocio que hay detrás del auge de estas recreaciones digitales, y que toca algo tan profundamente humano y doloroso como la muerte de un ser querido, no desembocará en una forma de explotación emocional.
El ser humano ha de estar en continuo crecimiento y la muerte ajena le ofrece una oportunidad para ello. Los avatares creados pueden proporcionar un bálsamo que nos reconforte en momentos de turbulencias, pero también existe el riesgo de que nos mantengan aferrados al pasado, sin dejarnos avanzar y crecer. La presencia de la persona amada y ya fallecida ha forjado en nosotros una identidad que ha de renovarse en el establecimiento de nuevas relaciones significativas.
En definitiva, guardar objetos físicos o avatares digitales para recordar a nuestros antepasados no es en sí perjudicial, pero hay que cuidar la frecuencia y la intensidad de nuestra relación con ellos. En la moderación está la clave. Y, en fin, no minusvaloremos la oferta de la fe cristiana en la resurrección de los muertos. Encomendarlos al Señor, mantendrá en nosotros viva la esperanza de encontrarnos un día con ellos en el Reino de los cielos.

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