Dejó dicho san Agustín que el canto sagrado le conmovía más por el sonido que por el sentido, y que esa emoción le asustaba, precisamente por verla venir de un lugar más hondo que la propia razón. Siglos después, san Bernardo de Claraval, enviado a predicar por Europa en favor de la Segunda Cruzada, hizo gala sin saberlo de un extraño don: el de predicar con tal fervor que llegaba a conmover incluso a quienes no le entendían. Y no era tanto cuestión de elocuencia como del tono de su voz, hablaba con la música de una convicción que iba directa al alma. También san Juan de la Cruz, que daría en llamar «música callada» a esa vibración interior donde el alma y Dios se entienden sin verbos de por medio. Más tarde, Beethoven creyó oír en esa misma resonancia una revelación sin dogma —«la música es sabiduría más alta que la filosofía» o algo parecido llegó a decir—, y en ello indagaron también Wagner, Rilke o Simone Weil; todos escucharon sin exigir sentido a lo que oían. Finalmente, Valle-Inclán, heredero de todos ellos, bautizó aquel misterio con feliz expresión: el «milagro musical». En La lámpara maravillosa recuerda el caso de san Bernardo y ve en él la prueba de que la música —el ritmo, el acento, el tono, el temblor del verbo— tiene la facultad de conmover mucho más allá de la comprensión gramatical.
Y así, escuchando lo que acaba de lanzar Rosalía, uno ve claro que ese «milagro» tiene base muy cierta y real. Muchos llegamos al disco con ganas de hablar de él, de analizarlo, de escribir columnas y teorías, bien con elogios o arremetidas, que de todo habría, y de sumarnos, en fin, un poco al carro de su popularidad. Hasta que lo escuchamos. Y ahí fue que a algunos se nos callaron de golpe las palabras. Nos hemos visto, de repente, tarareando frases sin entenderlas, llorando en la ducha sin saber por qué o arrugando el gesto ante unos ostinatos que nos resultan, como poco, raros de oír. No entendemos las germanías de Berghain, nos descoloca ese «I’ll fuck you till you love me» del final; tanto más los galimatías lingüísticos de Divinize, que a oídos sin formación pueden caer como algo marciano. Nos faltan términos para asir algunas frases del Mio Cristo piange diamante y, por no entender, no entendemos ni la mitad de lo que allí ocurre a nivel vocal, ni de composición, ni de producción, ni ejecución, etc., pues el musical es también idioma muy suyo que no todos hablamos. Pero, aun sin entenderlo, algo vibra cuando se escucha, y paradójicamente más lo hace cuanto menos se entiende.
Henos aquí, pues, varios días tras del lanzamiento, lidiando con la tentación de buscarle las claves, estudiarlo, revisar sus entrevistas, apuntarnos al curso de idiomas o quemar la IA con preguntas sobre teología, lo que sea con tal de comprender plenamente su significado, masticarlo, devolverlo al mundo en forma de pálida teoría y dejar, de paso, de sentirnos idiotas; o, por el contrario, seguir temblando a oscuras, dejándonos conmover por algo que nos atraviesa, nos supera y que jamás llegaremos a entender del todo, al pairo de los fallos o los aciertos técnicos que pueda tener, reconociéndonos en las pocas frases que sí comprendemos y asistiendo, tocados y en silencio, siglos y siglos después de san Agustín, a un verdadero e inapelable milagro musical.







