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Santiago García-Jalón de la Lama, rector de la UPSA: «La universidad católica debe aportar la luz que arroja la fe»

Santiago García-Jalón de la Lama, sacerdote de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño, ha pasado media vida en la Universidad Pontificia de Salamanca. Allí fue a estudiar enviado por su obispo, Francisco Álvarez, y allí volvió para ser profesor y más tarde catedrático de Filología Hebrea. Ahora le tocará dirigir los destinos de este gran centro católico como rector tras sustituir a Mirian Cortés.

¿Cómo ha asumido este encargo?
Con naturalidad, con agradecimiento por la confianza que depositan en mí y, mientras aprendo el trabajo de rector, también con sorpresa.

Pero usted no es nuevo en la UPSA. Lleva trabajando ahí más de 30 años.
En realidad, mi primer contacto con la universidad fue cuando mi obispo, Francisco Álvarez, me envió a estudiar aquí. Luego regresé a mi diócesis, donde fui profesor en el seminario y párroco, hasta que en 1991 me reclamaron para que fuera profesor de la Facultad de Filología Bíblica Trilingüe. Cuando esta facultad desapareció, pasé a la de Filosofía, siempre con el encargo de la docencia del hebreo, lenguas clásicas y lingüística.

¿Por qué se especializó en hebreo?
Es un poco inconfesable [sonríe]. La idea era acabar lo antes posible para volver a la diócesis y dar clase en el seminario, y era la especialidad con menos asignaturas. Fue algo muy oportunista.

Pero se ha convertido en central.
Sí, con el paso del tiempo. Nunca había pensado en estudiar hebreo hasta que las circunstancias lo impusieron. En realidad, si volviera a nacer, me dedicaría a estudiar hebreo y el Antiguo Testamento, porque es una obra cumbre de la literatura y del pensamiento. Pero eso lo sé ahora.

¿Cuál es su idea de universidad católica y, en este caso, también pontificia?
Una universidad pontificia, en cuanto es católica, debe ser un lugar en el que el trabajo intelectual esté enraizado en la fe. Mi deseo es fomentar durante los próximos años esa actitud entre los profesores, de modo que aportemos algo propio, específico, al debate intelectual y cultural, que no seamos una universidad como cualquier otra. Debemos aspirar a la misma excelencia académica que las demás, pero aportar la luz que arroja la fe, el Evangelio, el encuentro con Cristo.

¿Puede profundizar en esa especificidad?
Le pongo un ejemplo. La vida humana la valoramos como un hecho natural, pero no solo, también la consideramos un don de Dios. Y eso tiene consecuencias concretas y cada profesor, dentro de su especialidad, deberá definir el modo de fomentar la vida. Pasa lo mismo con la verdad. 

Hablar de la verdad hoy es ir a contracorriente, ¿no cree?
La universidad tiene que ser contracultural. Un profesor universitario no puede ser alguien que esté permanentemente de acuerdo con las ideas dominantes. Un docente tiene vocación de investigación y esta nace de una cierta desazón, de un desasosiego por la situación de las cosas.

Pero domina la sociedad líquida, marcada por la primacía de los sentimientos, de la subjetividad, la autodeterminación, sin verdades, donde todo es relativo.
Es cierto que todo se ha trivializado y que la conciencia social está empapada de sentimiento e impulsos. Todo el que se dedica a una tarea académica parte de una concepción implícita de que hay una verdad que se contempla, porque la verdad no se posee. Si llegamos a admitir que no existe ninguna verdad, habría que cerrar las universidades. Es verdad que domina la idea de que cada uno puede hacer lo que quiera, pero será tarea de la universidad decir que eso tiene consecuencias y que tienen que ser asumidas.

Entiendo que los alumnos de una universidad pontificia son reflejo de la sociedad y también habrá indiferencia hacia lo religioso. ¿Cómo acercarse a ellos?
Hay que hacer una propuesta clara y recordar algo que pertenece a la espiritualidad cristiana y que recordaba Teresa de Calcuta: del silencio nace la oración, de la oración la fe y de la fe la caridad. Debemos ofrecer a nuestros alumnos espacios de silencio y oración para que verdaderamente se encuentren con el Señor. No se trata solo de hacer un discurso intelectual, sino de ir al encuentro con Dios.

Otra de las señas del mundo actual es la opción prioritaria por las disciplinas técnicas, aquellas que otorgan un mayor rendimiento económico, frente a las humanidades. ¿Cómo aborda esta realidad?
Le pongo un ejemplo. Estamos preparando dos grados distintos: uno de Dietética y Nutrición, que responde a una demanda social, y otro de Historia, que no responde a una demanda social, sino que quiere hacer una oferta a la sociedad. Una oferta más urgente, precisamente, porque no se demanda tanto. En todas las titulaciones tenemos asignaturas identitarias, que enseñan el núcleo de la fe cristiana y deontología.

¿Por qué cree que no hay demanda de humanidades?
Es una cuestión de orden económico. El año pasado implantamos un grado online en Filosofía y los resultados han sido excelentes. Este año va camino de ello. Entre los alumnos, un porcentaje muy elevado son personas que ya han resuelto su vida profesional, pero que están interesados en saber filosofía. Lo que le ocurre a un chaval de 18 años es que si se matricula en Filosofía no sabe qué expectativas va a tener. Las humanidades son cruciales, porque, al final, todos afrontamos decisiones éticas y participamos en un diálogo social, lo queramos o no. Si queremos que ese diálogo sea sólido, de peso y contribuya al progreso, tenemos que estar informados de la opinión que sobre una materia ya han dado gente de más valía en el pasado. Las humanidades son incorporarse al diálogo que sobre las cuestiones más importantes ya han mantenido a lo largo de la historia las mentes más preclaras.

¿Cómo debe ser la relación de la universidad católica con una sociedad diversa como la nuestra?
Puedo hablar por mi experiencia de participación en sociedades científicas. Es fundamental la presencia. Cuando asistía a congresos de lingüística y entraba en la sala donde se celebraban vistiendo el clergyman era como un disparo, como si hubiera eco. Pero después se entablaban relaciones. Debo mucho a los colegas de esas sociedades. Hay que acercarse a la sociedad sin prejuicios.

¿Cuáles son los principales retos y desafíos de la UPSA?
Primero, cumplir con la normativa legal, que es cada vez más exigente y nos ayuda a buscar la excelencia. En segundo lugar, esta tarea de potenciar la identidad de la universidad, en el sentido de que tenemos algo específico que aportar y en la búsqueda de la verdad. También la actividad pastoral con los alumnos. Me parece importante consolidar y fomentar la relación con la Conferencia Episcopal Española, que siempre se ha mantenido, pero queremos que sea habitual y continua, con canales más sencillos y amplios.

¿Qué papel juegan los estudios eclesiásticos en la universidad?
Son el corazón. Las facultades de Teología deben secundar la tarea de empapar de humanidad todas las disciplinas. Están al servicio del resto. Son las encargadas de dar luz y de formar a los profesores en cuestiones capitales de la fe y temas puntuales que puedan surgir.

Y concluyo con una pregunta más personal. Usted es capellán de la Casa del Ave María en Santa Marta de Tormes. Hábleme de ello.
Es donde de verdad disfruto. Es una casa para mujeres con niños, fundamentalmente migrantes, que han tenido problemas al comenzar su vida en España o que ya venían con ellos de sus países de origen. En la casa terminan sus estudios, buscan un trabajo y generan un pequeño colchón económico para reintegrarse en la vida social en condiciones de normalidad. Pueden estar allí hasta cuatro años Es una obra del Instituto Secular Cruzadas Evangélicas. Hacen una tarea heroica. Yo solo voy un par de horas al día. Juego con los niños, hablo con las mamás que quieren, veo a las mayores de la institución, presido la Eucaristía y me voy. Pero ellas se quedan, 24 horas los siete días de la semana. Seguiré yendo, aunque quizá solo tres o cuatro días y, por lo tanto, tendré que buscar a alguien que me eche una mano. Es una obra que merece la pena. Para mí es un descanso y un regalo. 

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