¿Cómo imaginamos la gloria eterna? Seguramente nada de lo que aquí podemos vivir es similar. Ni siquiera los discípulos, seguidores más o menos fieles del Señor, que escucharon sus palabras, vieron sus milagros y hicieron experiencia del resucitado, tuvieron plena experiencia de la gloria en este mundo. El episodio de la transfiguración fue una cata, y lo que ellos experimentaron les proporcionó una sensación de paz y bienestar, de la que hasta entonces nunca habían disfrutado.
En un mundo convulso donde tanta gente pierde la esperanza en base a vivir infinitud de situaciones desalentadoras, hacer llegar aunque sea por un instante de gloria, seguro que nos sería de gran ayuda. Pero para transmitir esta experiencia es necesario creer en ella. A través del contacto frecuente y profundo con la Palabra podemos acercarnos a ella; así como a través de la Eucaristía, fuente y cumbre de la liturgia y presencia real de Cristo entre nosotros, y hacemos experiencia cumpliendo el mandamiento del amor que nos dejó Jesús.
En esa alta montaña, por un lado tenemos a Moisés y Elías; de la otra Pedro, Jaime y Juan. El liberador y el profeta del pueblo de Israel, y el núcleo más cercano al Mesías; y en medio de ellos, como el nexo entre la promesa y la realidad, Jesús, reconocido como Hijo amado del Padre cuando desde la nube luminosa que les cubría una voz habló. Allí se hizo experiencia del misterio de Dios.
«La Cuaresma es el tiempo en que la Iglesia, con solicitud materna, nos invita a volver a poner el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe reencuentre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas», nos dice el papa León XIV en el primer mensaje cuaresmal de su pontificado.
Si en el primer domingo de Cuaresma se nos invita a vencer todo lo que nos puede apartar de Cristo y de los hermanos, este segundo domingo nos muestra lo agradable que es la proximidad del Señor, una vez superadas las limitaciones de todo lo que liga y limita nuestra libertad de hijos de Dios. Mostrar aunque sea una cata de la gloria a los demás, ayudar a imaginarlos, aunque sea por un instante tan breve como fue aquel en la montaña, que es hacer experiencia de Dios libremente, sin obstáculos, justificaría toda una vida de fe.
La esperanza es creer en lo que acontecerá, no puede haber esperanza sin un mínimo de certeza de que ésta se convertirá en un día realidad. En este tiempo cuaresmal estamos en camino, camino hacia la Pascua que celebraremos, si Dios quiere, en la gran noche de la Vigilia Pascual. Lo haremos ciertamente como cada año, pero también debemos vivir la Cuaresma como un camino personal y comunitario hacia esa gloria de la que Jesús quiso hacer partícipes, aunque fuera por unos instantes, a sus discípulos más queridos.
Como nos invita el papa León: «Pedimos la gracia de vivir una Cuaresma que haga más atenta nuestro oído a Dios ya los más desfavorecidos.» ( Mensaje del Santo Padre León XIV para la Cuaresma 2026. )







