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«Sí, Señor: Yo creo que tú eres el Mesías» (Jn 11,27)

El pasado jueves, coincidiendo con la solemnidad de san José, la Iglesia celebraba el Día del Seminario. No está de más insistir de nuevo en la importancia de las vocaciones en el ministerio sacerdotal. El sacerdocio universal expuesto en la carta a los cristianos Hebreos y destacado por el Concilio Vaticano II, nos dice que todos los bautizados somos constituidos casa espiritual y sacerdocio santo, y estamos llamados a dar testimonio de Cristo; la dignidad fundamental de todos en la vocación cristiana es anterior a la distinción de funciones y misiones, anterior a toda distinción entre laicos, religiosos y presbíteros, movidos todos por el Espíritu.

En la Iglesia, todos sus miembros tienen la misma dignidad, que han obtenido por su nacimiento en Cristo en el bautismo; todos gozan de la misma gracia y todos están llamados a una misma vocación de perfección. Sin embargo, existiendo diversidad de ministerios, en la Iglesia hay diversidad de misiones, dones y servicios que hacen posible la realización en la Iglesia de diversas condiciones de vida como el laicado, el ministerio pastoral y la vida consagrada, que puede ser laical o pastoral. El Sínodo para la sinodalidad hace hincapié en que «sin reescribir una eclesiología y una teología del ministerio ordenado, se procede a destacar aquellos rasgos de la comunión y de la misión del Pueblo de Dios y, en él, de la figura del ministerio ordenado que la Asamblea Sinodal ha precisado, recibiendo y recibiendo. (Grupo de estudio 4).

El Concilio Vaticano II destaca ya el papel de los laicos en la Iglesia, sacerdotes para Dios Padre que participan del sacerdocio único de Jesucristo, junto con los sacerdotes ministeriales o jerárquicos, y que lo desempeñan concurriendo al ofrecimiento de la Eucaristía y recibiendo los sacramentos, participando de la oración, abnegada y caritativa ( Lumen gentium , 10).

La diferencia entre el sacerdocio común y el ministerio pastoral o sacerdotal es esencial, son dos formas sacerdotales que están, sin embargo, a distintos niveles. La clave del sacerdocio ministerial está en la actuación in persona Christi , «el sacerdocio ministerial, por la potestad sagrada de que es dotado, forma y rige al pueblo sacerdotal, celebra el sacrificio eucarístico en persona de Cristo y lo ofrece a Dios en nombre de todo el pueblo» ( Lumen gentium, 10 ) y es por tanto necesario e instinto.

La importancia y trascendencia del ministerio sacerdotal y también del diaconal no cambia en un mundo convulso, donde la falta de vocaciones preocupa y mucho; las vocaciones al sacerdocio son más necesarias que nunca, son imprescindibles, porque la tarea ministerial de los sacerdotes es más necesaria que nunca porque «sin sacerdotes la Iglesia no podría vivir aquella obediencia fundamental que se sitúa en el centro mismo de su existencia». ( Pastores Dabo Vobis , 1). Oremos pues para que haya quien responda con generosidad a la llamada al sacerdocio y al diaconado, capaces de proclamar a través de su ministerio: «Sí, Señor: Yo creo que tú eres el Mesías.»

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