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Los signos del Jubileo

El tesoro de la gracia espera al final de un camino de gestos espirituales marcados por la Iglesia

El Año Santo abre cual yagas en la historia un período de conversión, oración y reconciliación para derramar la gracia de Dios sobre aquellos peregrinos que lo ponen como centro, faro y destino de sus vidas y caminan hacia él. La misericordia que se disemina por los diferentes trayectos vitales y que culmina en el tesoro de la indulgencia es intuida y apuntada por una serie de movimientos y gestos espirituales revelados por el Santo Padre. 

De esta forma, si bien se puede explicar el Jubileo a través de su historia y raíces etimológicas, no es menos cierto que el creyente también puede aproximarse a esta fiesta de todos los bautizados mediante sus signos concretos, abiertos para la conexión directa entre el Cielo y la tierra. Así, la Iglesia destaca un total de siete signos propios del Año Santo, perceptibles y practicables por sí mismos, pero indudablemente relacionados y dependientes entre sí. Algunos, como la Puerta Santa, la peregrinación o la consecución de la indulgencia, emergen como santo y seña de todo Jubileo, mientras otros van acompañando la vida de la Iglesia y permeando los itinerarios de sus fieles hacia la cúspide de la unión con Cristo. Se trata de la liturgia y la oración, con su particular ejecución de la profesión de fe, sin olvidarnos del sacramento de la reconciliación. Porque, no lo olvidemos, la gracia de la indulgencia predispone al objetivo de la verdadera conversión.

Peregrinación

El Jubileo es, ante todo y siguiendo el ejemplo de María, ponerse en camino. Moverse para cambiar de lugar, pero también para transformarse a uno mismo. El concepto peregrinación, cuya etimología procede del latín per ager, que significa «a través de los campos», o per eger, «cruce de frontera», se erige así en una experiencia de conversión, por la que se orienta la propia existencia hacia la santidad de Dios.

En la estela de Abrahán, «arameo errante», el peregrino va haciendo camino progresivamente, eligiendo lugares por descubrir o por descartar, a través de unos u otros itinerarios, enriqueciendo su experiencia con situaciones, catequesis, ritos, liturgias… Con la compañía, contemplando la creación y poniéndose en los zapatos del migrante. Sin perder de vista que el trayecto empieza antes del propio viaje: su punto de partida es la decisión de hacerlo.

Puerta Santa

Es el signo más característico del Jubileo, y su apertura por parte del Papa constituye el inicio oficial del Año Santo. La meta de la peregrinación es llegar a sus pies y poder atravesarla. Este gesto simbólico expresa la firma determinación de seguir al Buen Pastor, pues remite directamente al Evangelio de San Juan: «Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos». 

Originalmente, solo había una puerta, en San Juan de Letrán, pero se amplió al resto de basílicas de Roma ante la gran afluencia de peregrinos. Su umbral es espacio de lo sagrado y comunión del bautizado con Cristo: es el lugar del encuentro y el diálogo, de la reconciliación y la paz que ansía todo peregrino, encarnación de la Iglesia como comunidad de fieles

Reconciliación

En tanto abre un «tiempo favorable» para la conversión, el Jubileo se erige como signo de reconciliación. El peregrino se encamina hacia el Padre y le reconoce su primacía, pues es él quien hace que este año sea santo, donando al mundo su propia santidad.

En lo concreto, este poner a Dios en el centro no puede sino llevarnos a vivir el sacramento de la reconciliación, a recibir personalmente la palabra del perdón de Dios. Por ello, las iglesias jubilares ofrecerán confesión de manera continua.

Según Francisco, «la misericordia no se opone a la justicia, sino que expresa el comportamiento de Dios con el pecador (…) La cruz de Cristo es el juicio de Dios sobre todos nosotros, porque ofrece la certeza del amor y de la vida nueva».

Oración

La necesidad de rezar brota en el peregrino del deseo de abrirse a la presencia de Dios y al ofrecimiento de su amor. La comunidad cristiana se siente llamada a orar desde la certeza de que puede dirigirse al Padre porque el Hijo le ha otorgado el Espíritu.

Los momentos de oración vividos durante el viaje muestran que el peregrino posee los caminos de Dios «en su corazón». Este alimento espiritual necesita los avituallamientos propios de paradas para retomar fuerzas en torno a ermitas, santuarios u otros lugares particularmente ricos a ojos del simbolismo religioso. Rezar tocando estas piedras milenarias nos hace caer en la cuenta de los peregrinos de los tiempos que han labrado su conversión sobre ellas. De hecho, los caminos que llevan a Roma coinciden no pocas veces con el trayecto de muchos santos.

Profesión de fe

Es un signo de reconocimiento propio de los bautizados, pues en ella expresamos el contenido central de nuestra fe y las principales verdades del creyente Existen varias profesiones de fe, que muestran la riqueza del encuentro con Jesucristo. 

Dice san Pablo que «si profesas con tus labios que Jesús es Señor, y crees con tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo. Pues con el corazón se cree para alcanzar la justicia, y con los labios se profesa para alcanzar la salvación». Con este texto, subraya cómo la proclamación del misterio de la fe exige una conversión profunda no solo de palabra, sino también y sobre todo de la visión de Dios, de uno mismo y del mundo. «Recitar con fe el Credo es entrar en comunión con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, es entrar también en comunión con toda la Iglesia, que nos transmite la fe y en el seno de la cual creemos» (CCC 197).

Liturgia

Como oración pública de la Iglesia, la liturgia es, según el Concilio Vaticano II, el «culmen hacia donde tiende» toda su acción «y, al mismo tiempo, la fuente de la que mana toda su energía». Un rito litúrgico es, por ejemplo, la apertura de la Puerta Santa: hasta el siglo pasado, el Papa iniciaba el derribo del muro que la sellaba; desde 1950, empuja las hojas de la puerta desde fuera, pasando como primer peregrino a través de ella. 

Esta y otras expresiones litúrgicas que acompañan al Año Santo subrayan que la peregrinación jubilar no es un acto íntimo o individual, sino un signo del camino de todo el pueblo de Dios hacia el Reino. En el centro está la celebración eucarística, donde se recibe el Cuerpo y la Sangre de Cristo: como peregrino, él mismo camina junto a los discípulos.

Indulgencia

La indulgencia es manifestación concreta de la misericordia de Dios, que supera los límites de la justicia humana y los transforma. Es un tesoro de gracia que se hizo historia en Jesús y en las vidas de los santos: viendo y viviendo su ejemplo, la esperanza del perdón y del propio camino de santidad se fortalece y se convierte en certeza. La indulgencia permite liberar el corazón del peso del pecado, para poder ofrecer con plena libertad la reparación debida.

Concretamente, esta experiencia de misericordia pasa a través de algunas acciones espirituales que son indicadas por el Papa. Aquellos que, por enfermedad u otra causa, no puedan realizar la peregrinación están invitados, de todos modos, a tomar parte del Jubileo, ofreciendo su sufrimiento y su vida cotidiana, así como su participación en la celebración eucarística. 

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