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Ojalá escuchéis hoy su voz

Queridos diocesanos,
querida Iglesia de Urgell,
querido Principado de Andorra,

Hoy, en la víspera de la celebración de nuestra Patrona, la Virgen de Núria y la Virgen de Meritxell, quisiera escribiros sobre un aspecto que el Santo Padre recalcó ante los jóvenes: saber guardar silencio.

En la vigilia de oración con los jóvenes en Madrid le hicieron esta pregunta: «¿Qué podría ayudarnos a reconocer la voz de Dios entre tantas otras voces?».

En primer lugar y de manera privilegiada, señaló el silencio: «Para reconocer la voz de Dios puede ayudarnos, ante todo, el silencio». El Papa nos habla de desarrollar la capacidad de permanecer en silencio. Fijémonos en que dice «la capacidad de permanecer en silencio». Y el hecho de que sea una capacidad supone una destreza, una habilidad adquirida con aprendizaje y dedicación. El silencio no consiste, por tanto, en un simple «callar». Requiere centrarse y concentrarse. Es necesario tomar conciencia del acto de guardar silencio que realizamos. Y lo primero que hace falta es frenar las distracciones. En nuestra sociedad existe, de manera inconsciente, una tendencia a estar siempre distraídos. «Hacemos algo»: trabajo, pantallas, música, conversar… «No podemos estar en la situación de no hacer nada», no podemos detenernos. Detenerse sería precisamente la acción que hay que realizar. En un primer momento, hacer silencio es detenerse. Pararse, serenarse. Son acciones que debemos realizar nosotros mismos. No podemos esperar que venga una persona o que ocurra algo que nos detenga. Somos nosotros quienes debemos hacerlo. Porque se trata de detenerse en el silencio. Encontrar la quietud para escuchar…

León XIV nos propone que, al buscar el silencio, optemos por no escuchar los ruidos, y así no nos dejaremos distraer. Hay, por tanto, en el silencio un acto de libertad, de autonomía. Es apropiarse de la situación y decidir sobre nuestro entorno: qué estímulos dejamos pasar y cuáles no. Esta acción de nuestra libertad nos aparta del fragor de las mil voces que quieren captar nuestra atención y utilizarnos, e incluso aferrarse a nosotros o engañarnos. Voces del mundo, podríamos decir, que muy a menudo son contrarias a la voz de Dios: el narcisismo, el supremacismo, la división, la agresividad, la violencia, la indiferencia, la polémica enervada, las ideologías de poder o la codicia y la idolatría del dinero.

Si adquirimos la capacidad de permanecer en silencio, iremos limpiando nuestro interior y nuestro exterior, y escucharemos la voz de Aquel que siempre nos responde, la del Señor. Y es una voz pura, nítida, verdadera. Limpiar nuestras distracciones es situarnos en el terreno de la verdad en sus dos vertientes: la verdad divina y la verdad humana. La primera la recibiremos al escuchar a Dios, y la segunda la encontraremos en la realidad cotidiana, sin el ruido de las cosas oscuras o efímeras del mundo.

Una vez llegados a los espacios del silencio, podremos continuar el discernimiento y la búsqueda de la voz de Dios que nos propone el Papa. Tengamos en cuenta que Dios nos hablará, porque no estamos ante un interlocutor mudo. Nos hablará en dos momentos privilegiados: en la escucha y la lectura de la Escritura, y en la oración de la Iglesia, especialmente en la plegaria eucarística y ante el sagrario.

Con el silencio de María, comencemos este nuevo Curso 2026-2027, de vuestro obispo y servidor

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