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Solemnidad de Jesucristo Rey del universo

Los domingos del año litúrgico llegan a su fin con la solemnidad de Jesucristo Rey del
universo. Después de haber celebrado los misterios de nuestra salvación, nuestra mirada se
dirige hacia el futuro. El Reino de Dios, que comenzó en nuestro mundo como una pequeña
semilla en la persona, las palabras y las acciones del Señor, especialmente en su muerte y
resurrección, llegará a su cumplimiento al final de la historia, cuando Cristo vuelva en gloria
como Señor de toda la creación. En el tiempo entre su primera y su segunda venida, la misión
de la Iglesia es ponerse al servicio de este Reino y ser, de este modo, su presencia en medio de
la historia humana.
A lo largo de su vida pública el Señor evitó en todo momento que se identificara su Reino
con los reinos de este mundo. De hecho, cuando después de la multiplicación de los panes la
multitud lo buscaba para proclamarlo rey, Jesús “se retiró otra vez a la montaña él solo” (Jn 6,
15); y cuando le preguntan por su realeza con criterios humanos nunca responde
afirmativamente. Los signos de su reinado no son el poder, la riqueza o la ostentación. Solo
cuando humanamente parece haber fracasado, está a punto de ser condenado a muerte y ya
no hay peligro de que le sigan por ambiciones humanas de poder, es cuando reconoce ante
Poncio Pilato que es rey: “Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al
mundo: para dar testimonio de la verdad” (Jn 18, 37). Jesús admite su realeza cuando está más
identificado con los últimos de este mundo, con los condenados injustamente, con aquellos que
han sido abandonados, con los más pobres: cuando nadie puede esperar de Él lo que se espera
de los poderosos del mundo.
El texto evangélico que se proclama este domingo nos anuncia la buena noticia del juicio
final, cuando el Señor hará justicia a todas las víctimas de las injusticias del mundo y llamará a
entrar en su Reino a todos aquellos que lo han reconocido y se han compadecido de Él en los
hambrientos, los sedientos, los enfermos, los presos…: “Cada vez que lo hicisteis con uno de
estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40). Observemos que Jesús no
dice “es como si me lo hubierais hecho a mí”. Su identificación con los últimos es total:
“conmigo lo hicisteis”.
Estas palabras de Jesús sobre el desenlace de la historia nos indican que, si la Iglesia
quiere ser sacramento del Reino de Dios, su camino no puede ser otro que el de Cristo: “La
Iglesia no existe para buscar la gloria de este mundo… Cristo fue enviado por el Padre a
anunciar la buena noticia a los pobres… a salvar a los de corazón destrozado, a buscar y salvar
lo que estaba perdido. También la Iglesia abraza con amor a todos los que sufren bajo el peso
de la debilidad humana; más aún, descubre en los pobres y en los que sufren la imagen de su
fundador pobre y sufriente, se preocupa de aliviar su miseria y busca servir a Cristo en ellos”
(Lumen Gentium 8).
No caigamos en la tentación de pensar que el Reino de Dios se construye con las armas de
este mundo.

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