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Tania Quilambaqui es sierva seglar de Jesucristo Sacerdote en Madrid

Hacia el Congreso de Vocaciones: la vida mejor de Tania Quilambaqui

Tania Quilambaqui vino a España para encontrar nuevos retos y se topó con el testimonio de una sierva seglar de Jesucristo Sacerdote. Siguió y sigue ese mismo camino de consagración en uno de los barrios más humildes de Madrid

Tania Quilambaqui es natural de Ecuador y vino a España con 29 años buscando una vida mejor para ella y para sus padres. Vino a buscar una vida mejor y la encontró, aunque, probablemente, no es ni la que pensaba ni la que cualquiera hubiera podido imaginar. Hoy tiene 51, vive en Madrid y forma parte de las Siervas Seglares de Jesucristo Sacerdote, un instituto secular fundado en 1954 por el sacerdote operario Juan Sánchez Hernández. Un carisma que, como se puede leer en su página web, es un servicio de mediación, intercesión y oblación por el hombre y la mujer de hoy. Un compromiso que se concreta en la Iglesia y en la sociedad. Con cuatro pilares: Sacerdocio, Eucaristía, Reparación y Apostolicidad.

Volveremos a esta realidad eclesial. Pero antes de conocerla, Tania Quilambaqui, en su Ecuador, ya tenía una fuerte conciencia de la misión que nace del Bautismo. Con 18 años y con otras chicas de su parroquia salían a las misiones a lugares recónditos, donde el sacerdote pasaba una vez al año y donde no podían ni se podía acceder ni siquiera a caballo. Saltando de piedra en piedra para evitar medio metro de fango, llevaba la buena noticia a los más necesitados. «Fue una experiencia de pobreza material, pero también de fe», explica en conversación con ECCLESIA.

Estudió Magisterio, se licenció en Psicopedagogía y se convirtió en maestra, pero no dejó de misionar. Utilizaba los periodos vacacionales para ello. En Semana Santa acudía a distintos lugares para organizar las procesiones o las adoraciones al Santísimo.

En un determinado momento, decidió buscar fortuna en España. Para crecer y ayudar a sus padres. Y lo consiguió. Durante cuatro años trabajó como técnico en Cáritas Diocesana de Tarazona. Aquello que hacía gratis en Ecuador, era un trabajo remunerado en España. Visitaba las comunidades y ofrecía a los voluntarios formación en doctrina social de la Iglesia. Y fue en el contacto con estos voluntarios que descubrió a una mujer, una mujer que sabía todo lo que ella explicaba y cuyo testimonio le impresionaba. Así que un día le preguntó cuál era su secreto. Era sierva seglar de Jesucristo Sacerdote. 

Atraída por este carisma y modo de vida, dejó el trabajo y se trasladó a Madrid para iniciar su formación, que la llevó también a los estudios teológicos en la Universidad Pontificia Comillas. Y con ello a una importante labor pastoral y de promoción humana, que se extiende desde una vivienda formada por la unión de tres pisos pequeños en uno de los barrios más humildes y con más problemas de Madrid: Puente de Vallecas. Una casa, en un bloque, que lleva el solemne nombre de Cenáculo de Formación Vocacional y que no es más, ni nada menos, que un hogar, un refugio, un lugar de oración, una escuela, una casa… Los metros cuadrados que ocupan se quedan pequeños para las personas que pasan por allí. Y las mujeres que la habitan son sin serlo madres, hermanas, abuelas, consejeras, maestras…

Compartir la fe y la vida

Desde allí, en la avenida de Buenos Aires, donde acude y vive tres días por semana, Tania Quilambaqui comenzó a trabajar a través de una parroquia cercana con migrantes hispanoamericanos. De esto hace ya en torno a quince años. Primero empezaron con refuerzo escolar. Las familias trabajaban de sol a sol y los niños se quedaban solos, algunos encerrados, en casa. Luego se les fue anunciando el Evangelio y mostrando que la parroquia era su casa. Y volviendo a una propuesta del fundador de las Siervas, relanzaron el Movimiento Apostólico Sacerdotal. Un grupo de jóvenes y familias que rezan por la santidad de los sacerdotes y, a la vez, descubren el sacerdocio real del que participan como bautizados. Hay Misa el domingo, reunión todos los sábados, retiros trimestrales, reuniones mensuales con las familias y hasta un campamento en verano. Ahora, desde hace poco, también un coro parroquial. Y mucha vida, porque compartir la fe lleva consigo implicarse en los problemas de los chicos y de sus familias. Por cierto, familias que, al ver cómo habían cambiado sus hijos, preguntaron, como había hecho Tania ante aquella sierva, qué estaba sucediendo. Un total de 18 están hoy consagradas al Corazón Sacerdotal de Jesús.

Pero volvamos al compartir la vida y los problemas, porque la realidad del barrio no es nada fácil para los jóvenes, tentados muchas veces por la violencia, las bandas o las drogas. Sumidos en una pobreza que les mete en un círculo vicioso del que es muy difícil salir. Las familias navegan entre trabajos y sueldos precarios, y apenas pueden costearse el alquiler de una vivienda. Cuenta Tania que hay casos en los que tres familias conviven en un mismo piso. Que ellas mismas han tenido que acoger, en este Cenáculo, en el que nos recibe, a una madre y a sus dos hijos porque los habían echado o avalar a una familia para que le alquilasen un apartamento. Aquí se ha criado una niña hasta los 14 años, precisamente la edad a la que su madre la dio a luz. «Intentamos ofrecer a los chicos una visión cristiana del hombre, porque en el barrio hay muchas opciones y algunas muy malas. También queremos romper ese círculo vicioso del fracaso y la frustración. Hay que decirles que sí pueden, cada uno según sus capacidades, pero que sí pueden», explica Quilambaqui, apoyada sobre la mesa en la que ha compartido tantas experiencias en ese hogar abierto. Tan abierto que siempre hay una sierva para atender al telefonillo —Vicenta, de 80 años, lo hace generalmente—. Si alguien quiere respirar, necesita refugio, rezar o hablar… el Cenáculo no cierra.

Su carisma, dice, tiene mucho de contemplación, de ojos abiertos para identificar lo que está pasando, para detectar y denunciar, como ya lo han hecho, abusos en familias, para reconducir situaciones de violencia o acompañar con discreción auténticos dramas. «Si no te pones de rodillas a rezar, esto te consume», sentencia.

Después de 15 años, ahora están centradas en las familias. Los niños se han hecho mayores, algunos de ellos se han convertido en monitores, y no han entrado nuevos, pues en la parroquia hay otros lugares para ellos. «Parte de la cuestión vocacional es darles herramientas para que asuman un liderazgo, para que se den cuenta de que tienen algo que transmitir», añade.

Ahora, Tania vive entre Vallecas y la residencia del cardenal Antonio María Rouco Varela, donde lleva la Secretaría. Además de este trabajo, coordina la pastoral del Cenáculo y se encarga de la formación de las aspirantes y de las siervas con votos temporales. No hay casi tiempo en su jornada. De hecho, reflexiona sobre ello: «A veces me preguntan cómo hago, por ejemplo, para vivir en castidad y sin pareja. Cuando la vida está entregada, la castidad, la pobreza y la obediencia van sobre ruedas. No hay tiempo para mirarse el ombligo». También reconoce que el mejor modo de dar testimonio como cristiana o como sierva es la fraternidad. «Solamente si te metes en harina eres creíble. Tienes que gastar la vida. En caso contrario, eres una señorita. », explica.

Vuelvo al principio y retomo la cuestión de venir a España a por una vida mejor. Y pregunto a Tania si esta es la vida mejor y si lo volvería a hacer. Sin titubear, responde: «Sí, y mil veces sí. Es lo que da sentido a mi vida». 

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