Los obispos participantes en el Holy Land Co-ordination ponen en valor «la fe y la firmeza» de los cristianos locales e insisten en la vía de los dos Estados
Pese al conflicto entre Israel y Palestina, obispos de todo el mundo se han vuelto a congregar en el corazón de Tierra Santa para celebrar el encuentro anual de la Holy Land Co-ordination. Bajo el lema Una Tierra de Promisión: Encuentro y Diálogo con Personas de Esperanza, la visita ha trascendido la simple diplomacia para erigirse en toda una peregrinación que busca, entre otras cosas, tomar el pulso a la realidad de las «piedras vivas», esos cristianos que permanecen en la tierra de Jesús pese al dolor y la incertidumbre.
Este 2026, la Iglesia que peregrina en España estuvo representada por el arzobispo-obispo emérito de Urgel, monseñor Joan Enric Vives, quien fue testigo de un escenario marcado por las cicatrices del conflicto. Según explica, la realidad que se han encontrado los prelados está inevitablemente vinculada a los atentados terroristas de Hamás del 7 de octubre de 2023: «Marcan para Israel, especialmente, un antes y un después, pero también para toda la comunidad palestina, no solo de Gaza, también de Cisjordania». El trauma es bidireccional: mientras la sociedad israelí lidia con una vulnerabilidad que creía superada, la población palestina sufre un aislamiento que la está asfixiando.
En la citada Cisjordania, los obispos visitaron comunidades beduinas que encajan perfectamente en el concepto «periferias», si bien están cada vez más presionadas por los asentamientos de colonos. El sentimiento de abandono, aquí, es generalizado. Ante la pregunta de la Iglesia sobre quién escucha su clamor, la respuesta es desgarradora: «Nadie nos ve».
Los afectados sufren una batalla silenciosa más allá de la violencia directa: la guerra económica. Sami El-Yousef, director ejecutivo del Patriarcado Latino de Jerusalén, describe con crudeza el impacto en las comunidades cristianas que dependen de los flujos de visitantes. «Se han visto gravemente afectadas por el colapso del turismo y las peregrinaciones», dice a ECCLESIA.
Tampoco se puede pasar por alto la cancelación de permisos de trabajo a unos 270.000 palestinos que antes operaban en Israel, lo que, en palabras de monseñor Vives, se traduce en «hambre para las familias». La Iglesia ha tenido que salir al paso de esta crisis no solo como guía espiritual, sino como auténtica red de supervivencia. De este modo, el Patriarcado Latino ha expandido sus programas humanitarios, lanzando proyectos de creación de empleo, becas escolares y distribución de alimentos, en un intento de que la precariedad no desemboque en un éxodo masivo que vacíe de cristianos la región.
La situación en Gaza
Entretanto en Gaza la situación alcanza ahora mismo niveles de catástrofe humanitaria. La parroquia de la Sagrada Familia se ha convertido en hogar improvisado de cientos de personas que lo han perdido todo, como narró a los obispos Gabriel Romanelli, el párroco. «En el momento actual, hay todavía unas 460 personas refugiadas en la Iglesia, ya que la mayoría perdió sus hogares. Hemos cubierto todas sus necesidades desde el comienzo de la guerra», actualiza Sami El-Yousef.
Los participantes también pudieron conocer de primera mano uno de los datos más sorprendentes sobre la situación en Tierra Santa: la desproporción entre el peso demográfico de los cristianos y su impacto social. Pues, aunque representan apenas entre el 1 % y el 2 % de la población, los fieles a Jesucristo sostienen aproximadamente el 45 % de los servicios sociales en Palestina. Estas instituciones son el «esqueleto» de la presencia cristiana.
«¡Este es el orgullo de la Iglesia local!», exclama al respecto El-Yousef, subrayando que estos servicios se prestan a todos los ciudadanos por igual, sin distinción de credo o etnia. Monseñor Vives coincide en el incalculable valor de que estas escuelas y hospitales «no discriminan a nadie», convirtiéndose en auténticos oasis de convivencia.
No resulta complicado imaginar, por tanto, que la desaparición de la comunidad cristiana de Palestina sería mucho más que una pérdida demográfica, un desastre moral para Oriente Próximo. El-Yousef lo explica de manera muy elocuente: «Si los cristianos se marcharan, el lenguaje de la tolerancia, la convivencia, el perdón, la paz, el amor y el compartir desaparecerían, y serían totalmente reemplazados por el lenguaje de la destrucción, la matanza y la venganza».
Pese a los «muros» psicológico y físico que separan a israelíes y palestinos, la Holy Land Co-ordination ha identificado «brotes de esperanza», encarnados en personas y organizaciones como los Rabinos por los Derechos Humanos o las fundaciones de diálogo mutuo, que trabajan incansablemente para no deshumanizar al adversario.
Porque la Iglesia insiste en que «la solución política debe ser justa y duradera». Esto tiene que ver, abunda Vives, con que cada pueblo cuente con su propio Estado, así como que Jerusalén tenga un estatuto interncaional, «que la proteja para que los fieles de las tres religiones puedan entrar y salir con libertad», evitando que la ciudad santa sea absorbida por una sola identidad.
En su comunicado final, los obispos participantes instaron a los gobiernos del mundo a ejercer presión sobre Israel para que respete el derecho internacional y se reanuden «las negociaciones hacia una solución de dos estados». Y, como mensaje a los laicos, recordaron «la seguridad para los peregrinos extranjeros está garantizada».
Por último, Vives sentencia que nuestra identidad como cristianos está ligada indisolublemente a los Santos Lugares: «Hemos de permanecer. ¿Por qué? Porque cada cristiano ha nacido en Tierra Santa. Nuestro bautismo fue, de alguna manera, en las aguas del Jordán. Somos ciudadanos de esta tierra también». Porque la Iglesia quiere permanecer firme en un lugar donde abunda el dolor, quedarse en la profundidad de la herida para ser «sal de la tierra» y «luz del mundo», siendo Evangelio vivo en el lugar donde fue anunciado por primera vez.








