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Bienaventurados los que trabajan por la paz: ante los acontecimientos de Torre Pacheco y Piera

Xabier Gómez, OP es obispo de Sant Feliu de Llobregat y responsable de Migraciones e Interculturalidad de la CET

Los recientes acontecimientos como la quema intencionada de una mezquita a punto de ser inaugurada en Piera (Barcelona) o la respuesta violenta de linchamiento orquestada tras una execrable agresión a un vecino de Torre Pacheco (Murcia), son motivo de profundo dolor, pero también de reflexión creyente. Como obispo y como ciudadano no puedo sino alzar la voz desde el Evangelio y la Doctrina Social de la Iglesia ante lo que no ha de pasar desapercibido: la creciente instrumentalización del dolor y el miedo para alimentar discursos que siembran división, odio y sospecha hacia personas migradas, muchas de las cuales han llegado a nuestras tierras buscando lo que todo ser humano anhela: dignidad, paz y oportunidades. Los datos sobre los beneficios económicos y sociales de la migración en España son incuestionables, y debido a nuestro lamentable invierno demográfico sabemos que necesitaremos más. Quien lo oculte o lo niegue, sencillamente miente.

Basta de cinismo, de armar palabras y argumentos, de una cultura del enemigo entre adversarios políticos, entre vecinos o entre población precarizada. Basta de desconexión de muchos dirigentes respecto al fondo de los problemas reales, sean vinculados a algunos aspectos de la migración, como sobre el mucho más urgente problema del acceso a la vivienda y al trabajo digno para todos, todos.

Al paso que vamos, quizás algunos propongan solucionarlo deportando a quienes tienen más de una propiedad o a quien alquila el piso a extranjeros —la mayoría, turistas—, ah, que estos dejan dinero. Entonces, ¿cuál es el problema?, ¿extranjeros sí, pobres no? Pues vayamos a atajar lo que cronifica la pobreza y la desigualdad en nuestros barrios o territorios, pero rechacemos todo tipo de violencias o linchamientos. Lo dice alguien que sufrió bullying muchos años y, por eso, no está dispuesto a ceder a esa cultura de matonismo verbal o físico en ningún ámbito.

Ni los actos delictivos de autóctonos o extranjeros ni las respuestas violentas surgen en el vacío. Para ambos casos existen las leyes. Pero en ningún caso deberían convertirse en coartada para alimentar la generalización injusta, que criminaliza a todo un colectivo por las acciones individuales de unos pocos. Es profundamente contrario al Evangelio reducir a la persona migrada a un «problema», un «peligro» o un «enemigo».

Detrás de lo que provoca estas tensiones hay un sistema de acogida que, en muchísimos casos, está fallando en su dimensión más humana e integral. En especial, la situación de los menores migrados no acompañados es una herida abierta en nuestra sociedad. Sin un acompañamiento integral para que puedan aprovechar el tiempo de protección o tutela del Estado, sin redes que les sostengan, sin caminos de integración, ¿no los empujamos a la marginalidad? Cáritas y las entidades de acogida de la Iglesia lo saben bien y lo viven cada día trabajando además sin afán de lucro: solo desde una atención integral, personalizada y comunitaria, con arraigo y esperanza, con leyes adecuadas, se dan las bases para la integración de las personas, se construyen puentes en lugar de muros.

Como Iglesia, como creyentes, no podemos contribuir al discurso del odio, ni con nuestras palabras ni con nuestros silencios, ni con nuestros móviles o redes sociales. Lo ha dicho el papa León XIV: «Jesús no es un muro que separa, sino una puerta que nos une… las ideas pueden enloquecer y las palabras matar».

Vivimos un tiempo preocupante, pero algunos quisieran que la percepción de peligro fuese aún mayor. Como en los años 20 del siglo pasado, se extiende una orquestada y globalizada manipulación político-social que convierte al extranjero pobre en chivo expiatorio, útil para cosechar votos al precio de romper la convivencia. Se miente o se exagera. Pero si todo ese colectivo de personas migradas trabajadoras, la mayoría ya bien integrada, pero sobre todo los que se ven obligados a trabajar desde la irregularidad para sobrevivir, pudieran permitirse hacer una huelga general, el país entero se paralizaría.

Preguntémonos: ¿quién gana cuando se envenena la percepción colectiva y se alimenta el miedo? ¿A quién está beneficiando políticamente al pim pam pum al migrante? Pues esos son parte de un grave problema social y democrático que responde a una estrategia de diseño de un modelo totalitario y de «limpieza social» favorecido por una masa de población, sobre todo la más joven, que consume acríticamente algoritmos y datos envenenados, pero no busca verdades. Y tienen derecho a la verdad.

Primero están yendo contra los migrantes, señalando los «aceptables» y los «inaceptables», en el fondo los más pobres, luego serán otras minorías, luego todos los que discrepen de la visión que buscan imponer. ¿No se percibe esto ya en algunos países? Lo peor es que estas ideas están arrastrando y empiezan a arraigar entre cristianos. Ya lo decía san Juan Pablo II, «la cultura de la muerte ignora la santidad y la dignidad de cada vida» y tiene más propagandistas y altavoces poderosos que la cultura de la vida. En el compromiso que trabaja por la paz, evitemos idealizar, criminalizar y generalizar. Reflexionemos con calma, reclamemos ante desafíos estructurales, que son viables, soluciones no simplistas que sean acordes con la ley, la justicia, la paz desarmada y desarmante, la dignidad humana y el bien común. Alentar el matonismo o la imposición del más fuerte, ya sea de palabra, obra u omisión, nunca hace grande una sociedad ni a la persona, sino que la deshumaniza.

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