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Trabajo decente: derecho, dignidad y compromiso

Queridos hermanos:

En esta semana en la que se han dado el relevo los meses de abril y mayo, se han celebrado dos jornadas de marcado carácter laboral, que nos invitan a pensar en la dignidad del trabajo y en el derecho a tener un trabajo digno: el Día internacional de la Salud y de la Seguridad en el trabajo, el pasado 28 de abril, y el Día Internacional del Trabajo, el 1 de mayo, bajo el patrocinio de San José Obrero y con el lema “Ante la exclusión, trabajo decente”.

Es, sin duda, una ocasión singular para acercarnos al mundo obrero hoy, y para intensificar la oración por los que no tienen trabajo o el trabajo que tienen no es “decente”, por los que han caído en la pobreza, al no contar ya con ninguna ayuda social, por los que se ven obligados a realizar trabajos inhumanos, y por quienes han perdido la vida debido a la siniestralidad laboral.

Con el trabajo las personas desarrollamos nuestras potencialidades, contribuimos al bien común y colaboramos en la creación, en el cuidado de la casa común que Dios ha regalado a la humanidad y nos asociamos «a la obra redentora de Jesucristo, quien dio al trabajo una dignidad eminente trabajando con sus propias manos en Nazaret» (GS 67).

Toda persona tiene derecho a un trabajo digno, y en ese trabajo digno entra de lleno el que puede desarrollarse en unas adecuadas condiciones que ofrezcan unas fuertes condiciones de seguridad. El trabajo debe cuidar la vida de quienes lo realizan. Sin embargo, las estadísticas nos descubren un doloroso drama: el pasado año, según el Ministerio de Trabajo, fueron 735 las personas que perdieron su vida en accidentes laborales, que sumadas a las de años anteriores, ha elevado el número de muertes laborales a 30.129, en las tres últimas décadas.

Por otro lado, están las consecuencias de ciertos trabajos que no son protegidos con adecuadas medidas de seguridad e higiene y que con el paso de los años van minando la salud de los trabajadores y de las trabajadoras, limitando su esperanza de vida, porque no se les ayudó a protegerse adecuadamente en su labor diaria. En ocasiones, estas consecuencias no son, o no son solamente físicas, sino también mentales. Cada vez es mayor el número de patologías psicológicas asociadas a un conjunto de diversos factores individuales, familiares, comunitarios y estructurales que pueden combinarse para debilitar la salud mental. Las depresiones, el estrés no bien encauzado, entre otras, son enfermedades que limitan el bien hacer y, lo más importante, el bien vivir de las personas.

Por eso, hay que ser conscientes de la necesidad de procurar una adecuada protección de los trabajadores, de todos los trabajadores, también de las personas inmigrantes, que a menudo se ven obligadas a aceptar condiciones más duras y peligrosas. A esto se suma la escasez de vivienda asequible que es uno de los factores determinantes de la exclusión.

Renovemos nuestro compromiso con el derecho a un trabajo decente en condiciones justas que respete la dignidad de cada persona, independientemente del lugar de origen.

Que por intercesión de San José «todos los hombres posean un trabajo digno, que ennoblezca su condición humana y les permita vivir más unidos, sirviendo a sus hermanos» (Misa por la santificación del trabajo humano).

Con mi bendición.

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