Queridos hermanos:
El próximo día 7 de octubre se celebra la Jornada Mundial por el Trabajo Decente, con el lema “Trabajo decente, derecho, no privilegio”. La Iglesia está vivamente comprometida en la defensa de la dignidad de las personas trabajadoras (san Juan Pablo II, Laborem exercens, n. 8). En España, la plataforma “Iglesia por el Trabajo Decente” es una coalición de organizaciones católicas que vehicula este compromiso eclesial en defensa del trabajo en condiciones dignas.
La mentalidad del mercado imperante en nuestra sociedad tiende a ver el trabajo como una mercancía que se compra y se vende. Pero el trabajo es una actividad humana inseparable de la persona que lo realiza. Por eso, esa forma de pensar corre el peligro de valorar a las personas por el precio de su trabajo, por lo que rinden, por su cualificación, por encima de su dignidad. El trabajo humano no es el de una máquina. Para la persona, su trabajo es una forma de relacionarse con los otros y con el mundo. Y, como tal, es no tiene precio.
El trabajo digno es aquel que respeta la dignidad de la persona y no se valora solo por la eficacia y la eficiencia, el rendimiento o la cualificación; el trabajo digno ofrece un salario que permita vivir y sacar adelante la familia, crea entornos amigables y seguros, sin discriminaciones.
Esta Jornada nos invita a centrar especialmente la mirada en las situaciones de mayor vulnerabilidad y precariedad en el mundo del trabajo. Y muy particularmente en las personas migrantes que, a pesar de todo lo que aportan, no siempre encuentran acogida y reconocimiento. Con frecuencia asumen los empleos más precarios, sobre todo cuando se ven abocados a una situación administrativa irregular. La población migrante y migrada soportan los mayores índices de desempleo y de subempleo, tiene menor acceso a los servicios sociales -cuando no le están vetados- y sufre señalamiento social.
El día 5 de octubre es la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado: “Migrantes misioneros de esperanza” es el lema. En nuestra diócesis se celebrará el día 12 de octubre con una Eucaristía en Ntra. Sra. de Guadalupe de Cáceres a las 12:30 h.
Las migraciones son un hecho estructural de esta época globalizada en que vivimos, un signo de los tiempos. Para hacerse una idea de lo que representa basta asomarse al informe de la ONU: casi 304 millones de personas eran migrantes internacionales en 2024, lo que representa aproximadamente el 3,7% de la población mundial; y 42,7 millones eran refugiados. Cantidades que sumadas superan la población de Estados Unidos en 2024 y son siete veces la de España. Es un fenómeno mundial irrefrenable y que necesita una respuesta global y humanitaria.
Los países del tercer mundo también forman parte de la aldea global. No es justo tenerlos en cuenta para los recursos y materias primas, incluirlos como consumidores en el mercado mundial, recibir la mano de obra, pero luego cerrarles el acceso para que no se beneficien del sistema global al que contribuyen. El primer mundo les enseña su bienestar y sus logros en los medios de comunicación sin fronteras, pero les impide que puedan disfrutarlos. Su prioridad es preservar la seguridad del sistema para el cual la movilidad humana es una amenaza. Llama la atención que los migrantes sin papeles se vean obligados a pasar dos años como ilegales, antes de que puedan acceder a regularizar su situación. Si los van a regularizar al final, ¿para qué dilatar dos años de vulnerabilidad a la intemperie de la legalidad?
Esta sociedad a veces pone por delante del sustantivo de persona el calificativo de migrante. Para nosotros los cristianos, son hermanos antes que migrantes. No nos basta con atender necesidades emergentes; es preciso acogerlos e integrarlos en nuestras parroquias y comunidades. Ser católico significa ser universal y la fe ha sido la primera globalizadora.
La experiencia de nuestra diócesis y de otras muchas es que los migrantes son personas esperanzadas. A veces es lo último y lo único que les queda. Han dejado atrás sus casas, sus tierras, incluso sus padres, sus mujeres y sus hijos. Y han llegado hasta nosotros sostenidos únicamente por la esperanza. Cuando tratamos con ellos, queda al descubierto la indiferencia y la falta de motivación que impera en nuestra sociedad acomodada. Ellos renuevan y dan aliento a nuestra Iglesia del viejo continente.
El día 7 de octubre, tendremos una concentración por el Trabajo Decente en la Plaza Mayor de Cáceres a las 20h, y a continuación, a las 20:30h, en la iglesia parroquial de San Juan Bautista de Cáceres, una Vigilia de oración para pedir al Señor por esta intención. Y el día 25 de octubre, en la parroquia de Guadalupe de Cáceres, tendrá lugar la presentación de la Exhortación pastoral de la Conferencia Episcopal Española “Comunidades acogedoras y misioneras”, en la que se establece el marco de la acción de la Iglesia en España con las personas migrantes.
Con mi bendición,







