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Tras las huellas de la fe cristiana en Egipto

ECCLESIA recorre los caminos por los que transitó la Sagrada Familia, visita los lugares clave de la evangelización del país y sube al monte Sinaí

Los egipcios cuentan con orgullo que el Niño Jesús se alimentaba de los dátiles cultivados en las fértiles tierras del Nilo, ya que, según la tradición, la Sagrada Familia permaneció unos cuatro años en Egipto. Han custodiado estas historias como un tesoro durante 20 siglos porque, desde que san Mateo relatara en su Evangelio la huida a Egipto, nada se volvió a saber de la infancia más tierna de Jesús.

No solo los cristianos han preservado la memoria de esos acontecimientos. También los musulmanes. Lo comprobamos enseguida de la mano de Haitam, nuestro guía de la agencia Exotic Tours and Travel. Es un egiptólogo capaz de desgranar el misterio más recóndito de las pirámides y leer el detalle en un icono de san Juan Bautista o las costumbres de los cristianos locales. «Las Misas suelen estar más llenas los viernes que los domingos», nos cuenta. En Egipto, con una población de unos 90 millones de musulmanes entre 110 millones de habitantes, el viernes es jornada de descanso laboral y escolar.

Necesitaríamos semanas para emular el viaje de la Sagrada Familia, pero intentamos seguir sus huellas en algunos lugares. Desde Jerusalén arribaron al norte del Sinaí y poco a poco alcanzaron el este del delta del Nilo. Dentro del actual El Cairo, una urbe descomunal de más de 25 millones de almas, nuestro vehículo se detiene al borde de una carretera. Entre angostas calles accedemos a una plaza donde se encuentra la iglesia de la Virgen María en Mostorod o Al Mahama. Agotada por el camino, la Sagrada Familia se detuvo en este lugar, donde la tradición asegura que Jesús, con su manita, escarbó la tierra y brotó agua. Así, María pudo bañarlo. Hoy en día, muchas personas recogen el agua que mana aún de ese pozo.

La transmisión oral a lo largo de los siglos ha dibujado el recorrido de la familia que cruzó continuamente de una a otra orilla del Nilo. En el oeste del delta, recalaron en Wadi Natrun, a unos 90 kilómetros de El Cairo. Cuna de distintos monasterios, el más importante es el de San Macario. Lo conocemos de la mano de uno de los monjes coptos que lo habita. En el complejo se conserva una parte de las reliquias de san Juan Bautista y del profeta Eliseo.

Abandonamos el desierto para volver sobre nuestros pasos y resguardarnos a la sombra del llamado Árbol de María, que sobrevive desde entonces. Es el sicomoro de Al Matariyya, situado en la antigua Heliópolis, una ciudad cuajada de templos. Cuentan que las estatuas paganas iban cayendo al paso de la Sagrada Familia. Los habitantes de la ciudad, al verlos, quisieron echarlos. Ni siquiera daban pan a María cuando iba a pedirlo. Se dice que entonces el pan dejó de fermentar en toda la ciudad. La Sagrada Familia se detuvo a descansar bajo el sicomoro. María bañó allí al Niño y de esa agua nacieron plantas aromáticas.

La iglesia de Santa María de Zeitoun está llena. Es martes y muchos fieles no paran de poner velas ante la imagen de la Virgen que se apareció sobre su cúpula. Fue un musulmán quien vio la aparición en 1968. Pensó que era una monja que quería suicidarse. Las apariciones, que la Iglesia copta certificó como verdaderas, se sucedieron durante tres años. Los fieles siguen acudiendo a esta iglesia para pedir intercesión a la Virgen, que también pasó por Zeitoun cuando intentaba proteger la vida de su niño.

El llamado barrio copto del Viejo Cairo encierra entre sus calles otras paradas del camino de la Sagrada Familia. Entre sus muros, hay, además, una sinagoga, llamada de Ben Ezra, que se habría edificado donde se halló la canastita en la que Moisés fue arrojado al Nilo. Aquí, la Sagrada Familia vivió en lo que hoy en día es la iglesia de San Sergio y San Baco. Los relatos aseguran que estuvieron aquí tres meses en una cueva subterránea. El templo, conocido también como Abu Serga, se edificó sobre ella. Recorremos las calles visitando otras iglesias como la de San Jorge, la de Santa Bárbara o la famosa Iglesia colgante, donde nos detenemos en Misa con nuestros hermanos coptos.

Después de ese tiempo, la Sagrada Familia decidió atravesar el río para recalar en la antigua Menfis. Partieron desde Al Maadi en un bote. Al entrar a la iglesia de la Virgen María, junto a la orilla, nos embriaga un perfume a incienso y mirra. Se dice que san José, gracias a estos dones de los Reyes Magos, pudo costear la huida a Egipto. Una capilla lateral alberga un precioso icono de la Virgen María, las que podrían ser reliquias de los santos inocentes y una Biblia. En 1976 apareció flotando sobre las aguas, abierta por un pasaje de Isaías, que dice: «El Señor del universo los bendice diciendo: “Bendito mi pueblo, Egipto”».

Nuestro viaje termina en esta orilla. A través de estos contados lugares, no todos los que pisó la Sagrada Familia, es posible hacerse una idea de las vicisitudes por las que pasaron. Se estima que vivieron unos seis meses más en el sur de Egipto hasta que tuvieron noticias de la muerte de Herodes y emprendieron el camino de vuelta, probablemente navegando río arriba para llegar cuanto antes.

La primera comunidad cristiana de Egipto

Nos alejamos de ese camino para visitar una ciudad casi mítica, Alejandría. Es imposible no pensar en su biblioteca, su puerto, su majestuoso faro y el crisol de culturas que propiciaba el próspero comercio mediterráneo. Alejandría además conserva la memoria misma de la evangelización de Egipto de la mano de san Marcos y de mártires como santa Catalina.

Lo comprobamos en la catedral que lleva el nombre del evangelista. Está rodeada de un enorme dispositivo de seguridad, pues en 2017 un suicida afiliado al Estado Islámico se inmoló llevándose por delante a 17 personas. Faltaban apenas 20 días para que el papa Francisco visitara el país. En la entrada, las fotos de los asesinados, también vigilantes musulmanes, recuerdan la persecución de aquellos años de los fundamentalistas contra los coptos. Este templo, entre calles abigarradas, está en el origen del cristianismo en Egipto. La iglesia se levanta en el lugar donde, en el siglo I, san Marcos fundó la primera comunidad cristiana. Allí se conserva la cabeza del evangelista, que fue martirizado en esta ciudad. En El Cairo hay otra parte de estas reliquias. En el siglo IX fueron robadas por marineros venecianos, quienes levantaron la basílica de San Marcos en Venecia para protegerlas. En 1968, Pablo VI devolvió parte del cuerpo a los coptos como signo ecuménico.

La sangre de los cristianos no ha dejado de derramarse a lo largo de los siglos y, prueba de ello, es santa Catalina de Alejandría, conversa del siglo IV asesinada por el emperador Majencio por no querer renegar de Cristo. Catalina, mujer docta, convirtió al cristianismo a todos los sabios a los que el emperador mandó a debatir con ella. Su figura se venera en lugares como la catedral católica que lleva su nombre y que es la sede del vicariato apostólico latino de Alejandría.

Al encuentro de Moisés

Después de unas seis horas en coche, dejamos la historia de la Sagrada Familia para retroceder al Antiguo Testamento. Vamos al encuentro de Moisés en el Sinaí, pasando de la parte africana de Egipto a la parte asiática. Impresiona circular por esta carretera bordeando el mar sabiendo que el pueblo de Israel hizo un recorrido similar, porque Moisés caminó siguiendo la costa del mar Rojo. 

En pocas horas, subiremos el monte Horeb para llegar al lugar donde Moisés recibió de Dios las Tablas de la Ley y donde pasó 40 días, mientras el pueblo de Israel adoraba al becerro de oro. Pero subiremos solo una vez, no dos como hizo Moisés, porque no es un paseo. Ascenderemos a 2.285 metros de altitud sobre el nivel del mar. 

Nuestro guía beduino, Eid, que conoce de memoria el sendero, nos ha convocado a las dos de la mañana para ascender de madrugada y evitar el calor. Los controles son exhaustivos. Como en otros lugares en este país, nos solicitan el pasaporte. Es noche cerrada, pero la luna ilumina nuestros pasos. Se camina en zigzag y son aproximadamente cuatro kilómetros de subida. Existe la posibilidad de ascender en camello por poco dinero, pero hasta un determinado punto. El animal no puede continuar cuando comienzan los estrechos 750 escalones que marcan el final de la ascensión.

La que pisamos es tierra milenaria. Santa Elena, la madre de Constantino, fue la primera que mandó construir una capilla en este monte fundamental para las religiones abrahámicas. En el siglo VI, el emperador Justiniano fundó el actual monasterio, que se llamó monasterio de la Transfiguración y que, visualmente, parece una fortaleza. Desde entonces, allí han vivido monjes grecortodoxos, convirtiéndose en el convento más antiguo del mundo habitado de forma continua. En torno al siglo IX, según la tradición, los ángeles trasladaron las reliquias de santa Catalina desde Alejandría hasta el Sinaí. Allí las encontraron los monjes. Ellos construyeron los 750 escalones que subimos en esta noche estrellada. Así, llevaron las reliquias de la santa al monasterio que, desde entonces, se llama monasterio de Santa Catalina. 750 escalones después, vemos amanecer desde aquel lugar en el que Dios habló a Moisés. 

El monasterio alberga la segunda colección de códices y manuscritos más grande e importante del mundo, solo por detrás de la Biblioteca Vaticana. Pero en Santa Catalina hay algo más: la zarza ardiente. Santa Elena construyó allí la capilla para proteger la zarza. Es la única planta de este tipo en toda la zona y nunca ha podido plantarse un esqueje en otro lugar de la península. Observar la planta mientras se repasa el capítulo 3 del Éxodo es realmente una experiencia mística. El viaje a Egipto, donde el Antiguo y el Nuevo Testamento se dan la mano en una misma tierra, también santa, nos ha ayudado a completar la historia de nuestra fe.

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