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Tú, Señor, eres mi esperanza

IX Jornada Mundial de los Pobres

Queridos hermanos:

Este domingo 23 de noviembre celebramos la festividad de Jesucristo Rey del Universo. El evangelio de san Lucas nos presenta este año a Jesús en el trono de la cruz rodeado de dos malhechores a modo de corte, uno a su derecha y otro a su izquierda. El letrero que Pilato colocó sobre el madero reza: “Este es el Rey de los judíos”. En la cruz, cubierto de salivazos e insultos, burlado y ultrajado, se revela al máximo el Reino de Dios, su soberanía y su poder salvador.

Es una representación del juicio final. Desde la cruz Jesús juzga al mundo: unos a su derecha y otros a su izquierda. El buen ladrón, que sufrió con Cristo la pasión, escucho la voz del Señor que decía: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo” (Mt 25, 34), porque estuve crucificado y tuvisteis compasión de mí. El otro malhechor hacía coro con los que le crucificaban y le zahería con sus palabras: “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros” (Lc 23, 39).

A la vista de la injusticia que cometían con Jesús, el ladrón bueno se convirtió y confesó su maldad: “Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo” (Lc 23,41). Y desde la cruz tuvo valor para dar la cara por Jesús y salir en su defensa cuando todos le atacaban. Jesús había dicho: “A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos” (Mt 10, 32). Y, a pesar de su vida anterior, probablemente, delictiva y perdida, recibió la promesa: “Te lo aseguro: hoy [mismo] estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23,43). La cruz da lugar a una conexión inmediata entre el cielo y la tierra, a pasar inmediatamente de uno a otro, a ver y tocar con la mano la gloria: “Estoy viendo al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios» (Hech 7,56), decía san Esteban protomártir cuando iba a ser apedreado, contemplando ya el cielo abierto para él.

Si no cerramos los ojos ante la inequidad que sucede a nuestro alrededor, ante los muchos cristos que sufren inocentemente en nuestros días, si no callamos ni permanecemos indiferentes, también nosotros nos convertiremos reconociendo nuestro pecado. San Pablo nos dice que es doctrina segura: “Si morimos con él, también viviremos con él; si perseveramos, también reinaremos con él” (2 Tim 2, 11-12). Estas palabras que se hicieron realidad por primera vez en el buen ladrón valen también para nosotros.

El pasado fin de semana, se han celebrado en Cáceres y en Coria unas Jornadas de “Sostenimiento” en las que se ha tratado sobre los recursos pastorales necesarios para que la Iglesia pueda realizar su misión. El sostenimiento de la Iglesia no es una cuestión principalmente económica, sino sobre todo de personas que se comprometen con los demás y ponen sus cualidades al servicio de los otros.

Repasando la memoria de actividades de nuestra Diócesis, que recoge la labor de la Iglesia y lo que aporta a la sociedad, uno no puede más que admirarse de la cantidad de personas que, quizás contra corriente, entregan su tiempo, su descanso o su entusiasmo a Dios y a los hermanos. Tanto en el campo de la pastoral, como de la solidaridad con los pobres, los enfermos, los presos, los mayores solos, los niños… Hay vida, hay avances y logros, hay entusiasmo. No hablo por hablar. La visita pastoral que estoy realizando me permite poner cara y nombre a catequistas, voluntarios en los hospitales, la cárcel, las residencias, sacristanes, lectores, religiosas, coros, sacerdotes…

Gracias, muchas gracias a todos por ponernos del lado del buen ladrón en el juicio final.

Con mi bendición.

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