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Ucrania en el corazón: las notas de agenda del viaje del limosnero apostólico

El limosnero apostólico, Luis Marín de San Martín, OSA comparte en ECCLESIA las notas de agenda de su reciente viaje a Ucrania, una visita que discurrió entre el dolor y la esperanza de un pueblo herido

El sufrido pueblo ucraniano habita en el corazón del Santo Padre. Sobre la guerra en Ucrania, el Papa ha sido especialmente contundente: «¡Cuántas víctimas, cuántas vidas y familias destrozadas, cuánta destrucción, cuánto sufrimiento indecible! En verdad, toda guerra es una herida infligida a toda la familia humana: deja tras de sí muerte, devastación y una estela de dolor que marca a generaciones». Tal cual. Por eso León XIV alza su voz en un contundente y reiterado llamamiento por la paz: «Que callen las armas, que cesen los bombardeos, que se llegue sin demora a un alto el fuego y que se refuerce el diálogo para abrir el camino a la paz» (Alocución tras el rezo del ángelus, 22 de febrero de 2026).

Personalmente, yo tenía muchas ganas de realizar este viaje a Ucrania. Lo he considerado una exigencia de caridad, a la que he querido responder en cuanto me ha sido posible. Un viaje intenso, muy sobre el terreno, con dos objetivos fundamentales: primero, llevar al pueblo ucraniano la cercanía del Santo Padre y hacerles sentir que no están solos; también conocer la situación y las necesidades urgentes tras casi cinco años de guerra para reforzar las ayudas.

Comparto las notas de agenda que escribí durante el viaje. Quieren transmitir el calor de lo inmediato.

27 de octubre. En un país herido

De Roma a Varsovia, en avión. Me acompaña el Dr. Massimo Ralli, subsecretario del Dicasterio para el Servicio de la Caridad. En Varsovia nos esperaban mons. Visvaldas Kulbokas, nuncio apostólico en Ucrania, y el Rvdo. Luca Bovio, director de las Obras Misionales Pontificias en Ucrania. Nos trasladamos en coche a Kiev: un viaje de 820 km y unas 11 horas. El paso de la frontera nos introduce en un país en guerra.

28 de octubre. En Kiev. Integrar el miedo y la angustia en lo cotidiano

Visita a diversas estructuras eclesiales de solidaridad en Kiev. Impacta cómo la ciudad vive en aparente calma, con los afanes propios de una gran ciudad. Sin embargo, todo está marcado por las heridas de la guerra y las habituales amenazas de drones y misiles. Ucrania es un país agredido y lucha por su integridad y supervivencia. En este contexto, la Iglesia ha optado, decididamente, por estar junto a su pueblo.

Junto al nuncio apostólico, mons. Visvaldas Kulbokas y al obispo auxiliar de Kiev-Zhytomyr, mons. Oleksandr Yazlovetskyi, hemos visitado uno de los centros de Caritas-Spes. A continuación, visitamos la parroquia de la Asunción, uno de los centros humanitarios de la Iglesia católica de rito latino en Kiev, todavía en construcción, pero con gran actividad. Después nos trasladamos a la Curia greco-católica, donde fuimos recibidos por el delegado de S.B. Sviatoslav Shevchuk, arzobispo mayor, que se encuentra en Roma, y que me ha pedido una reunión fijada para la próxima semana. En la catedral de la Resurrección, fuimos acogidos por el obispo auxiliar, Yosyf Mylian. Pude entregar un signo de ayuda concreta enviada en nombre del Santo Padre. Por último, visité un pequeño centro humanitario en Brovary, junto a un almacén bombardeado en la periferia de Kiev, que trabaja sobre todo con niños y familias.

He podido constatar el precioso servicio de acogida y cercanía que presta la Iglesia. No es fácil paliar la angustia y el dolor cuando se integran en la vida cotidiana. Gracias a la callada y eficaz labor de tantas personas, se procura aliviar, en lo posible, las heridas causadas por la guerra. Ellos proporcionan lugares de acogida durante los ataques, comida, atención psicológica, cercanía, bienes de primera necesidad, calor. Y se orientan, sobre todo, a los más vulnerables.

No cabe duda de que son una pequeña luz en medio de las sombras. Dios los bendiga.

29 de octubre. Zaporiyia y Poltava. La fuerza de la caridad

Impresiona estar a 20 km del frente de guerra. En Zaporiyia los ataques con drones son muy frecuentes, con su carga de muerte. Estamos en una ciudad muy herida. Las consecuencias las he encontrado en la mirada dura y triste de los niños, en fila para recoger un paquete de alimentos, en las aulas subterráneas, en la preocupación de los sacerdotes, en la vulnerabilidad de los ancianos. Pero también he visto solidaridad y creatividad, el multiplicarse de los recursos, el sueño del futuro y una enorme esperanza.

Misa en la catedral por la mañana. Después, junto a mons. Jan Sobilo, obispo auxiliar de Járkov-Zaporiyia, he participado en la distribución de alimentos que llevan a cabo los religiosos albertinos. Cada semana acuden unas 10.000 personas. El pan lo preparan en un horno donado por la Limosnería, que usan también los protestantes. Hemos visitado su casa de acogida. Dejé un signo de ayuda en nombre del Santo Padre.

A continuación, nos hemos trasladado al centro humanitario del exarcado de Donetsk, de la Iglesia grecocatólica, siendo recibidos por el exarca archiepiscopal, mons. Maksym Ryabukha, salesiano. Hemos orado en la iglesia y recorrido las instalaciones de la escuela. Todas las clases de la primaria están en el subsuelo, por causa de las bombas. El signo de ayuda del Santo Padre, que les entregué, testimonia su cercanía.

Por la tarde hemos llegado a Poltava, entre Járkov y Dnipro. Nos hemos reunido con un grupo de sacerdotes del Exarcado de Donetsk. La realidad es dura y los recursos, escasos. Les expliqué el trabajo de nuestro Dicasterio y dialogamos ampliamente sobre sus necesidades y posibles vías de ayuda.

Es un don de Dios poder estar aquí para conocer directamente la sangrante realidad de este pueblo tan herido por la guerra. Los ojos se llenan de lágrimas y el corazón sangra. No obstante, también encuentro dinamismo, futuro, vida. En comunión.

30 de octubre. Kiev y Fastiv. Sanar las heridas del alma

Última jornada de este viaje intenso, duro, precioso. El día se abrió en Kiev, tras una noche de bombardeos, visitando la casa de acogida que tienen las Misioneras de la Caridad en las periferias. Atienden a unas 50 personas entre los más pobres y excluidos, algunos de ellos muy enfermos. No preguntan procedencia, ni religión, ni ideología. Porque su razón es el amor. He visto las habitaciones llenas de camas, he constatado la austeridad y la limpieza, el respeto y la practicidad.

Después nos acercamos a la cadena DePaul Ucrania, una obra de los grupos vicencianos, que acoge a personas dañadas por la guerra y procura su reintegración. Varios de los huéspedes me han mostrado sus habitaciones y me han contado sus historias. Su esfuerzo por recuperar su dignidad. Verdaderamente, no hay nada tan dañado en el alma humana que Dios no pueda reparar en su amor infinito, en su misericordia. El Dicasterio para el Servicio de la Caridad contribuyó en el pasado a la adquisición de esta casa.

La tercera visita fue a Fastiv, al Centro Humanitario San Martín de Porres. Su director, P. Mykhailo Romaniv, dominico, nos acompañó para conocer esta obra que ofrece terapia a las madres de los soldados muertos o desaparecidos. Comenzamos con una oración en el monumento a los caídos, donde ofrecí una flor y una lámpara. Allí se acoge a unas veinte madres y las ayuda a ponerse en pie. Me mostraron fotos de sus hijos, me contaron sus historias. Tenían lágrimas en los ojos. Y yo también. Muchas me pidieron mi bendición. El centro distribuye asimismo víveres, medicinas y ropa hasta las zonas del frente. En estas tres estructuras visitadas dejé un donativo en nombre del papa León XIV que ayude a sostenerlas.

Así he concluido este primer viaje a Ucrania, país herido y devastado por una guerra terrible. En cuatro días hemos recorrido 2.800 kilómetros y hemos hecho unas 40 horas de coche. Esfuerzo muy bien empleado. Doy gracias a Dios por esta experiencia dura y bella, en la que he tocado el dolor sangrante, las profundas heridas que deja la guerra. También he conocido a muchos hombres y mujeres buenos, instrumentos de la gracia divina, luz en medio de las sombras.

Rezo por Ucrania. Que este pueblo tan herido encuentre la paz. Lo pido con todas mis fuerzas. El Señor bendiga a sus gentes y las ayude a caminar hacia un horizonte de esperanza.

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