Parece que Albania ha dado con la clave para acabar con la corrupción política. El nuevo primer ministro, que ha tomado posesión de su cargo el pasado fin de semana, va a nombrar a una IA como ministra encargada de las contrataciones públicas. El objetivo es que en su país las licitaciones sean «totalmente incorruptibles».
Podría ser el argumento para una gran novela distópica. La creación de un mundo perfecto, en este caso, un gobierno perfecto que no tenga que dar cuentas del mal porque está programado para no cometerlo. Una suerte de mundo feliz —como el de Aldous Huxley— en el siglo XXI. Un mundo en el que no tendrían que existir las cárceles, porque no habría delitos de corrupción, para empezar, pero a la larga probablemente de ningún otro tipo. Un sistema tan perfecto, como decía T.S. Eliot —agradezco la cita a un gran amigo— «que nadie necesitara ser bueno».
Un mundo en el que no tendría que existir la justicia restaurativa. Ni tendrían sentido trabajos como el de Lucia di Mauro. Lucia es una trabajadora social napolitana, viuda de un guardia jurado que murió asesinado por unos chavales provenientes de barrios marginales en plena calle. El lunes, día de la Virgen de los Dolores, dio su testimonio delante del Papa. Lucia habló de un dolor que deja sin aliento, no ahorró detalles de la descripción de su sufrimiento, pero también afirmó que «el dolor puede destruir o convertirse en una semilla de bien si tenemos el coraje de afrontarlo». Así ha sido en su vida, tras encontrarse con uno de los asesinos de su marido, con el que ha hecho un camino en el que «el dolor se acoge y transforma a través del encuentro, la escucha y el diálogo». Un camino, insistió Lucia, que «no es solo perdón, es reconciliación». Tan real que le llevan a decir cosas imposibles, como que cuando Antonio, el asesino, salió de la cárcel, ella fue la única persona que lo esperaba, que «como una madre», y son palabras textuales, lo ha acompañado a él y a su familia.
Los hechos que narra Lucia hablan de un mundo nuevo. En un sistema perfecto, gobernado y gestionado por IA, en los que no existiera el pecado ni el delito, Lucia no habría sufrido un dolor tan profundo que probablemente la mayoría no alcancemos a entender. Lo que sí es cierto es que el camino de plenitud desbordante que cuenta, nacido de la reconciliación, tampoco es posible en nuestro mundo, por nuestras propias manos. Nos habla de un mundo nuevo, que desde nuestro mundo imperfecto apenas palpamos con la punta de los dedos. Un mundo nuevo que se construye a partir de la fragilidad del nuestro, sin eliminarlo, es más, abrazándolo. Desde luego, mucho más deseable.







