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La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida

Preparamos durante mucho tiempo la Jornada Mundial de la Juventud, este acontecimiento extraordinario que supuso la movilización de miles y miles de jóvenes de todo el mundo deseosos de vivir esta feliz experiencia de fe, de oración, de encuentro, de alegría, de comunión y, por supuesto, de esperanza. Es la ocasión de poder decir, con gran entusiasmo, las palabras del papa Francisco: «Vive Cristo, esperanza nuestra, y Él es la más hermosa juventud de este mundo. Todo lo que Él toca se vuelve joven, se hace nuevo, se llena de vida. Entonces, las primeras palabras que quiero dirigir a cada uno de los jóvenes cristianos son: ¡Él vive y te quiere vivo! Él está en ti, Él está contigo y nunca se va. Por más que te alejes, allí está el Resucitado, llamándote y esperándote para volver a empezar. Cuando te sientas avejentado por la tristeza, los rencores, los miedos, las dudas o los fracasos, Él estará allí para devolverte la fuerza y la esperanza» (CV 1 y 2). Con esta extraordinaria y bellísima motivación disfrutamos la estancia en Lisboa, llenamos nuestro corazón, y nos disponemos a seguir caminando. En los acontecimientos significativos de nuestra existencia, vividos en profundidad, nos planteamos siempre un antes y un después de lo experimentado. La Jornada Mundial de la Juventud que celebramos en Lisboa marcará nuestras vidas y, necesariamente, iluminará nuestro futuro…

¡Lo esencial!

Vivimos el presente con esperanza sin dejar de inquietarnos y preocuparnos por el futuro. Es un reto, es verdad, no podemos quedarnos de perfil, tenemos que estar atentos, estamos llamados a responder, incluso podríamos decir que ¡hay que espabilar! No olvidemos lo esencial. ¡Somos amados! «Llegamos a ser plenamente humanos cuando somos más que humanos, cuando le permitimos a Dios que nos lleve más allá de nosotros mismos para alcanzar nuestro ser más verdadero. Allí está el manantial de nuestra acción evangelizadora. Porque, si alguien ha acogido ese amor que le devuelve el sentido a la vida, ¿cómo puede contener el deseo de comunicarlo a otros?» (EG 8). La enseñanza de Jesús es clara: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor… ¡Sin mí no podéis hacer nada!» (Jn 15). Lo esencial, repito, es anunciar y vivir la cercanía de Dios que viene a compartir la vida con nosotros, el amor de Dios que se manifiesta, permanentemente, en la misericordia y la ternura… «Hay una forma de evangelización que nos compete a todos como tarea cotidiana. Se trata de llevar el Evangelio a las personas que cada uno trata, tanto a los más cercanos como a los desconocidos… Ser discípulos es tener la disposición permanente de llevar a otros el amor de Jesús y eso se produce espontáneamente en cualquier lugar: en la calle, en la plaza, en el trabajo, en un camino» (EG 127).

El presente nos exige la comunión

Comprensión de la comunión como unidad en la diversidad, a imagen de 1 Cor 12, 4-14. Diversidad en la unidad del Espíritu, que es agente de comunión, para que se realice y se concrete en el ser de la Iglesia (comunión con el sucesor de Pedro desde la Iglesia diocesana). Es también la vivencia de la sinodalidad como manifestación, en «el hoy de la Iglesia», de la necesidad y la voluntad de los miembros de la Iglesia por abrir caminos a la comunión, obra del Espíritu Santo: «Quiero pediros especialmente un testimonio de comunión fraterna que se vuelva atractivo y resplandeciente. Que todos puedan admirar cómo os cuidáis unos a otros, como os dais aliento mutuamente y cómo os acompañáis» (EG 99). «No nos dejemos robar el ideal del amor fraterno» (EG 101).

El papa Francisco, en CV 209-215, marca las dos líneas de acción para la pastoral juvenil que a mi juicio siguen siendo el camino y el horizonte de la juventud en la vida de la Iglesia. Estas líneas son «búsqueda» y «crecimiento». La búsqueda es inherente a la juventud, se manifiesta en una sed también de Dios, incluso a veces sin saberlo. La misión de la Iglesia pasa por ofrecer la mejor respuesta que tiene, que es el mismo Cristo, a través del anuncio del Kerigma. No como una construcción lógica, sino como una experiencia transformadora. Una imagen paradigmática de esta búsqueda podemos encontrarla en el encuentro de Felipe con el etíope (Hch 8, 27-39). El encuentro inicia una relación personal con Dios, una relación personal abierta al encuentro con el otro. Esta relación necesita ser vivida eclesialmente, a través del acompañamiento, como se nos muestra en la imagen paradigmática de la experiencia de los discípulos de Emaús (Lc 24, 13-35). Es lo que llama el Papa «las ganas de vivir y de experimentar». «La cuestión es saber abrir los ojos y detenerse para vivir plenamente y con gratitud cada pequeño don de la vida» (CV 146); «vivir el presente a lo grande, utilizando las energías para cosas buenas, cultivando la fraternidad, siguiendo a Jesús y valorando cada pequeña alegría de la vida como un regalo del amor de Dios» (CV 147).

Concreción para el futuro: encuentro, acompañamiento

Encuentro como respuesta a la búsqueda. Encuentro con el otro en el seno de la Iglesia. Crear espacios de encuentro para que cada uno pueda vivir el encuentro con Cristo desde su propio punto de partida, descubriendo en el otro a un hermano y no un obstáculo.

Acompañamiento como respuesta al crecimiento. En medio de una sociedad y un tiempo líquidos, necesitamos puntos de referencia que nos permitan vivir la fe personalmente y no individualmente. Ante la gran movilidad y variación en la vida de los jóvenes, el acompañamiento personal juega un papel clave para el crecimiento en la amistad con Cristo. Profundizar en el acompañamiento personal y darlo a conocer como respuesta a las necesidades de crecimiento del joven de hoy.

Para llevar todo esto a cabo hay que regalarles tiempo, caminar a su lado, ser pacientes, tener siempre una mirada compasiva y acoger, acoger, siempre acoger. Y a partir de ahí la escucha, el silencio, la gratuidad… la gratitud: «Cualquier plan de pastoral juvenil debe incorporar claramente medios y recursos variados para ayudar a los jóvenes a crecer en la fraternidad, a vivir como hermanos, a ayudarse mutuamente, a crear comunidad, a servir a los demás, a estar cerca de los pobres. Si el amor fraterno es el mandamiento nuevo (Jn 13, 34), si es la plenitud de la ley (Rom 13,10), si es lo que mejor manifiesta nuestro amor a Dios, entonces debe ocupar un lugar relevante en todo plan de formación y crecimiento de los jóvenes» (CV 215).

En y con la Iglesia

Es solo un aporte final. Desde muy pequeño me enseñaron a amar a la Iglesia, siempre con estas palabras, la Iglesia es tu madre. Así lo creo, así intento vivirlo y anunciarlo. La Iglesia siempre estará, siempre acogerá, siempre tendrá las puertas abiertas. Hagamos posible que nuestros jóvenes se sientan Iglesia y la amen. Es su casa y lo será siempre. «La Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio» (EV 114). Sí, la lglesia es también su futuro.

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