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Un pozo sin fondo junto al brocal cotidiano

Lo decimos como expresión de algo inmenso, inabarcable, y solemos aplicarlo cuando se da una circunstancia tanto personal como de otra índole, para indicar que estamos ante una situación que no sabemos bien medir ni acertamos a calcular, como si fuera “un pozo sin fondo”. Son esos momentos desbordantes que nos dejan boquiabiertos, acaso confusos ante la incertidumbre, apareciendo heridos por la perplejidad circundante.

Me viene esta expresión popular, al hilo del nombre que he elegido para denominar esta colaboración semanal que publico en El Comercio y en nuestros canales de la Diócesis de Oviedo. La voy a titular “Desde nuestro brocal” en lugar de un simple y manido “carta del Arzobispo”, como se ha venido titulando hasta ahora. Tiene una razón de ser más allá del cambio en la denominación genérica de estos artículos.

El brocal hace siempre referencia a un pozo. Allí se va a buscar el agua que necesitamos para calmar nuestra sed y para lavar o fregar nuestras suciedades. En torno a ese brocal que rodea el pozo protegiendo a los que acuden a por agua, se dan los encuentros con amigos y vecinos, se comparten las noticias que nos gastamos, se deslizan chascarrillos graciosos o murmuraciones en tono bajo. Junto al brocal aparece la vida con sus registros amables o peleones, las lágrimas de nuestros llantos y los gozos de nuestras sonrisas en ese rito diario de ir al pozo a por agua.

Hay un brocal famoso que se narra en el evangelio de San Juan. Estaba junto a un pozo en los aledaños de Samaría. Y en ese brocal se sentó Jesús. Sus discípulos habían ido a comprar al pueblo. En estas llegó una mujer curiosona con su cántaro a cuestas y se extrañó de aquel paisano que estaba como esperando su llegada. Superado el encono de su extrañeza o el rubor de sus temores, comenzaron a hablar… de la vida. Lo primero que salió como tema fue el agua que ella iba a buscar cada día, mientras que Jesús planteó una cosa distinta: habló de la sed de corazón de aquella buena mujer. Porque podemos hablar del agua ajena para no abordar jamás la sed que nos embarga y nos seca. Y en torno a aquel brocal se sucedieron las cuestiones que en aquel determinante diálogo aparecieron una tras otra: la fatiga del trabajo que nos astilla, las trampas de nuestros errores que nos engañan, las certezas que nos afianzan y las dudas que nos hacen vulnerables. La vida está hecha de todas estas cosas en esa biografía que tiene la edad de mis años y el domicilio de mi circunstancia.

A mí me sucede cada vez que tomo la pluma preguntándome cada semana qué podría contar y compartir en estas líneas. La vida es un brocal junto al pozo sin fondo de cuanto nos sucede. Ahí están las preguntas todas, que como decía el gran escritor Rainer María Rilke, es lo que está sin resolver en nuestro corazón. No tenemos las respuestas, especialmente para las cosas realmente importantes, ni disponemos de las mismas con la inmediatez de un clic en el “wikipedia” de nuestras curiosidades. Pero sólo quien abraza las preguntas, quien se atreve a amarlas humildemente, sólo él es capaz de reconocer las respuestas cuando se nos conceden como una gracia regalada inmerecidamente.

Así hago cada vez que con mi pluma en ristre escribo aquí cada semana. Porque no hay nada verdaderamente humano que me resulte extraño, ajeno o indiferente. En el brocal de la vida pongo al sol mis preguntas, sabiendo que con discreción y respeto hay un Dios que me ayuda a amarlas mientras me enseña a mirarlas con bondad y audacia. El brocal es sólo una antesala donde se despliegan tantas cosas que nos palpitan, para poder asomarnos al pozo sin fondo con la humildad de nuestro cubo que sacará el agua que colma y calma la sed de lo que es verdadero, bondadoso y bello. Así es el agua que Dios mismo nos escancia para bendecirnos como sólo Él hace.

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