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Una caridad que alumbra y alegra

Cuando el río se desborda

Vivimos tiempos de crisis acumuladas. Tras la pandemia provocada por el COVID-19, vino la guerra de Ucrania, el aumento de la movilidad humana, la evolución del coste energético y la inflación. Esta situación, tanto en el ámbito local como mundial, ha acrecentado la pobreza y la desigualdad, «como un río que se hace cada vez más grande hasta desbordarse».

El último informe de Análisis y perspectiva de Cáritas nos revela que el 16,8 % de las familias quedan por debajo del umbral de la pobreza severa una vez pagada la vivienda y los suministros básicos. Estamos hablando de tres millones de hogares a los que resulta muy difícil mantener el equilibrio entre ingresos y gastos, pues seis de cada diez euros van destinados a vivienda y alimentación. Estos son bienes de primera necesitad y “en nombre de la dignidad humana hemos de escuchar la voz del que reclama el derecho de ambos bienes”.

No apartes el rostro 

En este contexto, la VII Jornada Mundial de los pobres, con el lema No apartes tu rostro del pobre (Tb 4,7), es una invitación a toda la Iglesia a mirar esta realidad y a practicar con gestos concretos la misericordia y la caridad, contenido central del Evangelio. Efectivamente, enfermos, ancianos, migrantes, pobres y excluidos esperan que les mostremos el rostro misericordioso de Dios. 

Cuando vivimos autorreferenciados y lo propio va por delante y por encima de las necesidades de los demás, las lágrimas del prójimo pasan inadvertidas y se tiende a descuidar todo aquello que no forma parte de nuestro bienestar, subiendo el volumen del mismo y silenciando las voces de los que viven en pobreza. Ciertamente, la mirada de un pobre puede cambiar el rumbo de la vida de quien se cruza en su camino, pero hay que tener el valor de dejarse conmover por su situación y luego actuar ayudando, no según nuestras necesidades o deseos, sino según lo que el otro necesita. 

Implicarse en primera persona.

Es fácil, cuando se habla de los pobres, caer en la retórica. También es una tentación insidiosa quedarse solo en las estadísticas y los números. «Los pobres son personas, tienen rostros, historias y corazones. Son hermanos y hermanas con sus méritos y sus defectos, como todos los demás, y es importante entrar en una relación personal con cada uno de ellos».

Debemos preguntarnos si nos hemos comprometido suficientemente o, por el contrario, si la prisa nos impide detenernos, socorrer y hacernos cargo de los demás, apartando el rostro de los más pobres. Es tentador vivir sin comprometerse en nada que pueda complicar la vida, defendiendo el propio bienestar; por otra parte, «delegar en otros es fácil; ofrecer dinero para que otros hagan caridad es un gesto generoso», sin embargo, se corre el peligro de vivir una vida estéril y sin horizontes, porque «la vocación de todo cristiano es implicarse en primera persona». La parábola del buen samaritano (cf. Lc 10,25-37) no es un relato del pasado, interpela el presente de cada uno de nosotros.

Caridad política y transformadora

Pero no basta con acoger a los pobres y ofrecerles limosnas apresuradas. Las nuevas formas de pobreza, consecuencia de las guerras, la especulación financiera, el desorden ético del trabajo, los accidentes laborales, etc. nos comprometen a luchar por cambiar aquellas situaciones injustas, lo que nos lleva también a reclamar un «compromiso político y legislativo serio y eficaz para acabar con la pobreza». «Se trata, como dice el santo padre, de estimular y presionar para que las instituciones públicas cumplan bien su deber».

Esto no supone suplantar a las mismas personas ni quitarles su protagonismo. «Quienes viven en condiciones de pobreza también han de ser implicados y acompañados en un proceso de cambio y de responsabilidad».

El reino se hace presente en el servicio generoso y gratuito

Damos gracias a Dios por tantas personas que viven entregadas a los más vulnerables de nuestra sociedad. No son superhombres, sino «vecinos de casa», que en silencio se hacen pobres y con los pobres, no solo dando cosas, sino escuchando e intentando comprender la situación que viven las personas empobrecidas y trabajando por su promoción, implicándolas y acompañándolas en un proceso de cambio y de responsabilidad. No cabe duda que «el Reino de Dios se hace presente y visible en este servicio generoso y gratuito».

Para alumbrar y alegrar

El reto que tenemos por delante es «no apartar el rostro del pobre y mantener nuestra mirada siempre fija en la faz humana y divina de nuestro Señor Jesucristo» para que nuestra caridad, como decía santa Teresa del Niño Jesús, alumbre y alegre la vida de aquellos que viven a oscuras y sin esperanza. 

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