Queridos diocesanos,
querida Iglesia de Urgell,
En la octava de Pascua continúo el camino dominical de profundización en el Concilio Vaticano II. Hoy quisiera presentaros el decreto Ad gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia. Su título, tomado de las palabras del Señor, nos recuerda el movimiento esencial del Evangelio: la Iglesia no existe para sí misma, sino para ser enviada. Cuando se apaga la ilusión del misionero, la fe se encoge; cuando la misión se renueva, la Iglesia vuelve a respirar con la alegría de los comienzos.
Ad gentes nos ayuda a comprender que la misión no es una tarea añadida, como si fuera una «sección» más entre otras. Es la expresión natural de la vida cristiana, porque nace del corazón de Dios. El Padre envía al Hijo; el Hijo, en el Espíritu, envía a la Iglesia. Toda la historia de la salvación tiene forma de envío. Por eso, si queremos mirar el misterio de la Iglesia con verdad, debemos verla siempre en salida: testigo de Cristo, servidora del hombre, sembradora de esperanza.
El Concilio recuerda con fuerza que el protagonista de la misión es el Espíritu Santo. Él prepara los corazones, abre caminos, suscita preguntas, sostiene la perseverancia. La misión no es estrategia, sino docilidad; no es conquista, sino testimonio; no es imposición, sino propuesta. Cristo se anuncia con humildad, desde la caridad, con paciencia. Porque la misión auténtica respeta a las personas, aprende sus lenguas y culturas, se acerca a sus alegrías y heridas, y busca sembrar el Evangelio como una semilla que crece desde dentro.
En este sentido, Ad gentes tiene una palabra preciosa sobre la «inculturación»: la fe no destruye lo humano; lo purifica y lo eleva. Allí donde llega el Evangelio, no uniformiza, sino que fecunda. Y la Iglesia, cuando es verdaderamente misionera, sabe reconocer el bien que Dios ya ha sembrado en los pueblos, y sabe proponer la novedad de Cristo como plenitud, no como negación. Por eso, el misionero debe ser, a la vez, contemplativo y cercano, firme en la fe y respetuoso, capaz de anunciar y también de escuchar.
Quisiera comunicaros un rasgo fundamental: la misión no es solo «para los de lejos». También nuestra Iglesia de Urgell está llamada a vivir en estado de misión. Hay bautizados que han perdido el contacto con la fe; jóvenes que buscan sentido; familias cansadas; personas heridas; hermanos que se sienten lejos o que no se sienten acogidos. La misión comienza en la puerta de casa, en nuestro pueblo, en el trabajo, en la escuela. Y muchas veces se realiza con gestos sencillos: una palabra de esperanza, una presencia fiel, un servicio silencioso, una invitación a volver.
Por eso, a la luz de Ad gentes, os propongo tres compromisos concretos.
El primero: oremos por la misión. Sin oración, la misión se convierte en activismo; con oración, se transforma en fecundidad. Recordemos en la Eucaristía a los misioneros; recemos en familia por quienes anuncian el Evangelio en condiciones difíciles; pidamos al Señor vocaciones misioneras para nuestra diócesis.
El segundo: sostengamos la misión con la caridad. La cooperación misionera no es solo «dar cosas», sino compartir la vida. Acompañemos proyectos de evangelización y promoción humana; ayudemos a Iglesias más pobres; sostengamos la formación de catequistas y comunidades.
El tercero: seamos misioneros allí donde estamos. Cada cristiano es enviado. No hace falta ir lejos para evangelizar: basta con vivir con coherencia, hablar de la fe con sencillez cuando se nos pida razón de la esperanza, acoger, perdonar, servir. Una comunidad viva, fraterna y orante ya es una misión.
Que el Señor nos conceda una Iglesia diocesana con alma misionera: humilde, gozosa y valiente, para que todos puedan encontrar en Cristo la vida verdadera.







