Subraya que «es inoportuno usar María corredentora» y advierte ante considerarla como mediadora. Subraya, por otra parte, su papel como «madre del pueblo fiel» y primera discípula
El Dicasterio para la Doctrina de la Fe acaba de publicar una doctrinal, Mater populi fidelis, que pretender poner luz sobre qué titulos y expresiones que se refieren a la Virgen María son aceptables o no, al tiempo que profundiza, explica del cardenal prefecto, Víctor Manuel Fernández, en la devoción mariana, «precisando el lugar de María en su relación con los creyentes, a la luz del Misterio de Cristo como único mediador y redentor».
Precisamente, esta última afirmación del cardenal Fernández es la clave que atraviesa todo el documento: solo Cristo es mediador y redentor, y todo aquello que confunda o aleje de esta idea debe ser considerado inoportuno. «Esto implica una profunda fidelidad a la identidad católica y, al mismo tiempo, un particular esfuerzo ecuménico», subraya.
El texto, que es producto de numerosas consultas y propuestas, parte de una problemática: cómo se entiende la asociación de María en la obra redentora de Cristo. Y aquí, el documento es claro: «Debe establecerse una única mediación de Cristo y la cooperación de María en la obra de salvación». Porque, se dice más adelante, «una mirada dirigida a ella que nos distraiga de Cristo, o la ponga al mismo nivel del Hijo de Dios, quedaría fuera de la dinámica propia de una fe auténticamente mariana».
También refiere que en presuntos fenómenos sobrenaturales —el propio Dicasterio para la Doctrina de la fe estableció normas para su discernimiento— se suelen utilizar sin precisión determinados títulos y expresiones, lo que puede llevar a cambiar el significado o malinterpretaciones.
No es corredentora
Así, el texto, que incluye como aval el magisterio de los últimos Papas, explica que «es siempre inoportuno el uso del título de corredentora para definir la cooperación de María». La explicación es que se corre el riesgo de oscurecer «la única mediación salvífica de Cristo y puede generar confusión y un desequilibro en la armonía de las verdades de la fe cristiana».
El término mediadora admite matices, pues si bien Cristo es el único mediador, atribuida esta cualidad a María puede referirse a la cooperación, siembre subordinada al Hijo de Dios. De todas formas, la Nota pide «una especial prudencia» en el uso de esta expresión.
«La participación de María en la obra de Cristo resulta evidente si se parte de esta convicción de que el Señor resucitado promueve, transforma y capacita a los creyentes para que colaboren con él en su obra. Esto no ocurre por una debilidad, incapacidad o necesidad de Cristo mismo, sino precisamente por su glorioso poder, que es capaz de asumirnos, generosa y gratuitamente, como colaboradores en su obra», recoge el texto.
Y añade en otro punto: «Debemos entender la mediación de María no como un complemento para que Dios pueda obrar plenamente, con mayor riqueza y hermosura, sino “de tal manera que no quite ni añada nada a la dignidad y a la eficacia de Cristo, único mediador”».
También pone el foco en títulos como el de Mediadora de todas las gracias, que «tienen límites que no facilitan la correcta comprensión del lugar único de María». Y lo explica: «Ella, la primera redimida, no puede haber sido mediadora de la gracia recibida por ella misma. Este no es un detalle menor, porque manifiesta algo central: que también en ella el don de la gracia la precede y procede de la iniciativa absolutamente gratuita de la Trinidad, en atención a los méritos de Cristo».
Madre, intercesora y discípula
El documento subraya el papel maternal de la Virgen María: «El título de Madre hunde sus raíces en la Sagrada Escritura y en los Santos Padres, es propuesto por el Magisterio y la formulación de su contenido ha ido en progreso hasta la exposición del Concilio Vaticano II y la expresión maternidad espiritual en la encíclica Redemptoris Mater».
Habla también de ella como intercesora: «Entre los elegidos y glorificados junto a Cristo está en primer lugar la Madre, por eso podemos afirmar que existe una colaboración única de María en la obra salvífica que Cristo realiza en su Iglesia. Se trata de una intercesión que la convierte en signo materno de la misericordia del Señor. De esta manera, porque así Él libremente lo ha querido, el Señor otorga a su propia acción en nosotros un rostro materno».
Incluso por delante de su ser madre, está la discípula, como han afirmado doctores de la Iglesia y Papas: «Ella es modelo de fe y caridad para la Iglesia por su obediencia a la voluntad del Padre, su cooperación a la obra redentora de su Hijo y su apertura a la acción del Espíritu Santo. Por eso dijo san Agustín que “más es para María ser discípula de Cristo que haber sido madre de Cristo”.Y el papa Francisco insistió en que «es más discípula que madre». María es, en definitiva, “la primera y la más perfecta discípula de Cristo”».








