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«Vaya por todo el mundo y predique la buena nueva del Evangelio» (Mc 16,15)

La misión evangelizadora es consustancial a la fe. No puede haber fe –y no podemos vivirla– sin una voluntad firme de comunicarla, extenderla, transmitirla. Esta voluntad nace del convencimiento de que creer en Cristo es el mejor de los mensajes que podemos transmitir a los demás, que podemos transmitir al mundo.

Los inicios de la evangelización fueron difíciles: incomprensiones, persecuciones, indiferencias, rechazo… Nada de eso asustó a los discípulos de primera hora –quienes habían convivido con Jesús– ni a los de segunda hora, como Pablo, llamado a ser evangelizador de los gentiles , es decir, llamado a universalizar la fe. No lo hicieron solos. Su tarea no se debió a sus solas fuerzas, porque la fuerza del Evangelio y la del Espíritu Santo actuaban sobre ellos.

También hoy nosotros estamos llamados a evangelizar. La fe no es para quedárnosla nosotros como un tesoro escondido. Hay que expandirla como una mancha de aceite, y anunciarla a los cuatro vientos. Es un talento que debe hacerse rendir, y nuestra propia vida de fe –nuestro ejemplo– debe ser el mejor medio para hacerla atractiva a los demás. Vivir la fe con alegría, con alegría y con generosidad es el fundamento sobre el que debe levantarse nuestra labor evangelizadora.

Hoy son muchos los medios a través de los que nos comunicamos. Tenemos al alcance muchas herramientas que en otros tiempos –no hace tantos años– eran impensables, y ni nos pasaba por la cabeza que un día pudieran existir. Los medios son herramientas, no son hasta sí mismos, y deben utilizarse siempre con responsabilidad, con el objetivo de comunicarnos. Deben utilizarse siempre de forma constructiva y positiva. Nos dice el papa Francisco en su mensaje para la LVIII Jornada para las Comunicaciones Sociales: “Según la orientación del corazón, todo lo que está en manos del hombre se convierte en una oportunidad o en un peligro”. Y es que, de estos medios, que están también a nuestro alcance para ayudarnos en la tarea evangelizadora, más de una vez se hace un mal uso, un uso poco adecuado, ya que se utilizan para envenenar las relaciones. Los creyentes debemos rehuir siempre ese mal uso. Nuestro mensaje es demasiado importante para esconderlo y difuminarlo bajo falsos pretextos.

Debemos evangelizar, como nos dice San Pablo, con toda humildad, con paciencia, con amor, no escatimando ningún esfuerzo (Cf. Ef 4,1-3).

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