“A ti, hijo de hombre, te he puesto de centinela en la casa de Israel; cuando escuches una palabra de mi boca, les advertirás de mi parte” (Ez 33,7). Dios ha elegido a Ezequiel para que transmita a su pueblo los mensajes que Dios le confía. El profeta ha de ser fiel a esa difícil misión que le ha sido encomendada.
Si Dios quiere exhortar a las gentes a dejar su mal comportamiento, pero el profeta guarda silencio, será considerado como cómplice y culpable. Si el profeta escucha el mensaje de Dios y lo transmite a su pueblo, salvará su vida y el sentido de su vida.
El salmo responsorial nos transmite un aviso que es válido para todos nosotros: “Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: No endurezcáis vuestro corazón” (Sal 94).
Según san Pablo, “el amor es la plenitud de la ley” (Rom 13,10). El amor nos llevará a escuchar la voz de Dios, y a prestar mayor atención a nuestros hermanos.
CORRECCIÓN Y ORACIÓN
El evangelio que se proclama en este domingo recoge una parte del llamado “discurso eclesiástico” (Mt 18,15-20). En él se transmiten tres enseñanzas de Jesús sobre la comunidad y sobre las responsabilidad de cada uno de sus miembros.
• En primer lugar, Jesús nos dice que en la comunidad no todo es perfecto. Todos somos responsabes de la conducta de todos. Hemos de corregir con prudencia al hermano que se desvía del recto camino y aceptar la corrección cuando nosotros nos desviamos.
• En segundo lugar, Jesús amplía a toda la comunidad la misión y la responsabilidad de atar y desatar, que ya había confiado a Simón Pedro. Dios nos ha elegido y nos ha enviado por el mundo para ser testigos de su perdón y de su misericordia.
• Y en tercer lugar, Jesús nos explica que en la comunidad es muy importante la oración en común. Dios escuchará la oración de dos hermanos, siempre que se pongan de acuerdo para pedirle algo. En ese caso, la oración será fruto del amor mutuo y no del egoísmo.
LA PRESENCIA DEL SEÑOR
El texto contiene además un compromiso del Señor: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20)”. Esta frase revela al que fue anunciado como el “Enmanuel”, o Dios con nosotros. Tres palabras merecen ser recordadas:
• La reunión. En la vida es muy difícil caminar en solitario. No podemos ignorarnos unos a otros. La comunidad cristiana ha de ser una forma modélica de convivencia. En efecto, vivir es convivir y desvivirnos los unos por los otros.
• El nombre de Jesús. En la sociedad, las personas se reúnen por motivos, objetivos e intereses muy diversos. En la comunidad cristiana estamos llamados a reunirnos en el nombre del Señor. Nos reúne su mensaje. Nos reúne la memoria de su vida y de su entrega.
• La presencia del Señor. A la hora de la dificultad, muchos se preguntan donde está el Señor. Pero él nos ha dicho que está entre nosotros. Esa presencia ha de reflejarse en el amor que nos profesamos y en el generoso servicio que nos prestamos cada día.
– Señor Jesús, te damos gracias porque nos has llamado a vivir en comunidad. En ella compartimos tu palabra y tu pan. Sostenidos por esos alimentos, podremos corregir y ser corregidos. Si oramos en tu nombre, podremos dar testimonio de tu presencia. Amén.





