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«Yo no sabía quién era» (Jn 1,31)

Reconocer la imagen de Cristo en el otro es lo que nos pide el Señor, de hecho Él se hizo hombre en primer lugar para dignificar la condición humana más allá de nuestra tendencia casi natural para empobrecerla.

A veces olvidamos las reflexiones que nos pone al alcance la doctrina de la Iglesia y buscamos otras fórmulas que o bien nos llevan al mismo resultado sin llegar a la verdad que es Cristo, o bien nos alejan de esa centralidad del amor que es el compendio del mensaje del Evangelio.

La virtud es la disposición habitual que nos mueve a hacer el bien y su ejercicio nos lleva no ya a hacer buenos actos sino a tratar de dar lo mejor de nosotros mismos. Tender a hacer el bien, buscar hacer el bien y hacerlo mediante acciones concretas es el resultado de este ejercicio. Un ejercicio al que nos invita el apóstol san Pablo cuando escribe: «Interesémonos por todo aquello que es auténtico, respetable, justo, puro, amable, loable, todo aquello que sea virtuoso y digno de elogio. Pongo en práctica lo que de mí he aprendido y recibido, visto y sentido. Y el Dios de la paz será con vosotros.» (Fl 4,8-9).

La clave del ejercicio de las virtudes está en escoger entre el bien y el mal. Como escribe san Pablo en la carta a los cristianos de Roma: «No hago lo bien que quería, sino lo mal que no quería. Si hago, pues, lo que no quiero, claro que no soy yo quien lo hace, sino el mal que habita dentro de mí. Me encuentro, por tanto, que quería hacer el bien, pero al mismo tiempo constato eso: soy capaz de hacer el mal. Si sigo la razón, me gusta cumplir la ley de Dios, pero veo (…) otra ley que combate contra la ley de mi razón y me tiene prisionero.» (Rm 7,19-23).

Las virtudes humanas son actitudes firmes, disposiciones estables, que nos mueven el entendimiento y la voluntad regulando nuestros actos, guiando nuestra conducta para hacer lo bien que es lo adecuado a nuestra vida de fe. Siempre tenemos delante nuestra dos alternativas, y entre ellas tenemos que elegir bien. Las virtudes arraigan en nuestra fe, una fe que nos mueve a obrar la caridad y a construir esperanza. Por la fe sabemos que Cristo nos ama, sabemos que nos pide amarlo, de amarnos y de amar a los demás y si no lo vemos así debemos descubrirlo, ya que de hecho entonces no sabemos muy bien quién es Cristo, porque «El que no ama no conoce a Dios, -no tiene fe- porque Dios es amor.» (1Jn 4,8).

Como escribe el papa León XIV, la caridad no se entiende como una simple virtud moral, sino como expresión concreta de la fe en el Verbo encarnado que es Cristo. (Cf. Dilexi té, 39)

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